Observo cómo mi dedo tiembla y cómo es el viaje de la mano transpirada desde mi bolsillo hasta el timbre de metal sobre Larrea 947. Toco timbre, espero. Quisiera que mis dedos fueran cigarrillos para poder fumarlos y pasar la ansiedad que me consume.
—¿Quién es? —pregunta una voz metálica a través del portero, sin hacerle ni un poco de justicia a la verdadera voz que habla del otro lado.
—Soy yo. Paz —respondo, intentando no demostrar mi nerviosismo.
La puerta hace un ruido que me permite saber que la están destrabando del otro lado. La empujo y entro al PH en el que vive Micaela.
—Bautista te espera hace horas —me dice en modo de saludo mientras me permite el paso a su casa.
—Pero, llegué bien ¿no? —miro mi muñeca para confirmarlo. Son las 11.59 y creía que tenía que estar a las doce.
—Sí, pero la ansiedad la heredó de mí —me dice cuando veo al pequeño gigante correr hacía mi y abrazar mis piernas.
—Hola, enano —le digo mientras la rasco la cabeza. Tiene un pelo tan finito que me dan ganas de llorar.
Bautista es mi ahijado, fruto de la relación de Micaela y Jeremías. Micaela fue mi mejor amiga durante toda la secundaría. Tuvo un embarazo adolescente que transitó durante gran parte de quinto año y yo me convertí en el nexo entre ella y el colegio ultra católico que intentaba esconder que una alumna se había embarazado durante su cuidado. Y encima del falopero del colegio, que paraba todas las tardes en la esquina a tomar cerveza del pico.
Micaela era la alumna ejemplar. Todo diez. Abanderada, cargaba la bandera nacional con orgullo y entonaba el himno desde la boca del estómago para darle más seriedad. Todos la querían hasta que había decidido seguir con la vida del bebé. Aunque, siendo sinceros, también la hubieran odiado si abortaba.
Tal vez sea por eso que me genera tanta incomodidad verla llevar una vida de ama de casa infeliz. Tal vez sea por eso que no hablamos hace años. Se le nota en la mirada, en la piel reseca y curtida por la maternidad. Intenta hacer malabares entre su trabajo y el cuidado del pequeño tsunami. Es por eso que no me pude negar cuando me pidió que lo llevara al parque de diversiones para tener un par de reuniones en paz.
—¿Estás preparado para salir? —le pregunto al pequeño.
Él corre para agarrar su mochila y veo como la madre va atrás para intentar primero ponerle la campera de abrigo.
—Gracias —me dice mi amiga mientras me alcanza los bártulos que acompaña a todo infante en una salida de su casa—. No sabés lo mucho que me ayudas.
—Por favor, Mica —intento decir.
—Acá tenes una botella de agua, galletitas, muda de ropa, abrigo y algún libro por si se aburre en alguna fila. Si se porta demasiado mal, llámame. —Ambas miramos a Bautista que no se puede mantener quieto de la emoción de salir conmigo y antes de que se me termine de estrujar el corazón de ternura, ella agrega—: Igual lo dudo.
Nos reímos. Nos abrazamos por el tiempo transcurrido y nos acompaña a la puerta.
—Pórtate bien, Bautista —lo amenaza con ternura
—Te lo prometo, mami —le responde desde la silla del auto, antes de que cierre la puerta.
Me despido con un movimiento tosco de mano y emprendo camino hacia mi primera salida sola con un niño de cinco años.
—Tía —me llama Bautista desde la parte trasera del auto. Yo lo miro por el espejo retrovisor para escucharlo atentamente—. Me encanta que vayamos al parque de diversiones, porque allá hay cosas muy lindas como juegos, comida, payasos y un montón de cosas más.
Yo me rio porque es increíble que un niño de tan pocos años tenga la capacidad de formar tal oración. Tal vez estoy demasiado alejada de la vida del nene y es por eso que me sorprende, pero intento no pensar en eso.
—Prometo que vamos a ir a todos y a cada uno de los juegos que quieras ir.
Bautista grita agudamente y, aunque me aturde, intento no quejarme.
La tarde pasa de manera tranquila, hasta me permitiría decir que fue pacífica. Bautista no hizo ningún berrinche y disfruto cada uno de los juegos como si estuviera en Disney y fuera en realidad el parque de diversiones más deprimente que pisé en mi vida.
Antes de irnos, un payaso muy bien pintado y con la ropa limpia e impoluta, entrega globos a los niños dedicándole algunas palabras que podrían ser calificadas como “tiernas”.
—Hola, pequeño —le dice a Bautista. Él suelta mi mano para correr hacía él. Yo atino a caminar más rápido porque el tema payaso siempre me dio mala vibra—: ¿Querés sacarte una foto conmigo?
—Una foto con vos y con mi tía. Sería el recuerdo ideal —sentencia él con en un grito agudo.
Sin otra opción, le entrego mi celular a la persona que acompaña al payaso y cuando ya estábamos posando, con la sonrisa falsa pegada en la cara, escucho que le dice al oído.
—Sabés que la vida es una mierda, ¿no? Sos la carga de tus padres, la chica que te gusta (si es que no sos homosexual) nunca te va a dar bola y jamás vas a encontrar un trabajo bien remunerado que te haga feliz.
Yo me separo violentamente de él y lo miro con dureza. Bautista contiene las lágrimas de no entender qué está pasando. Agarro la muñeca del pequeño y lo alejo rápidamente de ese pervertido.
—Adiós, pequeño. Recordalo. Nadie te quiere y nadie te querrá.
Y es en ese momento es cuando escucho por primera vez llorar al pequeño desde que lo vi al mediodía.