Entre la nostalgia, lo etéreo y lo onírico, mis versos caminan.

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Entre la nostalgia, lo etéreo y lo onírico, mis versos caminan.
Sol de Junio
Hay un sol que solo existe en junio. Nunca supe explicar por qué. No calienta como los demás; apenas se posa sobre las cosas, como si tuviera miedo de despertarlas. Quizás por eso siempre sentí que cumplir años en este mes era una forma de conversar con el tiempo en voz baja.
Hoy pienso en todas las versiones de mí que hicieron posible llegar hasta acá. La niña que juntaba pequeñas maravillas sin darse cuenta. La adolescente que creyó que sentir tanto era una forma de perderse. La que todavía sigue aprendiendo a encontrar belleza en las cosas más simples: una risa compartida, una canción, el perfume de alguien querido, el sol entrando por la ventana una tarde cualquiera de junio.
Qué raro es crecer. Durante mucho tiempo pensé que significaba dejar atrás personas, lugares o maneras de ser. Ahora creo que crecer es otra cosa: es llevarlas con uno de una forma más silenciosa. Como quien guarda flores entre las páginas de un libro sabiendo que ya no volverán a florecer, pero que nunca dejarán de ser hermosas.
Me gusta pensar que el tiempo no avanza en línea recta. Que todas mis edades existen al mismo tiempo, mirándose desde distintas ventanas. Que la niña que fui todavía corre bajo un sol de junio sin saber que algún día voy a escribir sobre ella. Y que, de alguna manera imposible, también puede verme ahora.
Hoy no quiero pedirle nada al futuro. Me alcanza con agradecer este instante: el frío de junio, el sol tibio sobre la piel, las personas que siguen siendo hogar y las que, aun desde lejos, hicieron de mí alguien capaz de querer tanto.
Porque, al final, quizás la vida sea esto: aprender a mirar hacia atrás sin tristeza, hacia adelante sin miedo, y hacia el presente con la ternura suficiente para habitarlo.
Y si algún día vuelvo a leer estas palabras, ojalá recuerde exactamente cómo se veía este sol.
Que seas feliz, Valentina, en todas tus edades.
Cabaña de primavera
No me he movido en años.
Te quiero eterno acá,
donde las rosas y el barro
son una misma cosa,
en un verde indiscernible.
Mi musa,
tal vez aurora.
No soy nada sin vos.
No soy más
que un don nadie
condenado a ser.
Volvamos a nuestro hogar,
la vieja cabaña.
Era una poesía rústica,
desconocida,
como el secreto sendero de tu vientre.
Llegará la noche.
El sol preparará su equipaje.
Yo meceré a nuestro bebé,
cosecha del vaivén
de la primavera.
nota sin enviar
te recuerdo en el momento en que quiero contarte algo; me giro y no te encuentro, y entonces me pregunto cómo llegamos a esto. nunca es demasiado tarde para volver a mi lado; lo sabemos, sabemos que si llamamos, vamos a atender, pero hay demasiado orgullo de por medio.
y ese orgullo pesa más que la ausencia, más que las ganas, más que todo lo que todavía no dijimos. nos quedamos quietos, esperando que el otro rompa primero el silencio, amar se vuelve una competencia y deja de ser refugio, perder empieza a sentirse igual a acercarse.
mientras tanto, el tiempo hace lo suyo: enfría las manos que antes se buscaban solas, nos acostumbra a esta distancia que no elegimos, pero sostenemos.
y yo sigo hablándote en pensamientos que no te llegan, guardando palabras que llevan tu nombre, preguntándome si también te pasa, si también te das vuelta a vecesesperando encontrarme ahí.
dorothea
“tu voz no llega,
se queda a vivir en mí,
como una lluvia suave
que no moja, pero cambia el aire.
en el borde de la tarde
brotan lirios en lo que callo,
blancos, quietos,
abriéndose donde antes dolía.
aprendo tu nombre en silencio,
lo guardo donde nacen las cosas
que no se dicen,
pero sostienen.
y en la memoria más simple,
un helado de limón derritiéndose lento,
como este instante
que quisiera no acabarse.
y si alguna vez te vas,
no será del todo
porque hay ecos tuyos
respirando en lo que soy.”
poema de una persona especial hacia mi
esta vez no voy a culpar al tiempo
ni a lo que no dijimos.
y yo, que siempre llego tarde a lo bueno,
me permití quedarme.
lo arruiné yo,
con esa forma mía de dudar de lo bueno
hasta romperlo.
porque cuando empezaba a sentirse real,
cuando tu voz ya no era un intento
sino un lugar,
me entró el miedo,
como si la felicidad fuera una trampa
esperando cerrarse.
y entonces hice lo de siempre:
tironear de más,
preguntar de más,
pensar de más,
hasta que todo se volvió incómodo,
pesado,
irrespirable.
vos no cambiaste,
no te fuiste de golpe.
fui yo
empujando despacio
hasta que no te quedó otra que soltar.
y ahora entiendo, tarde,
que no era tan difícil:
solo tenía que quedarme
sin romper nada.
pero a mí lo simple me asusta,
y lo lindo también.
y cuando por fin creí
que podía ser feliz,
hice lo único que sé hacer
cuando algo importa demasiado:
arruinarlo.
Habitar tu voz
tu voz desciende como luz líquida,
rozando los bordes invisibles de mi silencio,
y en su temblor leve
mi nombre deja de ser solo mío.
hay una música secreta en tu decir,
una forma de quebrar la noche
sin herirla,
como si cada sílaba tuya
fuera un hilo de calor
cosiendo mis grietas.
se derrama en mis silencios
y los vuelve habitables,
como si cada palabra tuya
encendiera pequeñas luces
en los rincones donde me pierdo.
no sé si es sonido o destino,
pero cuando te escucho
algo en mí se aquieta,
como si al fin descubriera
una forma de quedarse.
y en ese instante mínimo,
tan frágil que casi no existe,
tu voz me nombra de nuevo,
y yo
vuelvo a ser.
Sábado
Hoy es tu cumpleaños
y no supe cómo hacer silencio.
Porque hay días que vienen
con tu nombre escondido,
como si el tiempo no entendiera
que ya no hablamos.
Quise escribirte algo simple,
un saludo prolijo,
de esos que no dicen nada…
pero no me salió.
Entonces te dejo esto:
un recuerdo suave,
una risa que todavía me visita
cuando no la llamo,
y todo lo que fuimos
quedando en un rincón tranquilo.
No sé en qué lugar estás ahora,
ni si me pensás,
pero hoy —aunque no corresponda—
te celebro en silencio.
Y eso también, de alguna forma,
sigue siendo quererte.
Fin de año
⭑ ₊˚⊹ ୧ ‧₊˚ El año se sienta a mi lado como un animal cansado. No muerde, no huye. Respira. Trae en el lomo los días que no supe nombrar, las palabras que se quedaron atragantadas en la garganta del invierno. Hubo noches en las que fui una casa vacía, y otras en las que el dolor aprendió mi nombre mejor que yo. Ahora el tiempo se deshace como una vela mal apagada. Quedan restos: una risa torcida, un miedo domesticado, un deseo que aún insiste. No prometo nada al año nuevo. Le abro la puerta como a un desconocido: sin fe, sin miedo, con esta pequeña esperanza temblando en los dedos.
Querido —o quizá nadie—:
Esta noche el silencio pesa más que el cuerpo. Siento que algo se abre en mí, como una flor enferma, y deja salir una oscuridad tibia, antigua. No hay ruido, solo ese murmullo que viene desde adentro, ese temblor que no sé si es mío o del mundo.
Miro hacia arriba y la claridad parece un espejo que devuelve todas las cosas que quise olvidar. Hay una luz que no ilumina, solo revela lo que escondí detrás de la voz.
A veces creo que desaparecer sería la forma más pura de permanecer. Pero me quedo, escribo, como si las palabras pudieran sostenerme unos segundos más. No sé si esto es una carta o una despedida, tal vez ambas cosas.
Con algo de sombra,
yo.
Distancia
Tu recuerdo es un río que se disuelve,
agua negra que nunca toca mi orilla.
El lazo que nos unía
se hizo polvo entre los dedos,
y la distancia crece como un bosque
sin senderos, sin sol.
Cada paso es un latido vacío,
cada respiración, un espejo roto.
Te busco en el silencio
y solo encuentro fragmentos de mí
que alguna vez fueron tuyos.
La memoria arde, y el tiempo
se disuelve en restos de nosotros,
pero incluso en la ausencia
hay un hilo que duele,
una geometría invisible
que aún nos conecta
en lo perdido.
En ruinas
no sé por qué hablo no sé por qué existo si al final, rompo todo lo que toco. te grité, pero en el fondo era a mí misma a quien no soportaba más. no sé por qué reacciono así, siempre elijo la herida cuando quiero que me abracen. perdoname, aunque no sepa pedir perdón sin romperme. perdoname aunque no lo merezco hoy. porque te amo, aunque a veces no se note.
Cansada
Estoy cansada de fingir que no duele. Cansada de inventarme fuerza cuando apenas me sostengo. La gente habla, ríe, vive. Yo miro desde lejos, como si no pudiera entrar a ese mundo. Hay algo roto en mí que nadie ve, algo que no se arregla ni con abrazos, ni con tiempo. Me levanto, respiro, me maquillo las heridas. Pero en la noche cuando todo calla, vuelvo a ser la que no puede más.
Lo eterno en lo efímero
A veces pienso en la fragilidad de las cosas: cómo un instante puede ser tan etéreo que se escapa antes de que logres atraparlo. Como un suspiro que se desvanece en la ola del tiempo, dejando sólo una sombra, una huella que no termina de morir. Me pregunto si acaso somos eso: huellas de nosotros mismos, fragmentos dispersos en el viento, buscando sentido en lo intangible. Y en ese ir y venir, entre el deseo y la ausencia, construimos relatos que nos sostienen, que nos dan forma aunque sepamos que son frágiles. Tal vez besar sea así: un intento de detener el tiempo, de hacer eterno lo efímero, de transformar en palpable lo invisible. Y en cada beso se esconde un universo, una historia que sólo el silencio puede contar.
"La poesía no fue accidental. Mi poesía soy yo".
Si no muero a causa de la vida, moriré por culpa de la nostalgia.
La memoria es una casa cerrada que aún guarda mi nombre en las paredes. Me ahogo en lo simple: una foto, una calle conocida, el olor del invierno. La vida no duele, pero pesa. Y pesa más cuando falta algo que no sé nombrar. Entonces vuelvo — sin moverme— a los lugares donde fui, o creí ser. La nostalgia es cruel: no te mata de frente, te deja viva recordando. Y no sé si el abismo es la vida o la memoria.
Cuando el amor me nombra
Es suave el mundo cuando alguien me piensa con ternura. El frío se vuelve cálido, mi casa en hogar, y estar rodeada de personas preciadas. Esto es sentirse amada. ¿Me lo merezco? No lo sé, tampoco me interesa. Porque cuando me abrazan con los ojos, cuando mi nombre suena como canción de cuna en otra boca, todo en mí florece. Cuando alguien me quiere, dejándome ser, quedándose igual, yo también me quiero un poco más. Y vivir deja de doler. Las horas se tornan suaves, el habla se desliza callada, y una calma dulce me envuelve. No es que cambie el mundo, pero cambia mi forma de mirarlo, y eso me alcanza. No busco más razones, sólo este gesto simple de sentirme vista, de saber que pertenezco. Y en esa calma, me encuentro por fin.