[…] un gerrero de soberbio aspecto agachó la torre de plumas de su tocado por el bajo pórtico, y entró en la casa. Al momento vi que era algún personaje distinguido, pues los indígenas le consideraban con la mayor deferencia, y le dejaban sitio al acercarse. Su aspecto era imponente. Las espléndidas plumas de la cola, largas y en declive, del pájaro tropical se entremezclaban densamente con el alegre plumaje del gallo, disponiéndose sobre su cabeza en un enorme semicírculo vertical, con los extremos inferiores sujetos a una media luna de cuentas de cristal que le atravesaba la frente. En torno al cuello, llevaba varios enormes collares de colmillos de jabalí, pulidos como marfil, y dispuestos de tal modo que los mayores y más largos le quedaban sobre el ancho pecho. Asomando hacia adelante por los amplios agujeros de las orejas, había dos pequeños dientes de cachalote, sutilmente configurados, con sus cavidades delanteras llenas de hojas recién arrancadas, y curiosamente tallados por el otro extremo con pequeñas y extrañas imágenes y formas. Estas bárbaras joyas, guarnecidas de tal modo por sus extremos abiertos, y adelgazándose y curvándose en punta detrás de la oreja, parecían mucho un par de pequeños cuernos de la abundancia.
Por la cintura, el guerrero llevaba pesados pliegues de tappa de color oscuro, colgando por delante y por detrás con racimos de borlas trenzadas, mientras que brazaletes y tobilleras de pelo humano completaban esta indumentaria sin par. En la mano derecha empuñaba una lanza-pagaya bellamente esculpida, de casi quince pies de larga, hecha de madera de koar clara, con un extremo en punta aguda, y el otro aplanado como la pala de un remo. De su ceñidor colgaba oblicuamente, con una presilla de sinnate, una pipa ricamente decorada: la delgada caña que formaba su tubo estaba coloreada con un pigmento rojo, y alrededor de ella, así como en torno a la cazoleta en forma de ídolo, temblaban pequeños flecos de la tappa más sutil.
Pero lo más notable en su aspecto de este espléndido isleño era el complicado tatuaje exhibido en cada uno de sus nobles miembros. Todas las líneas imaginables, curvas y figuras, se delineaban por todo su cuerpo, y en su grotesca variedad y en su infinita profusión, sólo pude compararlas a los apretados grupos de extrañas formas que a veces vemos en piezas costosas de encaje. El más sencillo y notable de todos estos ornamentos era el que decoraba el rostro del jefe. Dos anchas bandas de tatuaje, separándose desde el centro de su coronilla afeitada, cruzaban ambos ojos -tiñendo los párpados- hasta un poco por debajo de ambas orejas, donde se unían con otra banda que se extendía en línea recta por los labios, formando la base del triángulo. El guerrero, por la excelencia de sus proporciones físicas, podía haber sido considerado seguramente como un noble por naturaleza, y las líneas trazadas en su cara quizás indicaban su elevado rango.