I think people forget just how starved we writers are for feedback. Like every time someone tells me how much they liked my writing or how it touched them I do an internal breakdance while crying for five minutes straight.
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I think people forget just how starved we writers are for feedback. Like every time someone tells me how much they liked my writing or how it touched them I do an internal breakdance while crying for five minutes straight.
me asusta hablar de cosas que importan, como ese miedo que nos inunda desde la parte más recóndita de nuestra alma, y nos susurra al oído: «¿qué haces?» entonces viene el temblor de células de alma de corazón, ese sin sabor que nos habita, haciéndose un eco de preguntas: de por qué no has encontrado el camino, hasta cuándo vas a estar así, qué piensas de la vida. y es una, tras otra, que chocan contra ti como las olas a la orilla: ¿acaso no soy suficiente? el verdugo a veces te da vida, te educa, te ama y te besa con la misma boca con la que susurra: «no, no lo eres»
cdr.
tal vez este cuerpo no era lo que quería, pero es el único que me sostiene, el que me mira a través de unos ojos cansados cuando las lágrimas trazan su camino hacia mi barbilla
cdr.
Nadie más hará de tu recuerdo una oración, nadie convertirá tus huesos en el camino que lleva al Edén, ni se acurrucarán en el sonido de tu voz, haciéndose uno con el eco de tus palabras, nadie te inmortalizará entre un desgarrón de poesía descarnada, de dedos hundidos en una herida abierta, en una emoción hecha órgano, tejido, sangre, (corazón). Te quedarás ahí, efímera, pequeña, hecha un vuelco de nada, un segundo perdido, en el bucle temporal del nosotros, y el infinito te devorará, a ti, a tu vasta colección de hueso, poesía, beso. Te digo: nadie te hará poesía.
poesía, cdr.
Hoy me he levantado, entre marañas de un cabello deshidratado y unas ojeras más oscuras que la noche, y he mirado lo que quedaba de mí en el espejo. Me vi: pálida en una piel oliva, llena de curvas vagas alrededor de la piel, caderas demasiado anchas para el gusto personal, pechos caídos en una formación de suavidad pétrea contra el oscuro abdomen. Me examiné con el ojo crítico de quien está a punto de dar su opinión en certamen de belleza y fallé en cada una de las pruebas. Odié lo que vi, detesté la exhalación flácida de mi piel contra mis huesos, la cadencia de mis pechos al moverme, al dar una vuelta y fijar la mirada en las piernas, en los glúteos, en toda la composición de templo y cuerpo que encerraba mi alma. No me gustó. ¿A quién podría gustarle? Ni yo misma me gustaba. Ese desorden, esa caótica formación de tejidos que funcionaban a dispar, un organismo demasiado lento, unos anticuerpos que vivían fallando en el único propósito por el cual fueron diseñados. Enredar el dedo en el pelo fue la solución, enredarlo como si aquel rizo moribundo pudiera matar todo lo que odiaba, eliminar la parte fea (la que nunca podría gustarme) y transformarla en algo bonito, en algo que a mi cerebro pudiera gustarle. ¡En algo que podría gustarle a los demás! Pero al final del segundo, mis ojos volvieron a mirar ese minúsculo dedo enredado entre la hebra débil y no pasó nada. Todo seguía siendo igual. Entonces, programado como siempre, vino la desesperación, atrincherándose en la garganta, creando nudos de ansiedad, de miedo, de impotencia. Me vi débil, me observé tonta, me descubrí estúpida. Sé que pasé mis dedos furiosamente por el pelo, queriéndome arrancar cada uno de ellos, deseando poder quitarme la piel a punta de arañazos, como si eso fuera a cambiar algo. A mis veintidós años, aún sigo mirándome al espejo y ver a esa adolescente débil, tonta y estúpida devolverme la mirada. A veces me pregunto qué hubiera sido de mí si ella no hubiese existido, pero luego pienso que, sin ella, no sería quién ahora soy. No me malinterpretes: aún sigo mirándome al espejo y, de alguna forma, esa vaga sensación de que observo algo que no debería existir se almacena en mi pecho. Pero ahora, ahora, sé que no hablo yo, sé que no es correcto, sé que es solo una invención generada por los absurdos estándares creados por la mismísima sociedad. Ahora no puedo decir que me amo, que adoro estas curvas desproporcionadas y esta piel de un tono canela, no puedo decir que adoro los rizos suaves que se generan en mi pelo después del lavado, lo que puedo decir que estoy aprendiendo. A verlos como lo que son: una parte mía, un templo, una expresión de que soy única en este mundo y mi belleza es mía, para admirar, para querer, para venerar.
El espejo, cdr.
soy la hija de mi madre; hay un silencio desmedido, una carta colgando de sus dedos y está mirando a la nada, lleva un crucifijo alrededor del cuello, un Dios que ya no escucha, los oídos sordos de oraciones impresas en los ojos formando lágrimas, pidiéndole a un grito mudo: no te vayas. y viene envuelto en una excusa, de esas que comienzan en labios carmín, en una sonrisa juvenil con ojos vestidos en años lozanos, tiene líneas de besos desperdigados, encuentros furtivos a media tarde, enunciados por un "me demoré en el trabajo" mientras colocan el plato sobre la mesa, otra sonrisa en boca, mirada que te responde: sé que es mentira. soy la hija de mi madre, esa que se aferra a sus brazos, escuchándolo entonar a voz profunda una historia que envidían las estrellas, de quererlo a profundidades insospechadas, haciéndolo rey, quitándole lo humano: héroe. pero ella está ahí, envuelta en una negrura inmersa en podredumbre, estigmatizada con el aroma de la derrota, envejecida por el peso de años difíciles, reemplazada por la mocedad de un cuerpo más curvilíneo, de una sonrisa más joven, de unos ojos fáciles; está cubierta de cicatrices, de destrozos en las piernas, un exceso de cariño colgándole de los brazos, tiene la visión deforme de una belleza extinta: y sigue levántandose a las cuatro de la mañana, sumergiéndose en agua helada, colocándose uniforme de empleada, por las dos únicas razones de su vida. hoy me he dado cuenta de lo más importante: soy la hija de mi madre.
sin título predefinido, cdr.
quiero ser, lo que sea, un algo, un alguien, estoy tan desesperada por ser parte de este mundo, que me cortaría mis propias alas, solo para encajar.
He visto la vergüenza nublar esos irises grisáceos, la mirada perdida en recuerdos, esos que iban y venían, deslizándose de las líneas que cubrían tus ojos, haciéndose pesares, penas, remordimientos. «Me porté mal con ella», dijiste, en una voz de esas diminutas, que tienen más años por el olvido, hechas una memoria lastimera, una bala perdida, un algo que no sé determinar, pero que estaba ahí, escurriéndose en un pútrido vaho, lleno de un sofoco angustiante, y no sabía qué decir. Así que terminé con un «muy mal». Pero quería decirte más, mirar a ese cúmulo de muchas cosas y regañar a la persona que eras, a ese alguien que tenías dentro que parecía ajeno, distante, un lo que sea, por haberla engañado, colocar esa mirada extraña en su rostro, esos ojos marchitos que ya no me sonríen, que a veces ni siquiera sabía por qué lo hacían, pero lo hacían. No voy a mentir: la envidié. Y, a veces, también la quise. De esa manera extraña y casi tonta, a la que se quiere a un desconocido, sin saber nombre, ni apellido, pero se le tiene aprecio por el simple hecho de quererte de vuelta. (A ti, no a mí, y me pregunto a veces, ¿también la habrás querido? —la vergüenza en tu mirada me dice que sí—). Espero que algún día tu sombra y la suya ya no se encuentren, esquivas, llenas de un ánimo pesado, que ya no haya tormentas nublando tus irises, no más remordimientos ligados a su nombre, y que ella encuentre algo más que una pesadilla, que se libre de un laberinto sin salida, de correr, y estar atrapada en cuerpo, de soñar y no poder alzar el vuelo. Que se libre de tu recuerdo, de ti, y todo lo malo que hiciste.
P., cdr.
no la conocía, ni a ella ni a sus risas esporádicas, a ese brillo descomunal en unos ojos del tono de la miel asentada, un caoba profundo, queriendo imitar el roble. qué sujeto más extraño me topé, a veintidós primaveras en el camino de ida, a ese lugar de nunca jamás, que su nombre solo conozco, pero que de los baches y curvas, es un misterio. a veces la miro, devolviéndome la mirada, en un reflejo risueño, como si quisiera decirme algo, develarme un secreto que ignoro y debería saber, ¿qué será? tengo un deseo insano de preguntar, de sacárselo a trompicones, el misterio que lleva escondido entre las pupilas (y el universo que habita y la plaga, haciéndola todo y nada). ella lo sabe, como no saberlo, el secreto para sonreír como si el mismísimo sol viviera en tu espíritu, lo ha aprendido de memoria, de esa que solo recuerda el corazón, la he visto y lo he comprendido, lo fácil que es cerrar los ojos y tan solo sentir. a ella, esa que vive en el espejo y me devuelve la mirada, que tiene mariposas reboloteándole en la boca, vistiéndose de felicidad y haciéndole amor a la vida, quiero darle las gracias, porque hoy la he encontrado y he hecho paces con mi reflejo.
la chica del espejo, cdr.
Estaba comenzando a creer que los finales felices existían, que había al final del túnel esa luz blanca de las que todos hablan, puño sobre sonrisa, pestaña sobre ojo, dedo a dedo, creí en un final feliz; y ahora me levanto, con el pecho atolondrado, lleno de esta angustia sin nombre, queriéndose encerrar a sí mismo en una cajita, y ahí en esa minúscula oscuridad, arrancarse de a poco las terminales nerviosas. Creí en un final feliz, boca sobre beso, diploma sobre mano, estrellas contra cielo, pero me encontré mirando al espejo vacío de reflejo, porque ya no soy corpórea, ya no soy humana, he luchado contra la incertidumbre, contra el ánimo suave de mi cerebro al decir “estás viva, estás viva” y mi cuerpo no le cree, y mis ojos no se abren, y entonces hay un silencio súbito, una muerte presunta y todo dentro de mí se calla, solo espera, a esa bocanada de aire que no llega. Creí en finales felices, me encontré atada a una vida que no quería y a un cuerpo que no amaba, ¿a dónde fueron a parar? Los finales felices, esos que las personas inventan para escapar de su soledad.
finales felices, cdr.
Quiero escribirle a mi amor, a ese pedacito de cielo que comenzaba en tus ojos y terminaba en el fugaz contacto de tus yemas con la palma de mi mano. En el silencio que nos siguió, a esa muerte súbita de las palabras, donde habitaron todas nuestras cicatrices y expusimos con los dedos ensangrentados cada recoveco pútrido y corroído de lo que había dentro, de ese tú y yo feo, malo, muerto, que nos hizo estrellas y polvo a la vez. Quiero escribirte, amor, que el único recuerdo de las lágrimas que colocaste en mi mejilla, en ese día soleado de agosto, sea el de la poesía recordándote.
ye, cdr.
For those who love deeply, swallow it all, let it fill their lungs, their limbs, their hearts, they will appreciate it better, softer, greater, with tenderness.
Me descubrí a mí misma en un caótico segundo de enojo. Cuando me vi, a través de unos ojos extraños, no reconocí la imagen que me devolvía la mirada: pesar en forma de humedad en los lagrimales de tristezas acumuladas, arrugas de devoción ciega que no era a Dios ni a culto alguno, sino a ti y todo lo que fuiste. He recordado, así de repente, como víctima de una epifanía, lo triste que es mirar a unos ojos, volverse nada y todo en segundo, y ver que allí no hay luz alguna, que no te miran, que han estado apuntando a otro lado, a otras lejanías más cercanas, y que nos hemos quedado pequeños, pero así de pequeñitos, y he comprendido a la soledad. Me he sentado en una banca, allí en esa placita pequeña, donde solo van los estudiantes, a contemplar esta vida y la otra, a ver a las miradas besarse, a las manos tenderse en un idioma que solo conocen los dedos y la piel, a las parejas compartir ese silencio lleno de palabras, y amarse en la distancia entre todo lo que puede ser amado y olvidado en una miríada. He sido ellos, y no lo he sido, me he visto en cada voz estrangulada por el llanto, en los árboles tristes mecidos por un viento frío, he agarrado de la mano a la soledad en esa mañana y me he embarrutado el corazón de coraje; porque me ha dolido, amarte a deshoras, construirle puentes a tus sueños, cuidar de ti en lo oscuro, y recibir, a cambio, nada. Ni una sola puta sonrisa. Me descubrí a mí misma en un caótico segundo de enojo, y he decidido dejar de ser tan pendeja al amar algo que no te ama.
pendeja, cdr.
Por qué cantar a ese amor perdido, a ese imposible vasto de nada, a esa pérdida sustancial de un todo; y sentirse completo en un incomprensible vaivén, llegar a casa y quitarse toda pieza de ropa, para luego tenderse en la cama y arroparse en los pesares de la oscuridad, queriéndose olvidar de este hueco en el pecho, esta espada contra carne contra pulmón contra corazón contra razón contra ti; así, entonces, dejar que la misma canción de fondo, de esa que hicimos con nuestra risa, ser suplantada lentamente por el silencio de las palabras dichas, y susurradas en medio de una noche cálida, de cuerpo contra cuerpo, de dedos amarrados, de oxígeno uniéndose y deshaciéndose en bocas ajenas, tal vez, no te dije demasiado en todas esas oraciones que una vez susurré (te amo). Por qué cantar a ese amor perdido, por qué inmolar este vasto de nada, si te fuiste sin mirar atrás, empacaste junto a tu ropa cada recuerdo, colocaste de nuevo ese traje triste de soledad añeja en mi cuerpo y sonreíste. sonreíste, sonreíste, sonreíste, mientras lloraba. Y así, con el dolor de lo inevitable, le dijiste adiós a nuestros recuerdos.
Por qué cantar a ese amor perdido, cdr.
Uno tarda en comprender que el amor es una cosa extraña. No tiene forma o lugar, ni palabra predilecta, ni estación de año favorita, cuando por fin lo entiendo, lo encuentro en todos lados: En las miradas suaves a lo largo de un salón repleto de gente, donde los vocablos se extinguen y cobran vida en las pupilas, en el gesto oculto de un rostro ladeado o la curva ligera de una comisura, las manos tiemblan y el corazón palpita, el tiempo pasa lento como la caída de las hojas en otoño y la vida se vuelve un arcoiris, sosegado y vivo contra el gris plomizo del cielo de invierno. Quisiera retratarlos en una foto que los años no borren, imaginarlos en la misma banca de siempre, que no quede hueco en el lienzo donde ellos no existan. A veces quisiera decirles que envidío eso hermoso que tienen, las puntas de sus dedos haciendo colinas de flores, de risas fáciles, aire, margaritas, canela, vida; todo ellos en un silencio dulce, y por suerte, existen. Uno tarda en comprender que el amor es una cosa extraña, y es extraña la cosa que el amor hace a dos incomprendidos.
Extraña cosa llamada amor, cdr.
No sabía qué crecer traía consigo una tristeza profunda, de esas que no paran en los segundos, que se devoran a los minuteros, y se hacen dueñas de los cuartos de hora. A veces me pregunto, ¿nos volvemos viejos por la tristeza o por los años?
Grité. Grité. Hasta que no quedó nada en mis pulmones, hasta que el oxígeno se convirtió en cenizas. y entre ellas, reviví. (nací del fuego y a él regresé).