El ORIENTAL
"Sean los orientales tan ilustrados como valientes" (José Gervasio Artigas)
La última vez que lo vi tenía el fragor de muerte en la mirada. Lo hubiesen visto. Oriental, hombre de Artigas, si hasta le dolía el pecho cada vez que pronunciaba mi apellido, se le notaba en el rostro. Ese rostro moreno con una larga cicatriz renegrida por el sol en su pómulo izquierdo. Maldecía el día en que fue a enamorarse de “una del Virreinato”. Sus ojos eran azules como el río que nos separaba. Juró amarme, y juré amarlo. Pero su vida no tenía tregua. Supe que luchó con la fuerza y la valentía de un joven soldado hasta entrado en la vejez. Unos pocos años después se lo llevó la fiebre amarilla; en esa época había pocos forasteros que no la padezcan.
Yo en Buenos Aires, parecía inalcanzable en mis vestidos hechos a medida y ajustados por cuanta criada habías. Mis senos erguidos como fruta madura y mis caderas fértiles, me mostraban en sociedad como la mujer ideal para cualquier hombre. Pero no cualquier hombre era ideal para mí. Mi elegancia, mi educación, mi apellido, me condenaban a ser infeliz, con un hombre que me merezca. No entendía aún que esos no eran tiempo para amar intenso, se amaba y punto. No había olvidos, ni perdones, ni distancia, ni pasiones. Los hombres no morían por amor, solo lo hacían por causas políticas. Vaya una a querer entrometerse en esas causas vedadas a un orden masculino por donde sea que se mire. Que podía hacer en ese entonces ¿Esperarlo? Esperé el tiempo que pude, el prudencial, el que mi padre me dejó hasta mandar a llamar a tu abuelo. Treinta años mayor que yo, cómo podía aceptar que ese hombre se casara conmigo. Me parecía estar entrando en la novela de terror más tremenda que me hubiesen contado.
No era un hombre feo para nada, pero mi corazón estaba cruzando aquel río. Las cosas no fueron bien al principio. Me rebelaba en cada pequeño detalle. Mandé tres veces a retrasar la boda por culpa de mi vestido. La última vez hasta mi madre se enojó, ella tenía siempre un semblante cálido y calmo, pero entro a mi cuarto a media noche con una vela encendida. Me habló con frialdad y si cuidar sus términos, me habló de las dificultades de la soltería a mi edad. Me afirmo que ese hombre, el Oriental, jamás volvería y si lo hacía solo sería en noticias de muerte y dolor. Dijo también que me haría muy vieja sin concebir los hijos que siempre quise y que con Juan Bautista, todo podría funcionar mejor de lo que espero. Las palabras de mamá esa noche en lugar de enfurecerme me calmaron. De todas maneras me case a regañadientes con un hombre que no amaba y apenas conocía. Enfrenté la peor parte con la frente en alto. La ciudad entera hablando de mí.
Solo con el paso de los años comenzamos a entendernos con tu abuelo, cuando nació tu padre, luego de tres intentos anteriores fallidos, su carácter se suavizo y me consultaba todo en su vida. Estoy segura que no fui tan solo una esposa. Fui para él una compañera de vida y una amante excepcional.
¿Y sabes qué es lo más sorprendente de esta historia? Que mamá se había equivocado. Aquel, el Oriental, volvió al poco tiempo que yo quede embarazada. Volvió para pedirme que me fugara con él, sola, con mi panza y una pocas monedas. Lo rechacé. Había comenzado a amar a tu abuelo, me aferraba a la tranquilidad de un hogar que había construido con lágrimas y sonrisas. La casa de verano, mi jardín de invierno, mis rosales, el piano, mi ama de llaves, el cuarto del hijo que ya estaba en mis entrañas. Esos eran mis lugares en el mundo. Se fue tan pronto como entro, solo le pidió un vaso con agua a una mulata que trabajaba en la cocina. Lo tomo deprisa y lo dejó en la galería, la negra lo recogió de la mesa cuando él ya estaba cerca del portón.
Tu abuelo lo vio saliendo por la puerta de servicio, y lo hizo detenerse con un silbido que estoy segura hizo que se le helara el pecho. Sabía de él, mi madre se había encargado de contarle los detalles de mi infortunio amoroso. Claro está que no había olvidado hablar de mi virginidad, de la cual recelaban para un hombre de verdad. Al ver aquello los ojos de la Mulata se salían de las órbitas, corrió hasta donde estaba a contarme que el jardín del frente ocurriría una tragedia. Yo estaba preparando la lana azul para tejer otra manta. Corrí como pude, el trayecto me pareció más largo de lo común
Cuando llegue el Oriental, lo mira fijo a Bautista, lo que más me impresionaron fueron sus ojos, celestes pero al mismo tiempo penetrantes. Ambos desviaron la vista hacia mí por unos segundos. Mi panza me impedía hacer ademanes, tenía que sostenerla. Gritaba con todas mis fuerzas que se fuera. En un minuto un puñado de peones rodeó la escena dispuestos a matarlo con tan solo una orden.
- ¡Bautista, mi amor… mírame no es necesario! Déjalo ir, no va a volver.
Tu abuelo estaba abatido, su corazón le impedía hacerle daño, pero su mente lo traicionaba porque ese hombre quería llevarse a su mujer. Y no se trataba tan solo de una mujer era yo, su Julia, la madre de su primigenio que aún se hallaba dentro.
- ¡Te duelo a cuchillo Oriental! ¿O acaso Artigas no te enseñó a pelear como hombre y dejar el fusil a un lado?
Tiró un facón y el Oriental lo pisó con el taco de su bota, sin bajar la mirada. Todo aquello parecía una fotografía; allí inmóviles dos hombres me diputaban. Uno desde el amor más profundo y otro desde el deseo.
- Pueyrredón le da sus mejores hombres a Artigas para pelear contra el Brasil, y así nos pagan… ¡Viniendo por nuestras mujeres!
- Con cada palabra la vas perdiendo un poco más, es mía desde antes de conocerte y a mí va volver a penas de a luz a ese hijo.
Los peones se enfurecieron y cada vez se acercaban más. Al oírlo decir eso Bautista se enfureció mando a cerrar todas las puertas. Le dijo que no saldría vivo de la estancia con esa actitud. La mulata me sostenía por la curva de la cintura, casi sin forma por el embarazo, eso hizo que no callera al piso cuando mis rodillas se aflojaban. Me repetía al oído, como una caricia “Yo no soy quien pa’ mandarla, pero ¿vamos pa’ dentro mejor si?” Le pedí que se quedara conmigo en ese sitio, jamás abandonaría a mi marido en manos de aquel. La Mulata, así le decía con cariño, me dijo después que aquel gesto le había parecido muy valiente “admiro su valentía señora, pero fue arriesgado hay que cuidar al pichoncito. En unos días nomás lo tendremos a puro grito” Al decir esto se le llenaron los ojos de lágrimas y una ilusión maternal la invadió por completo. La abracé como pude, casi no podía incorporarme sola en la mecedora.
Nunca más se volvió a mencionar aquel asunto. La confianza de tu abuelo con el tiempo era ciega, sorda y muda. Te voy a decir algo sobre el amor Emilse. Algo que solo aprendes con dolor, con mucho dolor: el amor a veces es suficiente y otras veces es demasiado. Lo importante está en uno, en crear ese contexto perfecto para que nazca o muera.










