La distancia nos condena al olvido, nos relega a no ser más que unos fantasmas errantes sin un lugar al cual pertenecer, ni un hogar al que regresar; nos escarmienta con la nostalgia, encadenandonos al pasado y atormentandonos día y noche con los recuerdos que en algún momento nos hacían felices, pero que hoy nos apuñalan el corazón cada vez que los evocamos... ¿Habrá alguien que llore mi muerte o que recuerde siquiera mi nombre?















