Un hombre roto se enamora con miedo, no con alma,
te mira con ternura… y luego te empuja con calma.
No porque tu amor le haga daño,
sino porque le recuerda todo lo que enterró hace años.
Yo no llegué con espadas ni con juicios,
yo llegué con mi luz, mis risas, mis vicios.
Con mis manos llenas de paciencia,
y mi pecho abierto, sin defensa.
Él me decía “eres mucha”,
cuando en realidad, era él quien no sabía cómo sostener la lucha.
Mi suavidad le quemaba como alcohol en herida,
mi entrega lo ahogaba, aunque fuera lo que pedía.
Cuando lo amé, no quise sanarlo…
quise solo que viera que podía sostenerlo y no juzgarlo.
Pero cada caricia fue cuchillo que le mostró su reflejo,
y al final, me gritó que pedía mucho… cuando solo quería techo.
Te alejará, sí, y luego dolerá que no lo esperes.
Te dirá “tú te fuiste” cuando fue él quien cerró las paredes.
Y cada “te extraño” será una cuerda que no ata,
una trampa disfrazada de carta.
Confundirá mi silencio con paz,
y mi “estoy aquí” con manipulación.
sino porque su mente todo lo envenena.
una luna colapsando en su propia órbita,
intentando que el amor derribe lo que el trauma fortifica.
Pero el amor no es milagro,
no cuando el otro se ha casado con el auto-sabotaje y el letargo.
Me encontré a mí misma dudando de mi forma de amar,
preguntándome si pedí demasiado por solo querer estar.
Pero ya lo entendí, amor no es sacrificio sin eco,
ni es promesa de sanar a quien aún ama su hueco.
Un hombre roto te hará dudar de ti,
de tu risa, tu cuerpo, tu "sí".
Y tú te quedarás tratando de decodificar sus muros,
como si el amor fuera rompecabezas,
y no dos cuerpos seguros.
Así que hoy ya no espero que vuelva a buscarme.
Porque si vuelve, será para volver a alejarme.
Y mi alma —mi alma lunar—
ya no está dispuesta a encogerse para encajar.
Nir ya no se disfraza de menos.
Nir ya no quiere mendigos de afecto eternos.
Porque el amor no se pide,
Y yo, soy tempestad y fuego,
pero también ternura que no cualquiera merece.