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Como si fuera poco, había descubierto que la persona con la que estaba hablando, se había marchado aprovechando el despiste el balón. Perfecto, se dijo ella, aburres tanto que las personas se marchan a la primera que ven, que sorpresa, sigue así mija. Soltó un bufido al ver al castaño acercarse, queriendo rodar los ojos al verlo sonreír. Casi la decapitaban y él estaba sonriendo, que bonito “Oh, demonios, el príncipe encantador” Dijo ella en un tono divertido, por la amabilidad que había utilizado el contrario. Koda se agachó para recoger el balón que la había dejado medio inestable segundos atrás y miró alrededor, antes de volver la mirada al chico que tenía frente ella, estirando la mano para regresarlo “Ahí tienes. Hazle saber a tu compañero que si se sigue riendo, le bajo los dientes uno a uno” Amenazó en voz baja, mirando por encima del hombro al otro muchacho “Ese nivel de retraso no se lo robo”
Normalmente sus compañeros de equipo aprovechan los entrenamientos para charlar con animadoras, el inglés no les encontraba nada de interesante a las jóvenes qué perdían su tiempo agitando dos pompones. ¿Acaso no aspiraban a algo mejor? Se conformaban con las chicas más estúpidas de la universidad; no le gustaban los clichés, pero las chicas del campus se empeñaban en salir con los jugadores de americano. Cuando escuchó la respuesta de su interlocutora, una sonora carcajada se escapó de lo más profundo de su garganta. “¿Príncipe encantador? Mi nombre es Nathaniel.” La corrigió, no le gustaban los apodos, y menos cuando desconocidos se empeñaban en etiquetarlo con esa clase de sobrenombres. “Lamento la actitud de mi compañero. Normalmente golpea a las animadoras con la pelota, pero creo que el día de hoy no deseó acabar con sus pocas neuronas.” Argumentó con diversión, mirando de reojo a las chicas qué se encontraban animando a sus colegas. Seguramente se había llevado a más de una de ellas a la cama, pero no les tomaba importancia alguna; únicamente bajo los efectos del alcohol accedería a tener una aventura con una fémina de bajo coeficiente intelectual. Sólo así llenaba el vacío de su interior, pero sus compañeros no debían de conocer ese lado del inglés. “Deberías dejar a un lado la violencia, ¿no? Terminarás dejándolo peor que el profesor de derecho romano.” Agarró el balón, y se dispuso a lanzarlo nuevamente en dirección al campo de football. “Deberías de verlo borracho, hace todo un espectáculo.” No se mofaba de sus compañeros, pero encontraba divertido el hecho qué su amigo había querido llamar la atención de una chica, que al parecer usaba su cabeza y no otra cosa para pensar. “Seguramente quería llamar tú atención, pero no le funcionó contigo el truco del balón. Algún día lo demandarán por andar golpeando chicas.” Río nuevamente, y está vez extendió su mano para presentarse.” Nathaniel Derricks.” Dijo con educación.
Bastó cruzar miradas con aquellos ojos avellana, para que su mente se transportara años atrás. Los recuerdos eran de 2014, y Luna se encontraba en Europa por primera vez en su vida. Había entrado a un programa de voluntariado para enseñar a niños de bajos recursos a leer y escribir; tanto en el antiguo continente, como en África. Había prácticamente huido de Canadá tras la graduación, y desde hacía semanas había dejado de mirar atrás. Cuando finalmente había terminado sus meses de trabajo en el continente del sur, la joven había viajado con un grupo de activistas hasta Portugal, donde una empresa británica estaba comenzando gestiones que traerían contaminación a un ecosistema único. Ellos no habían dudado en comenzar protestas ante tal aberración.
Entre el ir y venir de esas semanas, la joven se vio envuelta en lo que parecía ser una nueva oportunidad. Una mañana de verano en Lisboa, había conocido a Nathaniel: Un joven inglés con un misterio guardado en su alma. Luna podía ver a través de sus ojos que era algo que acallaba su espíritu, y se había propuesto eliminar aquella oscuridad de su mirada, lo cual lograba solamente cuando estaban solos. En cuestión de días se vio viviendo prácticamente con él. Una rutina pacífica se habían colocado entre ellos: Dormían juntos. Comían juntos. Hacían largas caminatas. Tomaban fotografías del otro; parecían conocerse de toda la vida… Hasta que obviamente acabó.
Luna cortó el pensamiento rápidamente, y sin pensárselo mucho; se sentó a su lado observando el satélite de la tierra, por el cuál le habían puesto su nombre. Le fue imposible no estudiar el perfil del hombre a su lado. No había cambiado mucho, pero su mirada definitivamente estaba más apagada, y aunque ello ya no era su problema, la angustia se asentó en su vientre. Intentando ignorar aquellos sentimientos a flor de piel, respondió: “Nunca pensé que el mundo era color rosa, Nate.” murmuró mientras estiraba sus dedos hacia el cigarrillo que él sostenía, y con cuidado de no tener mucho contacto, lo tomó y lo llevó a sus labios. “El mundo es blanco y negro, las personas son las que le ponen color.” la joven dio una calada profunda, dejando que la nicotina entrara en su sistema y disfrutándola momentáneamente. “Y sí, todavía creo que existen muchas gamas de rosa.. Y de verde, y de azul y de amarillo.” comentó exhalando, y dejando que el humor saliera en una hilera por sus labios.
Las cosas entre ellos dos estaban más que claras, pero aun así -y para lamento interno de ella-, la comodidad con él seguía siendo la misma. El único cambio desde su última charla era que ahora se instalaba una pared hielo permanentemente entre los dos. Luna jamás sabría cómo actuar a su lado, eso era seguro, pero por ahora, estaba concentrada en permanecer imperturbable, aunque esa actitud, no la dejó acallarse la duda que tenía en mente hacía varios minutos. “¿Estás bien?” fue lo último que dijo antes de devolver el cigarrillo.
Una llamada cambió totalmente la vida del inglés, él se encontraba en Inglaterra, charlando con sus abuelos sobre sus próximas vacaciones de verano; cuando le notificaron qué tenían a sus padres secuestrados. No creía creerlo, se rehusaba a pensar qué alguien había sido capaz de llevarse a las únicas personas capaces de entenderlo. Él ya poseía sus propios demonios, ¿por qué se iba a dejar arrastrar por los ajenos? Le costó varios meses recuperarse de la muerte de ellos, de la mujer que juró protegerlo hasta la tumba. El amor podía obrar de extrañas maneras, y de algo estaba seguro Nathaniel, ese sentimiento no era real, le hacía creer a los seres humanos que gozaban de felicidad; cuando en verdad, vivían en un mundo lleno de ignorancia, un lugar que nublaba por completo sus sentidos, volviéndolos esclavos de una falsa historia repleta de fantasía.
A veces creía que él había asesinado a sus padres, detestando cada minuto de su miserable vida. En poco tiempo, se volvió adicto al alcohol, pensando que al tener excesos, su corazón se llenaría nuevamente. Error. No necesitaba de cosas materiales, nada en el mundo lo haría sentirse vivo nuevamente. ¿Mujeres? El sexo podía satisfacerlo por unas cuantas horas, pero al despertar, se llevaría con la ingrata sorpresa de que estaba completamente solo. Unos gritos de auxilio, una llamada de perdón…el alma del joven hablaba, se salía de su pecho con el único fin de poder terminar con su soledad.
Pensaba en ella, en las tardes que pasó charlando con la mujer de su vida…con una chica que poseía un corazón puro. Preferían quedarse en la sala, observando el televisor, jugando con sus manos, uniendo los dedos. Era un momento digno de película, parecía la escena más romántica del mundo. Un lugar, en el que una persona torturada por su pasado, descargaba cada uno de sus problemas con una fémina que lo complementaba a la perfección. Risas, llanto, cosquillas, y el sonido de la cafetera. Después de dos tazas, los dos se iban a la cama, deseando que el siguiente día fuera mejor que ese. El mundo en el que habitaba se encargaba de señalarlo, de mofarse de sus pérdidas. O bueno, así lo veía él.
“¿Estás segura de eso?” ¿Cómo pudo reconocer la voz femenina? Sencillo, únicamente recordó todas las veces en las que se quedó charlando con ella hasta tarde, animándola a perseguir cada uno de sus sueños. Añoraba el cantar de las aves, e inclusive echaba de menos las calles de Portugal. La universidad contaba con todo lo necesario para que los jóvenes se sintieran a gusto, ¿pero de qué servía todo aquello? Al final, los jóvenes se irían, y la escuela sería un simple recuerdo de sus años de juventud. “Siempre fuiste un alma libre, Luna. Andabas por el mundo sin ataduras, me demostraste qué no todos son malos.” Estaba siendo sincero con ella, no podía engañarla, se rehusaba a seguir portando una máscara con la fémina. Ellos habían compartido grandes momentos, pero su historia de amor se vio obligada a terminar sin un final feliz.
“Las personas cambian, no podía seguir el mismo de antes. Me estaban exigiendo una decisión, y tomé la mejor elección. De algo debo vivir, y no me importó arrojar mi propia felicidad por un abismo.” Le entregó su cigarro a la joven, recordando la primera vez que se sentaron en su sofá…comenzaron a beber, él experimentó por primera vez la felicidad; se sentía libre, era capaz de confesar cada uno de sus miedos, y no se avergonzaba de ellos. Quería permanecer a su lado por el resto de su vida, pero venían de dos mundos totalmente diferentes.
Regresó a la realidad, deseando qué sólo fuera una pesadilla más. ¿Por qué había dejado todo por dinero? ¿Se estaba convirtiendo en su padre? Lo dudaba, él sí había encontrado la felicidad a lado de su amada esposa, en la única mujer qué logró sacarlo de la oscuridad. “¿Acaso me estás siguiendo? Sé que soy difícil de olvidar, pero no es para tanto.” Comentó con diversión, demostrando que aún se escondía un poco de luz dentro de su ser. En lo profundo de aquella alma que se había entregado a la perdición en años anteriores.
“Mis padres están muertos, hace mucho tiempo atrás dejé de ser feliz, y he encontrado la respuesta a mis problemas en la bebida. ¿Eso te sirve de respuesta, bonita?” Agregó, aprovechando el rumbo de la conversación para sacar otro cigarro de su cajetilla. “Todo se encuentra jodido.” Argumentó con sinceridad, era una noche tranquila, y se encontraban en la hora perfecta para charlar de su basura emocional. Todas aquellas sensaciones qué prefería mantener enterradas a cientos de metros debajo de él.
Tal vez yo no sepa a dónde ir. Pero si pudiera una mañana abrir los ojos y ver los tuyos, sabría dónde quedarme.
Irela Perea (via valvenegas)
La respuesta por parte del muchacho no causó ningún efecto en ella. Con el paso de los años, Val había desarrollado la habilidad de bloquear todo sonido que no le aportara nada positivo. Funcionaba en el campo de juego y en la vida real. Alzó los hombros despreocupaba, sin dejar de acercarse al contrario. Sostuvo el saco de box que recién era atacado por los puños del contrario, tras posar la mirada en la persona que descargaba toda la ira contra el objeto inanimado. “Si quieres patear con más fuerza debes usar la cadera…” Le dijo, ignorando completamente la forma en la que la conversación había aflorado. “Te puedes lastimar si golpeas así de seco”
No le gustaba recibir órdenes de los demás, desde pequeño trató de dar lo mejor de sí mismo. Sus padres podían llegar a sumamente perfeccionistas, y cuidaban su imagen de pies a cabeza. El hijo de un empresario exitoso no podía tener errores, debía de acercarse a la perfección. (Aunque ni siquiera los ángeles lograban alcanzarla). Recordó una vez qué su madre lo regañó por llegar sucio a su casa, ¿por qué perdía el tiempo jugando afuera? A pesar de adorar a su progenitora, no le gustaba ser tratado igual que un accesorio costoso. Era su hijo, tenía la libertad de salir a correr, pero sus padres se negaban a dejarlo salir de su hogar. Le prestó atención a las indicaciones de su acompañante, pero no se encontraba en el mejor humor de recibir críticas de la colombiana. “¿Ahora te dedicas a ser entrenadora personal?” Comentó con sarcasmo, a medida de qué sus puño continuaban golpeando el saco de box. Seguramente su madre estaría enojada, al darse cuenta que su hijo perdía el tiempo en un deporte sumamente violento. Pero, ¿qué más daba? Ella ya no estaba ahí para controlar toda su vida. Y en parte, estaba agradecido de poder tomar las riendas de su propio destino. “Gracias por el consejo, pero te lo volveré a repetir…no ando en busca de opiniones ajenas.” Y al decir eso, el inglés comenzó a quitarse sus guantes. Ya había sido suficiente para él.
El ánimo de Luna había decaído con el paso de los días. El entusiasmo inicial por el inicio de semestre se vio opacado por los ensayos infinitos que le habían dejado en las primeras horas de clase. Amaba su carrera, amaba el estudio de la humanidad, tantos sus mejores, como sus peores momentos, pero nunca había sido una alumna aplicada, y definitivamente no iba a comenzar a serlo. Así que, tomándose una noche libre, y dejando de lado el olor a cannabis y cerveza que era cuestión diaria en su casa, salió de la misma en dirección al campus abierto. La noche estaba despejada y las estrellas llenaban el cielo Californiano, pero todo se vio interrumpido por una voz que sobresaltó a la joven y la hizo soltar una que otra grosería. “Hijo de…” murmuró en busca de aire para segundos después soltar un suspiro y fijarse en el hombre frente a ella. “Oh, claro que tenías que ser tú. Joder, Nate, me diste un susto de muerte.” exclamó Luna con una sonrisa de mediana burla mientras se acercaba dudosamente a él. Ella todavía no se recomponía hacia el hecho de que él estuviera en la misma ciudad, ni mucho menos en la misma universidad. Estaba levemente exaltada por el hecho de que tuviese que verlo todos los días durante los próximos meses. Mierda, mierda, mierda, en qué se había metido.
Muchas cosas habían pasado desde la muerte de sus padres; el tiempo pasaba demasiado rápido, y no se detenía a esperar a nadie. Cada vez que deseaba respirar un poco de aire fresco, su celular comenzaba a vibrar, e inmediatamente se veía obligado a volver a la realidad. Los trabajadores de la empresa de su padre solicitaban un aumento en sus salarios, y el inglés no se podía dar el lujo de tomar esa clase de decisiones; a pesar de estar a cargo del negocio familiar, necesitaba consultarlo todo con su tía. ¿Por qué? Él no estaba capacitado para manejar algo de semejante magnitud. Recordaba a la perfección su encuentro con Luna, se habían conocido en las peores circunstancias, pero Nathaniel tuvo qué demostrarle otra faceta de él, una que la alejó completamente de su vida. Escuchó la voz femenina e inmediatamente quedó petrificado, ¿qué debía de hacer? No podía salir huyendo, era demasiado tarde para desaparecer nuevamente. De vez en cuando pensaba en ella, luchaba día a día por lograr cada uno de sus objetivos; pero tuvo qué decirle adiós cuando decidió protestar en contra de la empresa de su padre. Nathaniel quedó devastado cuando se enteró qué la poseedora de la mirada angelical estaba detrás de todo ese lío. “¿Hijo de…?” Una pequeña risa se escapó de sus labios, e inmediatamente le dio otra calada a su cigarro. Luna no podía ser mala, no estaba en su naturaleza insultar a los demás. A diferencia del inglés, ella sí poseía un corazón; y a través de sus orbes veía la bondad qué se encontraba tan extinta en el mundo real. “Deberías cuidar tú vocabulario, ¿no crees?” Preguntó de manera breve, evitando expulsar el humo del tabaco cerca de la fémina. “Eso jamás me lo perdonaría, Luna.” Agregó con sinceridad, pues no se imaginaba una vida sin la joven de cabellera cobriza. “El mundo es demasiado pequeño, y al parecer nos detesta.” La última charla con Luna no había resultado de la mejor manera, ambos se habían lastimado; y él se arrepintió de dejarla ir. Pudo haber sido lo mejor de su vida, finalmente había encontrado a una chica con la qué podía ser él mismo, pero lo arruinó, decidió luchar por los ideales de su padre. “¿Sigues creyendo qué el mundo es de color rosa?” Preguntó abiertamente, esperando que la voz de la fémina lo llevara a través de los años, cuando solamente eran dos almas libres, dos corazones qué decidieron volverse uno por un breve instante de su vida.
bellarkewilltearusapart:
😍😍
Can you remember who you were, before the world told you who should be?
k.w (via bompoppy)
Como era casi frecuente en la vida de la fémina, cuando quedaba menos de un mes para un importante examen, pasaba tediosas horas en la biblioteca con algún grupo de su fraternidad. En tal situación se encontraba aquella noche, obligándola a cargar con algún que otro libro sobre los brazos, lo que hacía que la odisea se acabara de hacer el triple de costosa. Por lo tanto, con la visualización de los bancos y de una silueta conocida, decidió acercarse. Con un poco de suerte, conseguiría que le llevase los libros hasta su fraternidad. ❛ Te sorprenderían la cantidad de insectos que podrían dejarte sordo. ❜ Comunicó, haciéndose paso en escena para invadir el banco al sentarse a su lado y dejar caer los libros a su lado. ❛ ¿ Qué haces aquí, weirdo ? ❜
El silencio podía hipnotizarlo, era capaz de transportarlo a dimensiones totalmente desconocidas. Los grillos estaban tocando más fuerte de lo habitual, era la noche perfecta para perderse entre los alrededores. Un cigarro lo acompañaba, y seguramente en cuestión de minutos se iría nuevamente a su fraternidad, con el único propósito de conseguir una botella de cerveza. ¿Por qué tenía qué pensar tanto? ¿No podía ser igual a los demás jóvenes? Tenía la edad suficiente para hacerse cargo de sus errores, pero no deseaba arreglar los de su difunto padre. Continuó fumando, hasta qué su tranquilidad fue interrumpida por una silueta sumamente conocida para él. Solían charlar en las fiestas de Zeus, en más de una ocasión terminaron hablando de su vida privada; pero, ¿de qué le servía a él hablar de sus problemas? Nadie lograba entenderlo, y tampoco buscaba la atención de las personas que lo rodeaban. “Luego podrías pasarme una lista, seguramente tienes una guardada por ahí.” Comentó con sarcasmo, a medida de que salía un poco de humo de su boca. Estaba agradecido con el cigarro, por lo menos lo ayudaba a distraerse por unos cuantos minutos. “Justamente estaba pensando en ti.” Volvió a comentar con sarcasmo, y no pudo evitar reír ante su apodo. “Tan creativa, ¿eso les enseñan en su fraternidad?” Su amistad no era muy convencional, pero le gustaba jugar con ella y su hermana. “¿Necesitas ayuda con eso?” Señaló los libros que colocó sobre la banca, andaba con ganas de distraerse, y quizá podía conseguir algo en la fraternidad de la castaña.
Volverse loca era poco. Estaba de los nervios, de aquí para allá, buscando qué hacer con aquel trabajo que les había impuesto la tutora. La verdad era que, pese a todo, Emma no era una persona que pudiese trabajar fácilmente en pareja o en grupo. Por ello, sus compañeras de clase apenas la tomaban en cuenta con aquel tipo de actividades. Y normalmente la joven no le echaría cuenta, de hecho, le daría bastante igual, pero debido a la dificultad de aquello, echó de menos por primera vez no ser considerada para formar parte de algún grupo formado aquel mismo día en clase. Se vio sola y estuvo a punto de suplicar, lo que nunca hacía, a alguna de aquellas chicas para ser aceptada. Sin embargo, la bombilla apareció en su cabeza junto a una nueva y refrescante idea. ‘ Tranquilo, sé cómo eres ’ aseguró, restándole importancia a la actitud ajena. Se acercó con rapidez y con ambas manos sobre sus caderas, mordisqueó su labio. ‘ Bien, antes que nada, puedes decir que no. No te estoy obligando, ni me voy a molestar ’ asintió, pues de mas conocía que las personas también tenían sus responsabilidades. ‘ El caso es que— necesito que compongas una pieza para mí ’ realizó una breve mueca, a sabiendas del trabajo que aquello llevaba encima. Pero realmente lo necesitaba. ‘ Tiene que ser algo pequeño, tampoco muy complicado ’ acotó, asintiendo un par de veces, quizás aquello le ayudaría a su decisión. ‘ A mi profesora se le ha ido la cabeza un poco y nos ha mandado el bailar junto a una pieza original. ’
No lograba entender cómo sus dedos cobraban vida cuando entraban en contacto con el piano. Parecía entregarse completamente a la música, cada nota lo envolvía de una manera mágica. Cerraba sus ojos, pensaba en su madre, y le dedicaba cada una de sus piezas. Alguna vez había escuchado que los artistas poseían una musa, la de él era su progenitora. ¿La extrañaba? En demasía. Se sentía un prisionero en el mundo real, le habían arrebatado su alma; y su corazón difícilmente palpitaba. Por eso se escondía de sus compañeros, no deseaba compartir uno de sus mayores secretos con ellos; tenía una imagen, debía mantenerla de pies a cabeza. ¿Qué se diría de él en los pasillos? Un jugador de football no debía de tocar el piano. Em estaba al tanto de su vida privada, de vez en cuando charlaba con ella, normalmente lo hacía cuando regresaba de los bares aledaños a la universidad. En ella podía encontrar a una confidente, y sabía qué a la mañana siguiente, la fémina seguiría viéndolo con los mismos ojos de siempre. “Por eso me agradas, Em.” Musitó con una sonrisa sobre sus delgados labios, ella le agradaba, y en sus ojos había un brillo qué le recordaba a su madre; al igual que ella, era una bailarina de ballet sumamente talentosa. “Tengo una sola condición.” Agregó algo pensativo, sabía qué la fémina constantemente tenía tareas artísticas, pero nunca se le había acercado con la intención de pedirle un favor de semejante magnitud. Era evidente qué aceptaría, pero no podía dejar que Emma le dijera a los demás que había llevado una pieza compuesta por Nathaniel Derricks. “Dirás qué te ayudó uno de tus compañeros, pero por favor, omite decir mí nombre.” Podía llegar a ser muy reservado cuando se lo proponía, y tampoco deseaba andar en la boca de los alumnos de UCLA. Seguramente su padre se sentiría decepcionado de él, ¿no? Siempre deseó tener un hijo dedicado al negocio familiar, pero él deseaba ir más allá, quería romper las barraras; pero antes que nada tenía una responsabilidad con su tía, y con el futuro de su familia. “¿Tenemos un trato?” Arqueó una de sus cejas, y esperó a que la fémina diera su respuesta.
Lo siento, no quería molestar. Me pareció extraño ver que alguien estuviera fuera de las instalaciones a esta hora. ’ Se sentó junto al chico y suspiró mientras movía suavemente la cabeza de lado a lado. Había sido un día pesado, el investigador privado no había encontrado nada de su madre y para colmar su paciencia su padre había estado intentando localizarlo de nuevo. Sus ex-compañeros del equipo especial militar le habían advertido que su padre estaba furioso, ahora más que nunca. Se acercaba la fecha en la que se suponía que la madre de J.J había muerto- o en la que al menos su padre dijo que lo había hecho.
Cuando la luna salía, los recuerdos del inglés comenzaban a aparecer en su mente. Deseaba olvidarse por un momento de todos sus problemas, su pasado lo continuaba atormentado. Extrañaba a sus padres, de vez en cuando pensaba en ellos. Podía dibujar a la perfección el rostro de su madre, conocía perfectamente cada rasgo de su cara. Muchos decían que él se parecía a ella; extraño, ¿cierto? Ni siquiera podía encontrar una sola semejanza con su progenitora, pero la extrañaba en demasía. En los días grises, le hacían falta las palabras de consuelo de su madre. Seguramente se encontraba en el cielo, y los ángeles se sentían orgullosos de contar con semejante ser allá arriba. Prestó atención a las acciones de su acompañante, al parecer él también estaba teniendo una noche agitada. Nathaniel le extendió la cajetilla de cigarros, en espera de que el joven cogiera uno de ellos. “No te preocupes.” Exclamó con tranquilidad, a medida de qué el humo del tabaco salía de sus labios. “¿Gustas uno?” Preguntó a su acompañante, normalmente no se comportaba así con las personas; pero el inglés no poseía ánimos de estar discutiendo o peleando, por esa razón había decidido llevar la fiesta en paz por una sola noche. “¿Mal día?”
– – GAME DAY !!
{ @natederricks }
“Joder Nate, quedan quince minutos para el partido… ¡Vamos a llegar tarde tío!” exclamó Enzo, aporreando la puerta de la habitación del castaño. Eran compañeros de equipo, mejores amigos, se podía decir que prácticamente eran como hermanos, y como tales, tenían también sus broncas. “Qué tienes, ¿La regla?” se burló, harto de esperar.
La noche anterior al partido el inglés había salido a beber por cuestiones personales. No soportaba tener tantos problemas, ¿por qué la vida se empeñaba en ser injusta con él? Ya lo había perdido todo, ¿qué más le podían quitar? Morfeo se había encargado de hacerlo dormir más de la cuenta, a su lado se encontraba una extraña silueta femenina, normalmente él se iba antes del amanecer, pero al parecer se había llevado a la fémina a su dormitorio. Se levantó de la cama después de escuchar la voz de su compañero, la joven seguía dormida, así que aprovechó para dejarle una nota en la mesa. No deseaba verla ahí a su regreso, y mucho menos quería seguir en contacto con ella después de su encuentro sexual. “Nos deben de esperar, no seas tan escandaloso.” Exclamó con diversión, abriéndole la puerta ligeramente para que pudiera ver a la mujer que se encontraba en su cama. “No sé cómo llego eso ahí, ayer debí de haber bebido de más.” Le explicó a medida de que se ponía la camiseta. “Vámonos, no quiero que me vea al despertar.” Cerró con cuidado la puerta, y comenzó a caminar con su amigo. “Anoche cometí el error de traerme a la chica al cuarto, ahora estará jodiéndome todo el día.” Rodó los ojos, y le arrebató al joven su botella de agua, necesitaba hidratarse; pues había hecho esfuerzo de más la noche anterior.
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Sing, Goddess, of how / brooding Achilles’ mood swings / caused him to act out.
—David M. Bader
La última llamada con su tía lo había dejado de mal humor; los socios de su padre se empeñaban en hablar con Nathaniel para llegar a un acuerdo, ¿no había dejado a su tía a cargo del negocio familiar para eso? Ella estaba capacitada para tomar las decisiones del lugar, el inglés no poseía ni el más mínimo interés de arreglarles los problemas a los empleados de su progenitor. Colgó de manera violenta, arrojando el celular al suelo. Después se compraría otro, pensó. Los recuerdos del inglés lo atacaron de manera repentina, comenzó a ver a sus padres en manos de los terroristas; un disparo, el grito de su madre, y después dos cuerpos tirados en el suelo. Volvió nuevamente a la realidad, dispuesto a hacer a un lado el mal rato que su mente le había jugado. No podía albergarse en el alcohol, ya era muy tarde para ir en busca de una bebida qué fuera capaz de desconectarlo del mundo real por un par de horas. Salió de su fraternidad en busca de aire fresco, con toda la intención de perderse en los terrenos de la universidad por un par de horas. Pasaron unos treinta minutos, Nathaniel se encontraba sentado en una banca, fumando un cigarro en plena luz de luna. Unas pisadas lograron robarle su atención, e inmediatamente arrojó su cigarro al suelo para sacar otro. “Los insectos no hacen tanto ruido, ¿cierto?” Dijo a viva voz, esperando qué ese sonido no hubiera sido producto de su imaginación.
‘ ¡Tú!— necesito ayuda, ¿me la ofrecerías? ’
Logró llegar a la sala de música, las personas no conocía ninguno de los secretos del inglés. Se caracterizaba por ser una persona sumamente reservada, y se empeñaba en portar una máscara para no demostrar su verdadera identidad. Pasaban de las diez de la noche, la luna había aparecido en lo alto del cielo; normalmente aprovechaba su tiempo libre para practicar un poco de piano. Su madre le había enseñado muy bien, a la edad de cinco años Nathaniel ya se sabía varias canciones. Ella parecía estar sumamente orgullosa de su pequeño retoño, pero la vida se encargó de arrebatarle lo que más quería; a su progenitora. Tardó varios años en asimilar su muerte, y cada vez que pensaba en ella se acercaba al piano de su casa, y dejaba qué sus dedos se deslizaran libremente sobre el órgano. La puerta se abrió abruptamente, y una joven de cabellera oscura detuvo su interpretación. “¿No se te ocurrió buscar en otra parte?” Musitó tajantemente, y cuando se dio la vuelta para ver el rostro del intruso, una sonrisa se formó en sus labios. “Perdona, sabes qué no me gusta interactuar con extraños.” Su timbre de voz cambió, e inmediatamente su semblante se transformó. “¿En qué puedo ayudarte?” Preguntó de manera amistosa, después de todo, conocía a la fémina por su fraternidad.
“¿Tengo que decírselo en japonés para que lo entienda?” espetó la muchacha, observando a la cocinera que había detrás del mostrador. Cada día la misma historia, las mismas quejas. “Esta comida es basura, b-a-s-u-r-a, ¡Juego al volleyball! ¿Realmente pretende que ingiera esto?” continuó, completamente exasperada. La cola de personas empezaba a hacerse cada vez más larga, sin embargo, a ella no le importaba lo más mínimo. Defendería su argumento hasta la muerte, o más bien, hasta la hora de derecho civil.
Su próxima clase empezaba en veinte minutos, y la fila de la cafetería no avanzaba en lo más mínimo. ¿Qué podía estar deteniendo a la cocinera? Odiaba la comida de la escuela, y detestaba qué no existiera nada comestible en el menú del lugar. ¿No estaba pagando por los servicios de los empleados de la institución? Lo mínimo que esperaba era un plato digno en su mesa. Se adelantó unos cuantos centímetros, para encontrarse con una fémina de carácter insoportable. Trató de calmarse, normalmente los calmantes lo ayudaban a no desesperarse de sus estúpidos compañeros de clase. Antes de que las personas pudieran quejarse, se recargó en la barra para mirar detenidamente a la rubia. “¿Podrías dejar de ser tan dramática?” Dijo con tranquilidad, esperando qué la señora de la cafetería le diera a la joven lo qué estaba pidiendo. “¿Le puede dar a la chica lo qué anda buscando? Nos está quitando el tiempo a todos los aquí presentes.” Agregó en un tono autoritario, ¿por qué la gente de ahí era sumamente lenta? No lo sabía. “A la próxima no detengas la fila por una estúpida comida.” Agregó sin prestarle demasiada atención a la contraria, pues le molestaba en demasía la gente qué se atrevía a quitarle su valioso tiempo.