—Obedeció a la morena, abriendo los ojos de par en par— ¿Y? ¿Son bonitos? ¿Cuál es el color? —preguntó luego de unos momentos, sonriéndole—. Transparente o no, los psicólogos definitivamente no son mis mejores aliados. Luego de la muerte de papá la escuela me mandó a uno por todo mi último año de secundaria, y una vez me dio un ataque de pánico mientras subía por las escaleras. Ah, no sabes, soy el rebelde más rebelde de toda esta isla. —bromeó, dejando escapar una risa—. Y ese miedo, ¿era miedo de arruinar tu vida o miedo de arruinar la de ella? Porque si tenías miedo de arruinar la vida de tu hija entonces tienes que saber que fue una buena decisión. Sí, estarías mejor, pero no saldrías, y cuando salgas sólo pensarás en ella, y en cómo se siente, y en si le pasa algo, y cuando comience la escuela te preocuparás por los amigos que tenga, y a medida que vaya creciendo tienes cada vez más y más miedo de que ella arruine su vida como tú arruinaste la tuya, y el simple hecho de pensar en que algún día se irá a vivir sola y tu opinión no le importará y… —ocultó su rostro en el hombro de Minnie—. Criar a una hermana ocho años menor no es muy diferente a criar un hijo, ¿sabías? —la apretujó un poco más—. Créeme, quizás esperar será lo mejor. ¿Cómo le explicas a una criatura que su mamá no es su madre de verdad? Cuando sea mayor y se entere querrá conocerte, y conocer tus razones para dársela a alguien más, y saber quién era su madre, la de verdad, esa que tiene un nombre raro pero hermoso y un exterior duro que sólo sirve para ocultar sus miedos internos. Y te querrá, créeme. Te querrá muchísimo. —la besó en la mejilla—. Eres una buena madre. De verdad, Minnie. Una muy buena. —rió levemente y limpió una lágrima de la que ella no se había ocupado—. Ah, consolarte no es tan cansino como ser consolado es. No soy capaz de dejar a una señorita llorando, no, eso no. —le sonrió levemente— Puedes llorar, si quieres. Mejor conmigo que sola.