Justine, de Lawrence Durrell
Debolsillo, 335 pp., 2016 (1957)
Balthazar, de Lawrence Durrell
Debolsillo, 303 pp., 2016 (1958)
Mountolive, de Lawrence Durrell
Debolsillo, 391 pp., 2016 (1958)
Clea, de Lawrence Durrell
Debolsillo, 350 pp., 2016 (1960)
“¿En qué consiste la ímproba tarea del escritor, sino en una lucha por utilizar con la mayor precisión posible un medio expresivo que reconoce como absolutamente fugitivo e incierto? Una labor ardua y desperanzada, no cabe duda, pero no por eso menos válida, menos compensadora”. Así explica un personaje al narrador del cuarto volumen la obra del escritor Pursewarden, otro de los personajes. Y al mismo tiempo, el lector puede tomarlo como una doctrina del Modernismo. El Cuarteto de Alejandría, debo comenzar diciendo, es una obra cúspide del Modernismo, tanto que me extraña no haberla estudiado en la escuela.
Las cuatro novelas que componen El Cuarteto fueron escritas por Durrell para ser leídas como un Continuum: tres niveles de espacio y uno de tiempo. “Como la literatura moderna no nos ofrece Unidades me he vuelto hacia la ciencia para realizar una novela como un navío de cuatro puentes cuya forma se basa en el principio de la relatividad”, explica Durrell en el prólogo del segundo volumen Balthazar. Aquí el segundo punto a mencionar en el comienzo: El Cuarteto de Alejandría es una obra literaria experimental. Así que es una obra que busca emular la relatividad de Einstein, que practica y refina las técnicas del Modernismo, la subjetividad del narrador, los saltos en la línea del tiempo. También las últimas páginas de cada una de las novelas las dedica Durrell para mostrar notas y temas de trabajo; son como escenas extras de los libros que no formaron parte del corte final. Esto también forma parte de una temática del cuarteto, que es la metaficción como parte de la técnica narrativa. Parecería un mamotreto densísimo, pero es en realidad una escritura placentera al lector, como si se estuviese flotando sobre las palabras.
Justine, el primer volumen, puede ser considerado como la gema del cuarteto. Es una novela lírica, hipnótica, laberíntica. Comienza con el narrador en una isla griega viviendo con una pequeña niña. Después salta en el tiempo para hablar de un periodo en Alejandría, en los años 30 antes de la Segunda Guerra Mundial, de su amorío con una cortesana dulce llamada Melissa, y principalmente su otro amorío con una mujer misteriosa y sensual llamada Justine. Mediante viñetas sin orden cronológico se introduce a los personajes, un grupo de amigos conformado por artistas y diplomáticos. Y también comenta el narrador una obra ficticia inspirada por Justine, escrita por su ex esposo Arnauti. Durrell utiliza formas temporales deliberadamente vagas (hace tiempo, antes de conocerlo, una vez, tiempo después), por lo que cuesta trabajo comprender la trama o conocer a los personajes. Sin embargo, esto crea un efecto bello en el lector; lo sumerge en el ambiente de la Alejandría soñada del autor, con sentidos de embriaguez y sensualidad, como un sueño pesado o una somnolencia calurosa.
De manera progresiva se adentra al lector a la trama y sus personajes. El narrador (hasta el segundo volumen se conoce que su nombre es Darley) tiene una relación con Melissa, pero también con Justine, que está casada con Nessim, un banquero egipcio. Darley está enloqueciendo de amor por Justine, pero no es correspondido. También conocemos a Pombal, un oficial francés mujeriego; a Balthazar, un doctor judío estudioso de la Cábala; a Pursewarden, escritor y genio que se suicida sin aparente razón; a Clea, pintora y célibe; a Scobie, oficial inglés que le brinda a la historia comicidad. Darley sospecha que Nessim conoce su aventura con Justine, y teme ser víctima de sus celos. Darley explora la obra ficticia de Arnauti en busca de una explicación al misterio de Justine, donde Durrell incorpora la metaficción en su técnica. La última parte del libro, sobre una cacería de patos en la finca de Nessim, donde alguien muere tal vez accidentalmente o tal vez como una venganza por un mal cometido tiempo atrás, encierra lo mejor logrado del cuarteto. Es un fresco, escrito pacientemente y gentilmente, con una prosa exquisita, y con el fin de ejercer la artesanía de las palabras.
Si Justine es una pintura impresionista, Balthazar es un claroscuro. El segundo volumen del cuarteto no es una secuela (Durrell lo describe como novela hermana), sino un cambio de lente para volver a repasar los mismos sucesos que acontecieron en Justine. Al final del primer volumen Melissa tiene un amorío con Nessim, y engendran a una hija. Melissa muere, Justine se va a Palestina a un kibutz, y Darley se va a una isla griega con la hija de Melissa y Nessim. Escribe un manuscrito (lo que leímos como Justine) y lo envía a sus amigos. Balthazar le regresa su manuscrito con muchas anotaciones. Este segundo volumen es el comentario de Darley a los comentarios que hizo Balthazar a su manuscrito original.
Donde había ambigüedad, e incluso cursilería en el primer volumen, Balthazar llena espacios en blanco, con un aspecto un tanto más tranquilo y reflexivo. El amorío entre Darley y Justine, que lo obsesionó y enamoró tanto, fue en realidad algo insignificante. En realidad Justine estaba enamorada de Pursewarden, y Darley solo fue un señuelo para distraer los celos de Nessim. Balthazar se centra principalmente en la conflictiva relación entre Pursewarden y Justine. Es interesante y entretenido cómo el lector recrea la historia del primer libro; cómo sucesos toman mayor importancia ahora con mayor información. Balthazar es como el fantasma de Justine, un libro gemelo con un acercamiento más clínico y desapasionado.
Aquí también la historia se cuenta con viñetas, parecido en estructura al primer volumen. Lo que cambia es el estilo, hacia una prosa más contemplativa y filosófica. Esto quizás es lo que menos gusta a varios, pero fue en realidad el volumen que disfruté más, por el acercamiento a la figura de Pursewarden y su pensamiento sobre el arte de escribir. “El casamiento del Espacio y el Tiempo es la historia de amor más importante de nuestra época”, evoca el escritor, un guiño nuevamente a la temática del cuarteto. También maduran las opiniones de Darley acerca del arte y del amor. Ya no es lo apasionado del primer libro; el amor es visto en Balthazar como una posesión mental en donde el sexo juega un papel secundario. Amor y lujuria se entrelazan constantemente. Balthazar cierra con otro gran y complejo fresco: un carnaval de máscaras en la ciudad donde alguien es asesinado accidentalmente. Es una escena larguísima que hace gala del talento de Durrell para evocar atmósferas y ambientes de embriaguez y confusión.
Mountolive, el tercer volumen del cuarteto, cambia radicalmente de forma. Como los dos anteriores libros, este también es novela hermana, cuenta los mismos acontecimientos pero desde otra óptica. En esta ocasión el narrador es omnisciente, y el estilo es naturalista. Mountolive demuestra lo que en realidad fue ingenuidad de Darley y confusión de Balthazar sobre los sucesos. El narrador centra su perspectiva en David Mountolive, un personaje que ya había aparecido secundariamente. Es un joven diplomático, estudia en Egipto y se hace amigo de Nessim y Pursewarden, después llega a ser embajador en Egipto y se ve envuelto en una intriga política. Esta tercer novela es la más espacial y cinemática del cuarteto.
Aquí, el lector se da cuenta que el matrimonio entre Nessim y Justine es en realidad por conveniencia, para formar una alianza entre judíos y coptos. Justine tiene aventuras con muchos hombres, como Darley y Pursewarden, para infiltrarse en la inteligencia británica. Nessim transporta armas a Palestina para desestabilizar el mandato británico en esa zona. Pursewarden descubre esta trama, y al ser incapaz de actuar, se quita la vida, no sin antes advertir tanto a Mountolive como a Nessim, sus amigos. Al final se encuentra a un chivo expiatorio que es asesinado, Justine se va de Alejandría, y Nessim y Mountolive rompen su cercanía. La novela, a pesar de estar tan cargada de intriga, espionaje, y política, no se desvía de su temática del amor moderno. Mountolive tiene una aventura con la madre de Nessim, Leila, que después se desfigura por una enfermedad. Al final, con la conspiración al descubierto, Mountolive se vuelve a encontrar con su amante después de muchos años, quien le pide que salve a sus hijos. La imposibilidad del amor y la felicidad, y la desilusión se encarnan en la impresión de Mountolive sobre Leila, que la ve desfigurada, envejecida, gorda, y hediendo a perfume.
Cierra la novela, nuevamente, con dos memorables frescos: Mountolive se emborracha y se pierde en un burdel lleno de niñas, entre confusión y terror espeluznante; y Naruz, el hermano de Nessim, borracho en un atardecer en su finca, matando murciélagos con un látigo, luego una larga y embriagante descripción de su funeral.
Clea es la única secuela de la historia, que acontece como seis años después de los sucesos de las tres primeras novelas, a finales de la Segunda Guerra Mundial. Alejandría se vuelve una ilusión disipada; “la veo desdibujarse en mi interior”, dice Darley quien es nuevamente el narrador en Clea, “en mis pensamientos, como un espejismo de despedida, como la triste historia de una gran reina cuya fortuna se ha perdido entre las ruinas de los ejércitos y las arenas del tiempo”. En términos generales, Clea es la novela más decepcionante de El Cuarteto de Alejandría; la pasión, la contemplación, la sensualidad, y la intriga de los anteriores libros ya no están presentes. Pero como se trata de una obra de ficción experimental, esto es deliberado por parte del autor, pues el último volumen del cuarteto representa el Tiempo.
En Clea, Darley regresa a Alejandría por invitación de Nessim y Justine, a quien les entrega a la hija del primero. Ambos están viejos, y Nessim ha perdido un ojo y un dedo por la guerra; pasa una velada incómoda con sus viejos amigos: se siente repugnado por la vista y actitud de Justine, y aquella obsesión y lujuria por ella parece tan lejana. Luego se encuentra con Mountolive y Liza Pursewarden, la hermana del escritor; ella prepara una biografía de su hermano, y le revela que eran amantes. Al final, deciden ambos que la biografía no debe ser publicada y queman sus cartas a su hermana. Se encuentra también con Clea y Balthazar, y Pombal. Inicia un amorío con Clea, armonioso y tranquilo, diferente a las relaciones tóxicas de las que el lector ha sido testigo en las otras novelas.
El Cuarteto de Alejandría fue descrito por Durrell como una investigación del amor moderno. Esto parece mostrar que las emociones y sentimientos del humano en el amor son una mezcla de incapacidad de ser felices, obsesión y lujuria. Un panorama ominoso. En Clea, Clea y Darley parecen entenderse y llevarse bien, pero se sienten estancados en un momento, demostrado en que reduce su capacidad artística de crear. Al final, después de un accidente donde Clea pierde su mano, Darley vuelve a dejar Alejandría, y se escribe con Clea meses después.
Me es adecuado el símil del vino y la Alejandría de Durrell. A lo largo del acto de embriagarse todo parece ser agradable aunque confuso; pasional y lujurioso, aunque somnoliento. El efecto final es cansancio, desilusión, malestar. Pero ahí el autor vislumbra esperanza. La última parte del libro, intercambio de cartas entre Darley y Clea, parecen ser ambos felices, y parece indicar que se volverán a encontrar. “Y sentí que el universo entero me daba un abrazo”, exclama Darley, ese sentimiento debe quedar cuando el Tiempo se lleva lo demás.