Todavía me conmueve el mundo,
aunque a veces camine entre pensamientos pesados.
Todavía encuentro belleza
en las flores que aparecen sin pedir permiso,
en el cielo cuando decide pintarse de colores,
en la risa libre de un niño
y en la inocencia de un bebé jugando.
Hubo un tiempo en que mirar bastaba,
en que los pequeños milagros cotidianos
se sentían inmensos.
Y aunque la vida cambie,
y aunque algunas cosas duelan más de lo que esperaba,
descubro que esa parte de mí sigue aquí:
la que sonríe por detalles sencillos,
la que se emociona con la ternura,
la que aún cree que la felicidad existe
en las cosas más pequeñas.
Quizá eso es lo que más me gusta de mí:
que a pesar de todo,
mi corazón todavía sabe detenerse
para admirar una flor,
seguir una nube con la mirada
y encontrar un motivo para sonreír



















