En realidad, Dios era la encarnación de la fuerza de la inercia, la más poderosa de las fuerzas. También la más paradójica: ¿existe acaso algo más extraño que ese implacable poder que emana de lo que no se mueve? La fuerza de la inercia representa el poder de lo larval. Cuando un pueblo rechaza un adelanto fácil de llevar a cabo, cuando un vehículo empujado por diez personas continúa sin moverse, cuando un niño se apoltrona durante horas delante del televisor, cuando una idea cuya inanidad ya ha sido demostrada sigue causando estragos, uno descubre, con estupefacción, la tremenda influencia de lo inmóvil.
Amélie Nothomb, La metafísica de los tubos.
















