Mi niña
Lupe tenía unos muslos rotundos bajo los leggings de tachuelas que ocultaba bajo la bata blanca de trabajo. Tenía el pelo largo y negro, alisado por una plancha muy potente y no muy cara, la piel oscura y la nariz aguileña. Sus ojos eran expresivos y alegres y se iluminaban cada vez que mencionaba a su eposo.
Siempre que estábamos en el mismo turno, a la puerta de la farmacia, en el centro comercial Perisur, Lupe me contaba la historia de su marido y ella. Me la contó por capítulos. Cada tarde me contaba uno. Desordenados. Una anéctoda, el comienzo de la relación con él, la boda, el presente que vivían juntos (que siempre la emocionaba), fechorías de sus niños, etc.
Yo fui juntando sus pequeños relatos y construí su historia descabellada y romántica con una cronología coherente. Su historia a día de hoy sería ilegal e imposible, antes solo estaba mal vista, y hace tiempo, mucho más atrás, podría haber sido más común de ver en alguien conocido, siempre un vecino, siempre la hija de alguien, por supuesto.
Lupe salía del colegio cada tarde a la misma hora, tenía doce años, y según explicaba ahora, entonces tenía el pelo igual de largo, igual de negro, y supongo que rizado, aunque esto no lo mencionaba.
Lupe tenía los ojos azules, era bastante alta y también lo era con doce años, “aparentaba quince”, decía orgullosa.
Cuando Martín la vio por primera vez al salir del colegio la siguió, se acercó a ella cuando nadie la rodeaba (algo poco habitual, era muy popular) y le pidió acompañarla de regreso a su casa caminado, dando juntos un paseo junto a él y su primita. Martín era el primo de una amiga de clase de Lupe, esa tarde había tenido que ir a buscarla a la salida del colegio porque la mamá de ésta estaba indispuesta, así que fueron los tres juntos caminando en la misma dirección, ya que las dos niñas vivían muy cerca una de la otra, en el mismo barrio. Martín no sabía que Lupe y su prima iban juntas a la misma clase y esto lo espantó un poco, pensaba que Lupe tenía mucha más edad, al menos quince, pero esto solo lo desanimó un momento, unos segundos, luego se le pasó.
“Aparentas mucha más edad”, le dijo, y ella se ruborizó con ese rubor característico y encantador de los doce años.
Cada tarde a partir de esa tarde Martín fue a buscar a las dos niñas religiosamente durante meses. Los tres hablaban de los deberes de matemáticas de las niñas, tan fastidiosos, de lo marimacho que era la profesora de gimnasia y que parecía que estaba enamorada de Lupe y Martín hablaba de su grupo de heavy rock. Esto último asombró a lupe, “es un chico mayor”… “es viejo”… tenía 25 años.
“Aparentas menos edad” le dijo Lupe, pero solo la desanimó unos segundos, luego se le pasó.
Martín siguió acompañanado a Lupe durante los dos siguientes años a casa cada tarde. La prima de Martín ya iba acompañada por su novio, lo cual hacía feliz a la tía de Martín, ya que “así iba acompañada, y demás era un buen chico, hijo de los vecinos del lado, gente tan respetable”.
A los padres de Lupe no les preocupaba que fuera sola a casa, “ella era tan responsable… y el colegio estaba muy cerca de la casa, ellos habían vivido allí toda su vida, los dos papás habían ido a ese mismo colegio, ¿qué podía pasar?”.
Martín se escondía a dos esquinas de distancia del colegio para acompañar a Lupe y que no le vieran más en la puerta, pero aún así la gente hablaba.
Cada tarde, cuando Martín se despedía de Lupe con un beso en la mejilla le decía “cuando cumplas 18 me casaré contigo”, y cuando cumplió los 15 (los de verdad) le pidió ser su novio formal: habían sido solo amigos durante tres largos años.
Lupe tenía ahora 15 años y Martín tenía 28. Se veían en secreto como novios. Se enamoraron furtivamente.
Cuando Lupe tenía 17 años y algunos meses decidió que era momento de llevar a su novio formal a casa de sus padres. Él tenía 30.
Le llevó. Un domingo a mediodía. El papá de Lupe persiguió iracundo a Martín por toda la casa hasta la puerta con un jarrón en la mano gritando “¿mi niña?, mi niña… ¡mi niña no!”.
Los enamorados se siguieron viendo a espaldas de todos, fue difícil, ya que la restricción en casa de Lupe fue determinante para su libertad de movimientos, pero siempre encontraban la forma de compartir un momento en la semana.
A los pocos meses del desafortunado encuentro Lupe cumplió 18 años y se casaron a escondidas.
Ya se habían acostado juntos algunas veces en los meses previos a la boda y su relación se había afianzado hasta culminar en un compromiso lleno de romance.
Sabían que ninguna de ambas familias iría a la boda, así que ni se molestaron en invitarles, solo lo comunicaron una vez concluyó la ceremonia por pura cortesía.
Se fueron a vivir juntos al centro de la ciudad, lejos de sus familias, tan anticuadas.
A los tres años de casados tuvieron su primer hijo. Las familias consintieron en conocer al bebé. Fueron a visitarlo cada seis meses a regañadientes y casi sin mirar a la cara a Lupe y Martín.
Lupe tenía 23 años y estaba casada con Martín, que tenía 36 años, tenían un hijo de un año y esperaban otro con los brazos abiertos y llenos de ilusión.
Cuando tuvieron ya su tercer hijo juntos las familias empezaron a aceptar la unión de la pareja ignorando la diferencia de edad que había convertido su amor en un crimen años atrás. Para dejar el trance en el pasado, el padre de lupe se emborrachó con su yerno en la cantina de al lado de la casa de éstos una buena tarde, le dio un puñetazo airado y luego le abrazó entre sollozos paternales: habían demostrado, que aunque inusual, su amor no era una perversión: era amor verdadero.
Lupe lucía absolutamente enamorada mientras me contaba sus historias, se le veía en la cara.
“No hay hombre más atractivo. Es que tiene algo, que no sé…” decía, con estrellas en los ojos “ahora mi hija mayor tiene un pretendiente que la persigue”, contaba entre risas, “es muy guapa mi niña, llama mucho la atención”.
Me enseñó una foto de “la niña”. Era como su madre, pero más guapa todavía, el mismo cabello negro, rizado, los ojos azules, aunque ésta iba vestida muy pijita, no era heavy como sus padres.
- ¿Cuántos años tiene?- le pregunté.
- Once.
- ¿Y el chico?.
- Catorce.
- Bueno… - dije yo pensando “ni que fuera para tanto”.
- Sí, bueno… eso díselo a mi marido- rió.
- ¿Por?
- Odia al pobre chico. Yo intento mediar…
- ¿Por qué le odia?
- ¿Por qué? ¡Es su niña! ¿Y su niña?… ¡su niña no!.
Reímos con ese rubor de los quince años, o de los doce.












