Esta vez no te pedí.
No escribí tu nombre en ningún deseo
ni te pensé al brindar.
Levanté la copa con las manos firmes
y, por primera vez,
brindé por mí.
Porque aunque aún existes
en algún rincón de la memoria,
solté la espera.
Dejé ir la ilusión
y entendí que aferrarme
ya no era amor,
sino costumbre vestida de esperanza.
No te olvidé de golpe.
El corazón no funciona así.
Pero sí me despedí de la promesa
que nunca llegó a cumplirse,
de los “tal vez”
y de las noches
esperando señales.
Aprendí que amar
no siempre es quedarse.
A veces es saber irse a tiempo
para no perderse uno mismo
en la espera eterna.
Esta vez no hubo reproches,
ni lágrimas escandalosas.
Solo una tristeza suave,
casi agradecida,
por lo que fue
y por lo que no pudo ser.
No te arranqué del recuerdo,
pero te quité del futuro.
Y eso dolió…
pero también liberó.
Porque cerrar ciclos
no siempre hace ruido.
A veces ocurre en silencio,
cuando el alma decide
dejar de pedir
y empezar a vivir.
Y esta vez…
sí fue definitivo.
-Me gustó mucho














