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Decirte no
You've thrown the worst fear
That can ever be hurled
Fear to bring children
Into the world
Bob Dylan (Masters Of War)
No quiero que me evalúes. No quiero tu mirada escrutadora con un mecanismo del tres al cuarto, robada a dos balones de fútbol en la pantalla. No quiero tus ideas de padre de hijos lejanos y atrincherados. No quiero que te acerques a insinuarme la medida en que me desvío de tus ideales, pues tus ideales no son los míos. Tus ideales los ha escrito el gobierno entre meeting televisivo y sonrisa cínica. No quiero que sopeses mi presencia en la balanza del cálculo reductor. Redúcete tú, cabrón. No me identifiques. No te creas lo que crees ver con tu saber adquirido por vacío cerebral, por parálisis anímica. Tanto das, tanto recibes: te vendiste. No comprarás: tus cuentas no saldrán. Sal de delante mío. Ni sueñes con que juegue contigo: tu juego está trucado, como encierras al gato, como amargas a tu mujer: pronto serás viudo y no te encerrarán, cabrón. No me juzgues: la justicia te la pasas por el forro, perro. Y te las das de líder del barrio. Tú haces este mundo odioso: gracias a ti los niños crecerán distorsionados. ¿Te lo haces fácil, cabrón? No tienes mérito, sabandija. Vete con todos tus ánimos de político reformista por donde has venido porque yo no me trato con quien me utiliza: yo, fácilmente, de un soplo, te elimino. Pero el mundo es tuyo, cabrón, el mundo es de los que se han negado, de los que se derrumbaron: ¡Derrumbe! ¡que gran poder, cabrón; materia infecta de la que está hecho tu éxito! Constructores de estupidez, os necesito. Ceros a la izquierda, dirigid este mundo hacia el porvenir. Sal de mi vista, cabrón. Y ya no estás, aunque aún te odio.
El amor permanece hoy
Dedicado a Rosa
Lo haría por ti. Seguramente lo hago, lo hago por ti, como tú lo haces por mí. Estoy bien. Gracias. Contento de que cojas mi mano cada nuevo día. Contento de soñar contigo cada noche. Feliz de estar en tu vida. Orgulloso de estar en tu vida. Orgulloso de construirme en el espejo, para desaparecer pronto, para construirme de nuevo y desaparecer y construirme. Tan orgulloso de ti. Tan orgulloso de ti desapareciendo. Tan orgulloso de ti y de mi, ángel en mi corazón. Sabes que nunca te llamé "ángel en mi corazón". ¿Importa, cuando todos los nombres llevan a una sola destinación, objetivo? Es un verdadero objetivo (goal, en el original inglés) no un gol de fútbol. (goal=gol/objetivo) Me gusta mucho cuando me veo a mí mismo acariciando la verdad, es como música deMogwai haciéndome ir ahí, ahí fuera de mi cabeza. Desapareciendo. Desapareciendo, es tan bonito. Tú me haces desaparecer en el espejo, querida. Me haces reptar en secreto. A tu jardín secreto. Tú eres tan bella ahí. En mi mente. Ahí, en mi mente. Es solamente porque respetaste esta distancia que la puerta a mi corazón, a mi vacío fue EXACTAMENTE abierta. Oh, maldita sea, tienes la maldita llave. Es bello. No lo sabíamos el primer día, no sabíamos que ocurriría. Oh, pedazo de mierda, qué grande es cuando la vida te deja tener lo que quieres. No en el primer momento, la vida te lo da más tarde. Tras esperar. Esperar sin esperar, con ojos cerrados a la espera, con ojos abiertos al regalo, el regalo que vendría más tarde, tras esperar sin esperar. Con ojos vivos, nunca cerrados. La vida te lo da aunque sea por un momento. Entonces has acariciado la jodida verdad. Lo HICISTE. Bien hecho, amigo. La vida te da la evanescente, la invisible cuerda. Gracias por este momento interminable, ángel en mis cansados ojos. Volviendo a la vida, porque tuvieron fe. La fe no era tan mala, pues no era fe en dioses, sino en ti, en la vida, cuando me diste esa vida en una bandeja de plata. En el plateado de tus ojos en mi mente, en una mirada secreta. La mirada que alcanzo cada nuevo día con una llave tan secreta como lo imposible, como lo irreal. Hay un dibujo de un niño en la orilla que no hay ola que pueda destruir hoy. ¿Qué hay acerca de mañana? Gracias por la música eterna que trajiste a mis pies. Gracias por hacerme ver en el espejo la tierra más allá de las preguntas. El escape de mí mismo hoy, como cada día. El amor permanece hoy, gracias a ti, adónde puedo volar rasante.
Sólo se sueña cuando se duerme. Son expresiones tales como las de sueño, la nada de la vida, el paso por la tierra, la preposición quizá, la inspiración desordenada, lo que ha infiltrado en vuestras almas esa poesía húmeda de las languideces, parecida a podredumbre. Pasar de las palabras a las ideas, basta un paso.
Lautréamont, “Poesías y cartas”
La percepción sutil
La percepción sutil. Silencio, o una voz susurrada, casi en la evanescencia. Y a la vez un grito. No sólo un grito: un grito no es sutil, no es la percepción sutil -por la que me estoy cuestionando. En el fondo me estoy cuestionando por el estilo, por la cuestión del estilo (como cuando se habla de un estilo literario); percepción, expresión y estilo van de la mano. La cuestión es qué me gusta percibir, cómo. Cuándo y cómo estoy como confiado en mi percepción (y, como vio ya Berkeley, ser y percepción se identifican). Me ha venido a la mente la respuesta, la imagen. No gusto especialmente, o en lo propio, del grito, como quizás tampoco es mi propiedad diferenciada el silencio en sí. La (o mi) percepción sutil es cuando aparecen al unísono silencio y grito, juntos y diferenciados; finalmente llevados a la síntesis. La síntesis es la presencia de la imagen de la piedra como unidad y a la vez de sus venas, sus fibras, sus grietas. Estamos ante una coincidentia oppositorum (unión de contrarios), así como ante una polaridad en la correspondencia. La combinación es la regla del juego, como en las «correspondencias» baudelairianas o en lo estelar mallarmeano. Es la pluralidad de estrellas desplegadas en la unidad de la noche, en correspondencia. Es la antítesis del culto solar, si lo entendemos en estos términos. El sol es autosuficiente, poderoso, se nos presenta como unidad luminosa autónoma. El sol se puede identificar fácilmente con el dios-padre. Es el poder, pero no es lo sutil, mi sutil. No es mi propiedad. Es el grito aislado, es el silencio enclaustrado, mas no esa percepción sutil a la que puedo llamar ahora libertad. Pasajera y efímera, como la percepción, como lo sutil: así puede ser, y sólo entonces, la libertad. Libertad de gobierno, libertad de la polaridad: oscilación, potencia de elegir; pero elegir en la unidad de contrarios, recordemos. No es el poder del sol, del objeto (unitario). Es la noche del poeta Mallarmé, con sus estrellas desplegadas en el paño de la noche, o la disposición resultante de los dados de Heráclito (el del «polemos») lanzados sobre la mesa. Es la regla, definida por Nietzsche como eterno retorno: es el juego, es la transgresión. No el grito, no el silencio, sino su coincidencia, la coincidencia de esa percepción, esa percepción sutil, que me (nos) eleva. Es la nueva salud (en la coincidencia de salud y enfermedad). Es la resistencia, la transgresión (al fin). Y, con ello, la aceptación, la resignación. La percepción es sutil como un humo de cigarrillo que se eleva y desaparece. Esa sutileza es una cuestión de humor. Grito y risa, risa como grito. Como de la correspondencia del grito y del silencio se trata de este silencio combinado con la carcajada: la síntesis es la risa silenciosa; yo la solía llamar -cuando pensaba más en estos temas- risa cerebral. Y es que -podemos pensar- por el cerebro corren los circuitos, las grietas, como por la piedra preciosa sus venas.
Indigencia
La vida da vueltas. ¿Correr? ¿Caminar? Para luchar contra los problemas respiratorios un buen médico como el mío parece ser -aunque ahora está muy ocupado atendiendo las responsabilidades de diversos centros hospitalarios de la ciudad, pues ha obtenido ese difícil cargo, en los tiempos que corren para la sanidad pública- me recomienda caminar, caminar mucho, y caminar rápido. Realizar actividad motriz tan humana como caminar también ayuda a no engordar. Si engordamos y tenemos problemas respiratorios no pasa mucho tiempo hasta que no podemos subir una pequeña cuesta, alcanzar la cercana calle. Y con ello, obviamente, aumentan nuestros problemas de peso y respiración, con lo que entramos ipso facto en un estado enfermo y con la muerte a la vuelta de la esquina. Es obvio. Sobretodo, esto último que he comentado es obvio si tenemos ya cierta edad, esa edad en la que vemos como seres queridos o individuos del vecindario van cayendo muchas veces así, como de repente. De repente: muchas veces no podemos controlar los giros que toma la vida, pero considero acertado tomar entonces los mínimos riesgos posibles, ante lo que podríamos hacer la excepción de los riesgos que sea interesante aceptar, aquellos que vayan con la propia cosmovisión del sujeto en cuestión, ya seamos tú o yo. Debemos enfrentarnos al destino pero, a la vez, como en una coincidentia oppositorum (unión de contrarios), aceptarlo y sumergirnos en él y sus viajes y peripecias, en sus balbuceos y quiebras también. Nos enfrentamos al destino cayendo en él, como Oscar Wilde dice que no hay mejor manera de evitar una tentación que cayendo en ella. Estamos apañados. Debo pues dar mis paseos diarios porque, de otra manera, como iba diciendo, me iba. No es que no me vaya a ir de esta manera, pero quizás sea entonces pasado mañana y no esta noche. La vida da muchas vueltas, y en esos paseos veo gente pobre. También se pueden ver por Internet, en la T.V. Muy raras vez esos pobres son voluntarios, y siempre pasan penurias, más en las estaciones inclementes, más en el ruido ajeno de la gran urbe. Me refiero a esos pobres que difícilmente tienen voz. Aunque pueden gritar su dolor, el dolor quebrado de un mundo hostil que les envuelve. Y cuando digo «envuelve» quizás no soy suficientemente preciso, porque me refiero a un interior, no a un envoltorio exterior: el mundo hostil les penetra hasta la más íntima de sus células, hasta la más profunda conexión de sus circuitos cerebrales; les dirige el tempo de la respiración, les varía y reduce ese tempo, como el de los latidos de su corazón, en trance ajeno y desbocado. Muchos de ellos no «se lo han buscado». En todo caso, todos ellos son tan personas como tú y como yo. Pero tú y yo no estamos en su lugar, a no ser que estés recogiendo este escrito de un cubo de basura en el que hayas buscado un trozo de bocadillo semienvuelto en papel de plata. La única plata que ves, si no es también la que veas en el brillo de todos esos portales de edificios en los que no puedes entrar por las noches; la plata que seguramente estás acostumbrado a ver a través de la iluminación de todas esas ventanas ajenas, en la noche; la plata que es todos esos lugares en los que no puedes, legalmente, habitar, pues has sido condenado, aunque una supuesta constitución del país diga que esa condena no es legal ni legítima, que no, que tú tienes derecho a «un techo». Tú, indigente: la plata del duro asfalto, la plata de las bocinas y motores que vomitan en tus oídos necesitados de descanso hasta la extenuación, hasta que caigas rendido en cualquiera de esos lugares que cuidadosamente seleccionas de entre las cada vez más limitadas posibilidades que te deja la urbe, antes de que unos policías te anuncien que no, que ahí no, o que a un grupo de soldaditos les dé por rociar con gasolina el cajero automático contigo dentro; cajero en el que aún no está vedado que pases ahí la noche, perturbando la imagen de esa pareja que saca unos buenos euros nocturnos, ante una cámara de vigilancia por cuyo micrófono incorporado se te exigirá que desalojes tal propiedad privada seguramente al poco de haber conciliado el sueño. A pesar de que consigas algún lugar dónde pasarte agua por el cuerpo perturbarás, a buen seguro, nuestra imagen. Lo sé. Lo sé. No perturbas mi imagen, o al menos lo intento. Lucho. Lucho con mi interior. Lucho con el fascismo mediático que se pretende introducir desde cualquier lugar, en cualquier lugar de mi cuerpo, en todo lugar de mi cuerpo y cerebro. Yo también estoy maltrecho. No, no como tú, no seamos ridículos. Lucho. Lucho por reconocerte, y hasta que no te pueda ver no seré persona. Pero sigo siendo yo, como tú, que me lees. Tan hipócrita como yo, ése eres tú. Y tan denigrado, aunque hagamos tabla rasa de esa denigración. Yo sigo con mis paseos, tu sigues con tus pinturas, mi vecino sigue con su fútbol, el otro anteayer agredió a su mujer. Paseamos o luchamos, pero en la denigración. Lucho por verte, indigente, pero lejos. En realidad nunca te reconoceré, y con ello, como conclusión estrictamente lógica, nunca alcanzaré a ser yo. Y, la verdad, pienso que no sólo yo, pienso que nadie alcanzará a ser él mismo. Todo es vanidad, vanidad en la denigración; vanidad por carencia, no por plenitud. Nadie quiere la indigencia pero todos lo somos aunque, con tu fría y vacía mirada, lo niegues ciegamente.
A dream // Un sueño (Original en inglés; con versión traducida al español)
A DREAM (original in english)
I've had a dream
not the common nightmare, but a dream.
There was me, not alone in the dark
everything was so bright I woke up soon, suddenly
but before this there happened an instant
that came with me when I awake
I saw me not ill, not afraid
with people around me: they were friends,
in the dream, in the instant
I laughed, there were lots of laughing people
with brilliant eyes stolen to kids
(in the dream those eyes were normal).
Everything in the room was so brilliant that...
that no one was better than other, no one ever wanted.
(No one ever wanted nothing to greed.)
No one there ever needed to be someone.
Everyone there so little, so great.
Not afraid, not mortally ill, as me approaching my ugly hand to yours.
Without the need to be other, without the need to be more, in scare,
in a scared false self-assured face I can see
reflected in the mirror of your eyes.
Without the masks of ideas, without the masks of the State.
How many more nights to wait for a dream like this again?
Just one more dream, please.
UN SUEÑO (Traducción al español)
He tenido un sueño
no la pesadilla común, sino un sueño.
estaba yo, no solo en la oscuridad
todo era tan brillante que me desperté pronto, de repente
pero antes de esto ahí sucedió un instante
que vino conmigo cuando me desperté
me vi no enfermo, no con miedo
con gente alrededor mío: eran amigos,
en el sueño, en el instante
Reí, había montones de gente riendo
con ojos brillantes robados a niños
(en el sueño esos ojos eran normales).
Todo en la habitación era tan brillante que...
que nadie era mejor que el otro, nadie nunca lo quiso.
(Nadie quería nunca nada que ambicionar.)
Nadie ahí nunca necesitó ser nadie.
Cada uno ahí tan pequeño, tan grande.
No con miedo, no mortalmente enfermo, como yo aproximando mi fea mano a la tuya.
Sin la necesidad de ser otro, sin la necesidad de ser más, en el miedo,
en una atemorizada, falsa cara segura de sí misma que puedo ver
reflejada en el espejo de tus ojos.
Sin las máscaras de las ideas,sin las máscaras del Estado.
¿Cuántas noches más esperar que se dé un sueño como éste otra vez?
Sólo un sueño más, por favor.
Dos historias rusas
A veces suelo recordar dos hechos que sucedieron a dos escritores rusos. Uno de ellos fue el que aconteció a Andrei Biely. Entre sus escritos había dos versos, los siguientes: "Confié en el brillo dorado / y morí a causa de los rayos del sol". Después de algunas semanas efectivamente murió a causa de una insolación. La otra historia se refiere a Fiodor Sologub. Su esposa se suicidó: se arrojó al río Neva, desde un puente. Tras el acontecimiento, hasta el final de su vida, cuando Fiodor se sentaba en la mesa para comer, continuaría preparando la mesa para dos, para su esposa y para él mismo. En el reporte de este hecho también se explica que en esos tiempos, tras morir su mujer, el escritor se dedicó intensamente a estudiar matemáticas, y cuando alguien le preguntó por qué estaba en ese momento interesado en esa ciencia calmadamente explicó que estaba seguro de encontrar las fórmulas que probarían el hecho de que se encontraría de nuevo con ella más allá.
Fugacidad
Para estar seguro de ti mismo tienes que ser muy inseguro. ¿Qué ver? Los árboles descomponiéndose. La evanescencia, la disolución. Dicen los sabios que la naturaleza ama esconderse. Quizás sea que es imperceptible, imperceptible como unidad. No es individuo, es moléculas, fragmentos: la naturaleza, la vida es fragmentariedad, fracción, fractura. Es a partir de la grieta que nace la creación. La grieta es el manantial, el dispositivo. Tú debes hacerte uno con la grieta, con la fractura, con la fracción. Para estar seguro de ti mismo debes hacerte uno con el fragmento. La solidez está negada: la estatua que seas tú debe ser etérea. La vida es la sombra de lo ilusorio como tú eres la sombra de lo sólido: las sombras se esconden, la naturaleza se esconde: sólo puedes ver en las sombras; la estatua era una sombra. Las sombras danzan en la transmutación, en la disolución: mutantes. Tú eres un mutante, en la mutación, en lo mudo. A través de lo mudo germina fugazmente lo que muta, la estatua que es un teatro de mil sombras, o un cine del que surje la música o una palabra detenida en su grito, hecha añicos, en el rayo que estalla: ese rayo eres tú, es la sombra: la luz del rayo y la negrura de la grieta conforman una unidad que, al instante, se desintegra. Fugacidad, fuga: un fugitivo lee los signos de lo fugaz; sólo eso es seguro.
Como niños que juegan
¿Qué puedo decirte, querido amigo, que te pueda llegar? ¿Qué decirte ya, para que no interfieras tu muro? Sé que ese muro te ha hecho crecer, hacia la nueva construcción de tu fortaleza. Allí cantas con pájaros azules, y rechazas lo grave de un plumazo. ¿Cómo decirte?, ¿son las palabras la llave? ¿Quizás lo es un gesto, raro e improvisado, loco? Encontrarse en la locura, traspasar los obstáculos, planear en el abismo de una instantánea congelada. Un dedo roza el muro: la caricia que implanta los canales en la costa, en el mar de las posibilidades encontradas, compartidas; cuando te encuentro, en la orilla, dibujando en la arena, con una fina rama de árbol, un jeroglífico con el único fin de que lo borre la próxima ola que alcance a llegar, cuando ya se te ve en la risa que estabas esperando, preparándola en todo detalle: la risa que te caracteriza, te personifica; esa risa sin patria y en la que todo lo transgredes, y antes que todo, a ti mismo, con quien entonces te despachas con afilada y fría crueldad quirúrgica, como así lo quieres en tus sueños, en tu ley. Con maestría te desdibujas, y esa es tu enseñanza, tu saber; te minimizas como a ese jeroglífico en la orilla, con el fin de habitar otro lugar, al que decidiste llamar tuyo, el lugar de la visión imposible, donde pasas tus días con el rigor y la docta ignorancia de dos niños que juegan, construyen un castillo de arena en la oscura playa en la que tú deshechas tus jeroglíficos, en la noche atravesada transversalmente por el rayo. Ese rayo eres tú, y quizás yo tenga valor para lanzarme a tocarlo, pues quiero llegar a ti en estos días de tu vida, esos extraños días en los que parece que no funcionan las barreras, contra el cáncer, ante el que desfalleces y se apagan tus ojos. Pero claro, la vida nunca fue tu punto de vista, ni tampoco el mío.
¿Recuerdas?
¿Recuerdas? ¿Recuerdas cómo te apresurabas a hacer un alto en el camino a ninguna parte y nos encontramos, ahí, en el bar de una estación junto al mar? ¿Cómo me hablabas de escribir un libro de tus hombres y empezabas a leer, o mirar, o tocar las líneas de mi mano? ¿Y cómo me fui con tu teléfono escrito en un papel con lápiz de ojos, y tú te llevaste también parte de la arena de la playa? ¿Recuerdas? ¿Recuerdas que ése fue el primer día, pero vendrían muchos más? ¿Recuerdas? ¿Recuerdas mi locura? Recuerdo cómo construiste sobre ella, y yo siguiendo tus pasos, con los ladrillos del amor. Yo no tenía pan y a la vez tuve todo el pan del mundo, todo el que necesitaba para mi verdadera alimentación: todo el aliento. ¿Recuerdas? ¿Recuerdas cómo en el exilio respiré el aire de tu ciudad? ¿Y cómo una brisa, aquel aliento, nos llevó a encontrarnos donde siempre habíamos permanecido: mano con mano, labio sobre labio? ¿Recuerdas cómo hiciste para que no tuviera duda de que recordabas? Día tras día, cerca y lejos. Lo hiciste. Y recuerdas que lo hice yo también, y que esa memoria lo es todo, en el recuerdo como en el porvenir, en la eternidad como en el tiempo (que son lo mismo). ¿Recuerdas? ¿Y recuerdan los que aman? ¿Sabes? Sí. ¿Y sabes que yo sé, sabes que recuerdo? Sí. Y sé que sabes que yo sé que recuerdas, que recuerdo... no el pasado... sino todo. Como saben los amantes.
Una isla
Una isla. El faro, el farero en una isla. El faro construído en cristal reflectante. Los diferentes colores, los rayos, atraviesan al imperceptible farero, también de cristal. Piedra de cristal. Madera, azul, cristal. El farero y el faro conforman una unidad orgánica, en simbiosis. No es una unidad, es una ínfima partícula en el magno archipiélago, ese extenso territorio cuyo nombre fue puesto, implantado hace ya tiempo por los gestores del planeta; se trata de una palabra a primera vista bella, pero tan ajena que llegó el día que decidí no pronunciarla ya, y es que se estaba dando el caso que hacerlo era para mí evocar al Demonio; trato de no evocarlo: trato -creo que con buen sentido- que el archipiélago se mantenga para mí en tonalidades habitables. Pero yo -el farero, el faro- sólo soy una partícula del archipiélago, una gota de agua en el mar. No, por supuesto: seamos rigurosos en lo obvio: yo no soy agua en el mar, no soy pez en el agua. En el juego de espejos con el medio hay carencia, hay distancia: no hay flujo, no hay inmersión. En las inmediaciones del faro hay senderos perdidos; se pierden en un bosque siempre oscuro, en el que caminar a tientas: porque refleja la gruta negra en la que habita el farero, ese pétreo faro del que sólo se pueden ver brechas, unas brechas similares a las que se están formando en las placas tectónicas de las islas del archipiélago, anunciando su cercano final.
Dos vías
Hay dos vías. Para algunos el arte de la palabra y el pensamiento son ligazón y atadura, domesticación y quieta mordaza; para los otros son disolución y fuga, vida salvaje y nomadismo. Los primeros pueden dominar la Tierra o ser esclavos; los otros pueden dominar el cosmos y pueden también arder en el infierno, aunque sea una temporada. Estos dos senderos son vías provisionales y de circunstancias (como un parche en la ropa) en la inmensidad multidireccional del desierto. Son espejismos; o, más bien, efectos ópticos, que pueden funcionar, gobernar; y lo hacen.
UNOS CONOCIDOS
John el artista se encontró con John el hombre normal. Paralelamente, e inversamente, en la acera de enfrente Joseph el hombre normal se encontró con Joseph el artista. Cuando John 1 se encontró con John 2 trató de salvar la distancia que sentía, como era habitual, y esto lo notó John 2, que le pidió 2 euros para una cerveza aunque le dijo que eran para coger el autobús, para ir a cuidar a su enferma madre. Sabía que John 1 no le creería pero confiaba en lo que sucedió: que John 1 decidiría rápidamente que debía ser caritativo, pues no todos podían correr su suerte, y le entregó el dinero, aunque un poco incómodo consigo mismo, con la vida, pues había algo que no le parecía coherente, lógico (aquí solía llegar a menudo). También John 2 solía llegar a menudo al lugar al que llegó, a meterse con premura el dinero en el bolsillo y para no desviar la mirada ya hasta la próxima ocasión, le preguntó a John 1 por su última obra o por sus padres (que habían fallecido hacía ya tiempo), no se pudo escuchar bien. Cuando Joseph 1 se encontró con Joseph 2, siguió a éste hasta la sala de exposiciones. Fue entonces cuando éste último le dijo a Joseph 1 que quizás mejor sería que se diera una ducha antes de entrar. Y le ofreció su propia casa, que estaba relativamente cercana. Joseph 1 dijo recordar alguna cita urgente y se ausentaría hasta la próxima. Todos estos personajes, y algunos dormidos ya, habitaban en el cerebro de John Joseph quién, de madrugada, un poco hastiado de la gente y de sí mismo, se dispuso a atar estas palabras al ataúd de madera en el que pasadas unas horas se introduciría para descansar de nada.
La caricia
El respeto es la caricia del alma, la impresión de la transmisión. No es una imposición, es un gesto. No es un acto, es una potencia, empleando la terminología de Aristóteles. Y en su ser potencia, es el único acto de transmisión posible. En su ser ausencia, la única realidad efectiva. En su ser distancia, la única cercanía posible. En su ser silencioso, es el único grito profundo. No, no hay robo. Para vampirizar la vida no debe haber vampiro. El vampiro debe negarse en su acto para alcanzar el alimento, la vida soñada, la ilusión. Alcanza la ilusión, el efecto óptico, no la materia bruta impuesta y objeto de su robo. ¿Cómo querría robar lo que para él es ajeno, extraño, inapropiado? Pues él sólo alcanza las esferas de lo irreal. Lo cartografía. Y en esos planetas que danzan se dan los únicos pasos por realizarse, en la Galaxia Utopía, entre los escombros de la vieja materia, ya transmutada: los astros han centrifugado. El caos gobierna ya, tú lo acaricias entonces enfocando tu cámara vacía y haciéndole la única foto posible, con el respeto que lo acaricia.
«La luz sublime y las ilusiones» -poetry- Thanasis Panou
"Micrografías" Nacho Millet Medina (T. Panou) (Versión revisada: formato panorámico 16:9)