Me gusta este mundo —me dijo por fin—. Me gusta beber champán. Me gusta no fumar. Me gusta el sonido de los holandeses hablando holandés. Y ahora... Ni siquiera tengo por lo que luchar.

Kiana Khansmith
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Me gusta este mundo —me dijo por fin—. Me gusta beber champán. Me gusta no fumar. Me gusta el sonido de los holandeses hablando holandés. Y ahora... Ni siquiera tengo por lo que luchar.
El sol se fue volteando sobre las cosas y les devolvió su forma. La tierra en ruinas estaba frente a él, vacía. El calor caldeaba su cuerpo. Sus ojos apenas se movían; saltaban de un recuerdo a otro, desdibujando el presente. De pronto su corazón se detenía y parecía como si también se detuviera el tiempo y el aire de la vida.
Pedro Páramo, Juan Rulfo
¿Te acuerdas, Justina? Acomodaste las sillas a lo largo del corredor para que la gente que viniera a verla esperara su turno. Estuvieron vacías. Y mi madre sola, en medio de los cirios; su cara pálida y sus dientes blancos asomándose apenitas entre sus labios morados, endurecidos por la amoratada muerte. Sus pestañas ya quietas; quieto ya su corazón. Tú y yo allí, rezando rezos interminables, sin que ella oyera nada, sin que tú y yo oyéramos nada, todo perdido en la sonoridad del viento debajo de la noche. Planchaste su vestido negro, almidonado el cuello y el puño de sus mangas para que sus manos se vieran nuevas, cruzadas sobre su pecho muerto; su viejo pecho amoroso sobre el que dormí en un tiempo y que me dio de comer y que palpitó para arrullar mis sueños.
Pedro Páramo, Juan Rulfo
En febrero, cuando las mañanas estaban llenas de viento, de gorriones y de luz azul. Me acuerdo. Mi madre murió entonces.
Pedro Páramo, Juan Rulfo
Estoy aquí, boca arriba, pensando en aquel tiempo para olvidar mi soledad. Porque no estoy acostada sólo por un rato. Y ni en la cama de mi madre, sino dentro de un cajón negro como el que se usa para enterrar a los muertos. Porque estoy muerta. Siento el lugar en que estoy y pienso... Pienso cuando maduraban los limones. En el viento de febrero que rompía los tallos de los helechos, antes que el abandono los secara; los limones maduros que llenaban con su olor el viejo patio.
Pedro Páramo, Juan Rulfo
—¿También a usted le avisó mi madre que yo vendría? —le pregunté. —No. Y a propósito, ¿qué es de tu madre? —Murió —dije. —¿Ya murió? ¿Y de qué? —No supe de qué. Tal vez de tristeza. Suspiraba mucho. —Eso es malo. Cada suspiro es como un sorbo de vida del que uno se deshace. ¿De modo que murió? —Sí. Quizá usted debió saberlo. —¿Y por qué iba a saberlo? Hace muchos años que no sé nada. —Entonces ¿cómo es que dio usted conmigo? —... —¿Está usted viva, Damiana? ¡Dígame, Damiana! Y me encontré de pronto solo en aquellas calles vacías. Las ventanas de las casas abiertas al cielo, dejando asomar las varas correosas de la yerba. Bardas descarapeladas que enseñaban sus adobes revenidos.
Pedro Páramo, Juan Rulfo
Esta vida parece una moneda echada, a la final. Porque todo llega porque sí: como a la suerte.
Un beso de Dick, Fernando Molano
491 años, Santa Marta
De varios modos, vivir en Chapinero me hace sentir como estar en Santa Marta: la vista diaria a los cerros orientales bogotanos me recuerda a los de mi ciudad, que en esta época del año sus trupillos seguro ya no están tan secos por el eterno verano, sino que más bien empieza a florecer en ellos un verdor. Los trayectos me toman veinte minutos, cuando mucho media hora, lo cual me hace pensar que soy afortunado porque todo está cerca, y puedo caminar hasta donde usualmente necesito –de paso, me libro del lado tortuoso del transporte público capitalino–. Mis mejores amigos viven a cuadras de mi casa, con ellos, el plan casi siempre es ir por un café después de la oficina –aunque tiende a convertirse en una cerveza–, tal cual como era ir al antigüo Café del Parque, al lado del edificio de la Alcaldía de Santa Marta.
Las calles de esta localidad se han vuelto tan familiares como las del centro de Santa Marta: las caras que veo a diario cuando salgo del apartamento donde vivo han tomando nombres –de paso he desmitificado la supuesta frialdad de su gente–; y lo que más me gusta de sus calles, es que puedo encontrarme de casualidad con los paisanos y los nuevos conocidos.
En Chapinero el mar no es salado y tampoco azul, sino que es de gente que viste negro, gris y turquí y camina por la 13, esperan a que el semáforo cambie de color, o sencillamente no lo esperan para cruzar. Sin embargo, no todo es comparable: Santa Marta es de atardeceres inmejorables, de sol detrás de El Morro y de brisa fresca que baja de la Sierra Nevada.
Todo esto para decir que me pone nostálgico no estar allá, celebrando los 491 años de mi ciudad. Quiero a Santa Marta, y quiero que cada año que cumpla se convierta en lo que debería ser, en lo que nos gustaría que fuera.
Casi que no, pero feliz cumpleaños, Santa Marta.
He loves me, he loves me not
El texto está dirigido a hombres en relaciones heterosexuales, pero aplica también a heterosexuales.
Está bien extrañar
Because no reason, but there're always reasons
ABRA recalling your name Cheap wine Walks Chapinero
Anything Much itself
Doubts Your purposes planted far from here Your gringo spanish ascent Papisongo Georgia Cold, Coats El barrio, us
Santa Marta and its weather My yellow tee I wore
Abra asks if you're gonna stand there staring at her all across the room And Twigs, she's sad and kicking because of you
There are moments Coat's moments They come all of sudden
Encuentros
La primera vez que hablamos fue por una aplicación del teléfono.
Y no, no es el primero que conozco por ese medio, tampoco será el último.
Ya me he prohibido sentir este tipo de emociones, pero me es difícil respetar la prohibición.
Ni siquiera sé lo que tenemos o si en realidad puedo usar esa palabra.
Tener, tenemos, nosotros. Hablar en plural me cuesta.
Me miró con ojos con fecha de caducidad a corto plazo. Dijo que soy su tipo.
Cómo se atreve, me pregunto. Qué importa, me respondo, si de todas maneras volví a creer.
No son sus ojos verdes aceitunados, tampoco su pelo cobre, tal vez es porque esperó hasta la tercera cita para decirme que le gusto.
Él es especial. Era.
This is GOLD
All journeys have secret destinations of which the traveler is unaware.
Martin Buber
Pedro Teixeira fue el primero que remontó el río, en 1637”, dijo Alencar. “Era un capitán portugués que mandaba las fuerzas que expulsaron primero a los ingleses y luego a los franceses del Gurupá.” Alencar hablaba de manera pausada, temiendo que el suizo no le entendiera. “Salió de Gurupá y remontó el río hasta Quito, en Ecuador. Fundó la ciudad de Franciscana, que hoy se llama Tabatinga. Colocó la muga portuguesa en el río Napo. Su viaje tiene características políticas importantes, pues señaló la expansión portuguesa en estas regiones. Según el Tratado de Tordesillas, en 1494, la Amazonia tendría que ser española, pero los exploradores portugueses, con su vocación imperialista, no hicieron caso del Tratado, y en los siglos XV y XVI fueron tomando posesión de la Amazonia. En 1669, el capitán Mota Falcão levantó el fuerte de São José do Rio Negro, donde más tarde se alzaría Manaus. En 1694, Lobo d'Almada remontó el Rio Negro. Así, en el sigo XVII, cuando se dieron cuenta de que los portugueses, de hecho, habían ocupado la mayor parte de la Amazonia y de que, si no eran contenidos en su expansionismo, iban a acabar ocupándola entera, los españoles propusieron otro tratado que fue firmado en 1750, fijando los nuevos límites brasileños en el extremo norte. Por el Napo, los portugueses habían llegado hasta el Ecuador, por el Marañón hasta Perú, por el Negro hasta Colombia y Venezuela. Un poco más y toda la Amazonia sería brasileña.
Rubem Fonseca, Encuentro en el Amazonas
Me molestaba la pobreza, como si fuera una enfermedad contagiosa. Me irritaba toda aquella gente que soportaba tanta humillación y sufrimiento.
Rubem Fonseca, Encuentro en el Amazonas
Pasó ante mí y oí que decía: “Ese debe ser un pez gordo.” No había rencor en su voz. Aceptaba que en el mundo hubiera peces gordos que viajaban en primera, con camarote y una silla para sentarse en el corredor, y otras que viajaban en hamacas colgadas como ristras de cebollas.
Rubem Fonseca, Encuentro en el Amazonas