El loco de la cuadra, el del porrito en la mano, el de palabras sueltas, ese que no se cansa de correr entre círculos, de viajar las cuadras, de jugar con la gente, de manejar los días, el que no se recoge en la vergüenza, que mira y ríe y grita. El bufón del pueblo, en una de esas tardes de salsa, de canciones que pesan junto al calor intenso que encandelilla las ganas.
Hoy gana Colombia, decía, con una risa en la cara, con unos ojos vagos, rotos a media mirada, con pensamientos perdidos encontrando sus pasos, con una botella en la mano y un porro en la otra. Un trago, dos tragos. La Póker medio caliente se le atoraba en el paladar y el humo de marihuana se le escurría de las fosas nasales. Colombia 3, Chile 2. Sus predicciones al aire, con paso descolocado pasaba encontrando la acera, los niños descalzos revoloteaban su trote y se reían en burdos intentos de ignorar sus propias realidades.
Miradas van y vienen, la gente se asoma, las terrazas de concreto, sin baldosas, con pobres, ni blancos ni negros, no hay razas, sólo rostros que esperan conseguir el pan mañana, pero sin ganas, esperando ese partido que les dé esperanza, que los motive, que les ponga palabras en el paladar, y tirar chisme a la hora del almuerzo, y poder soñar y ahogarse en fantasías, en Colombia ganando el mundial, en emborracharse celebrando los días, en promesas, en coger por diversión con la esposa, en tener más hijos que no se puedan alimentar pero que no importa porque al final siempre hay un día más, y siempre hay una oportunidad de hacer que todo valga, de conseguir el pan.
3 a 0 dice el más optimista, con un grito que retumba el callejón de cemento caliente mientras le planta cara al bufón de la cuadra. Grito va, grito viene, se desentona en el aire una oración sin sentido, que parece apelar a los sueños, y a las ganas de sentirse victorioso en algo, porque en sus vidas hace ya mucho que se cansaron de esperar otro gol, otra esperanza, otra ilusión.
Un partido más, otra derrota, malparida vida aquí, malparida vida allá. Otro reflejo de la realidad, andante, perpetua, que no se escapa del destino, de ese parir infernal en las manos de la pobreza, del ser entregados a las manos de la miseria al recién nacer.
El loco del barrio, sin gloria, sin vida, convertido en tumba en la madrugada entre aceras, con pasos discretos en silencios rotos por gemidos de muchachas deseando hijos. Un callejón ahogado en la tristeza, la resaca de perder más que un partido, de quedarse sin ilusión por un tiempo, de tener que seguir buscando un nuevo sentido. El bufón de la cuadra, con una voz cortada que susurraba tristeza, con una canción en la boca y una lágrima escurriendo... Pronto llegará... El día de mi suerte... Sé que antes de mi muerte... Seguro que mi suerte cambiará... Con una sonrisa que se apagaba, y una expresión inestable. Los labios se le encogieron y el llanto se le cayó. Miró el reflejo de la luna en sus pasos, y la sombra le recogió el andar. Sólo era otro día, otro día más.
… (Fragmento de un cuento de mierda que pudiera o no continuar).