BETSY, de Rubem Fonseca (Brasil, 1925-2020)
Betsy esperó el regreso del hombre para morir.Antes del viaje, él notó que Betsy tenía un apetito poco común. Después surgieron otros síntomas, ingestión excesiva de agua, incontinencia urinaria. Hasta entonces, el único problema de Betsy era la catarata en uno de los ojos. A ella no le gustaba salir, pero antes del viaje sorpresivamente entró con él en el elevador y los dos pasearon por la acera junto a la playa, algo que ella nunca había hecho antes.
El día que el hombre llegó, Betsy tuvo el derrame y permaneció sin comer. Veinte días sin comer, acostada con el hombre en la cama. Los especialistas dijeron que ya no se podía hacer nada. Betsy sólo se levantaba de la cama para tomar agua.
El hombre permaneció con Betsy en la cama durante toda su agonía, acariciando su cuerpo, sintiendo con tristeza la flacura de sus caderas. El último día, Betsy, muy quieta, los ojos azules abiertos, miró al hombre con la mirada de siempre, la mirada con que expresaba la comodidad y el placer que su presencia y sus cariños le producía. Comenzó a temblar y él la abrazó con más fuerza. Al sentir que sus miembros estaban fríos, el hombre le buscó una posición cómoda en la cama. Entonces ella extendió el cuerpo, pareciendo desperezarse, y echó la cabeza hacia atrás en un gesto lánguido. Después estiró el cuerpo todavía más y suspiró, una exhalación fuerte. El hombre pensó que Betsy había muerto. Pero algunos segundos más tarde emitió otro suspiró. Horrorizado con su meticulosa atención, el hombre contó, uno a uno, todos los suspiros de Betsy. Con intervalos de algunos segundos, ella exhaló nueve suspiros iguales, la lengua de fuera asomando por un lado en la boca. Luego empezó a golpearse el abdomen con los dos pies juntos, como lo hacía ocasionalmente, solo que con más violencia. En seguida, se quedó inmóvil. El hombre pasó la mano levemente por el cuerpo de Betsy. Ella se desperezó y estiró los miembros por última vez. Estaba muerta. Ahora, el hombre lo sabía, estaba muerta.El hombre pasó toda la noche despierto al lado de Betsy, acariciándola suavemente, en silencio, sin saber qué decir. Habían vivido juntos dieciocho años.
En la mañana, la dejó en la cama y fue a la cocina a preparar un café negro. Se fue a tomar el café a la sala. La casa jamás había estado tan vacía y triste.
Por fortuna el hombre no había tirado la caja de cartón de la licuadora. Volvió a la recámara. Cuidadosamente colocó el cuerpo de Betsy dentro de la caja. Con la caja bajo el brazo caminó hacia la puerta. Antes de abrirla y salir, se secó los ojos. No quería que lo vieran así.
Fonseca, Rubén. “Betijo”. En Cuentos completos 2. Traducción de Rodolfo Mata y Regina Crespo. Bogotá: Tusquets editores, 2018. 275-276. Impreso.
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