De la hipocresía y otros deslices de la Santa Madre Iglesia
“Lo que es la falta de humanidad... Duele más ver a una mujer desnuda en la calle que a un hombre mayor durmiendo en un cajero”.
Y así se nos presenta Y., una mujer valiente que no duda en desnudarse, literal y figuradamente, ante nosotros y los feligreses que salen de su misa diaria.
Hoy es domingo 22 de septiembre del año del señor 2019, son las 9 de la noche y a lo lejos se aprecia una tormenta que avanza lenta pero segura hacia nosotros. Es una tarde tranquila. Disfrutamos de una copa de vino mientras hablamos de mil y una cosas cuando de repente las luces de un coche de la Guardia Urbana rompen el idilio. Podemos ver a varias personas enfurecidas, dos policías y una mujer desnuda cargando un cartel de cartón. Pintoresco, ¿verdad?
Nos acabamos las copas de vino rápidamente; la curiosidad ha vencido en esta ocasión. Y nos acercamos lentamente a la iglesia, el núcleo de este revuelo. Vemos, en la distancia, recia frente a las puertas del hogar de Dios, una mujer menuda, sin ropa, recia delante de los grandes portones iluminados desde su interior.
Pronto, hordas de parroquianos invaden la plaza, excusados ya de sus obligaciones místicas y multitud de escenas se desarrollan a la vez. Hay quienes hace oídos (y ojos) sordos ante su presencia. Quienes la observan y se reservan sus juicios para sí mismos. Quienes la increpan. Quienes la acosan...
Nos presentamos ante ella y su compañero. Su desnudez no es incómoda para nada y su palabra es vibrante, guerrera. Nos habla de ella, de sus ideas, de lo que desearía para el mundo,... Nos abre las puertas de su mente, de su alma, de su corazón,... Y se nos van las horas, los pensamientos, el corazón,... a algún lugar en el que ya habíamos estado pero que llevaba mucho tiempo dormido.
Nos habla de las injusticias, de las mentiras de la Iglesia, de lo que ha vivido y de lo que, probablemente, le queda por vivir. De tantas cosas que ya sabíamos pero no hemos sabido pelear. De la hipocresía y de (tantos) otros deslices de la Santa Madre Iglesia. Y nos cuestionamos nuestro propio valor, nuestras propias creencias, nuestras propias verdades...
Estamos frente a una mujer valiente, sin tapujos, sin rodeos. Rechazada por aquellos que hablan sobre “amar al prójimo”, “cuidar de los desvalidos”, “no robar ni mentir ni matar” y se lucran en el odio, en la mentira, en la muerte de aquellos que no les sirven para sus propósitos... Y duele. Duele en lo más profundo... Verse, en parte, partícipe de la invidencia voluntaria de esta sociedad. Verse atrapado en la comodidad de la mentira. Porque si no afecta directamente, no existe. Porque si no es a mí, o a mis seres queridos, no existe. Porque si no me lo dice alguien, no existe.
Podemos cubrirnos los ojos cuanto queramos, pero la verdad terminará entrando... Acabará soltando el vendaje, tarde o temprano. Y la herida seguirá ahí, la miremos o no... La epidemia continúa... Y si no hacemos nada por detenerla, acabará con todo y con todos...
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Hoy, hemos sido testigos de la barbarie. Una mujer que criticaba la hipocresía de la Iglesia ha sido increpada, insultada, asaltada, vejada, ante nuestras narices y con el beneplacito de la policía y de la sociedad. Hombres y mujeres la grababan sin su permiso, por su desnudez, en lugar de detenerse y cuestionar su propio sistema moral.
Por eso y, sobretodo, por ella... Hoy escribo todas estas palabras. Para que no quede en el olvido. Porque mujeres como ella han hecho posible que hoy estemos aquí... Hoy rompo (rompemos) una lanza en tu favor. Porque algún día... Algún día, alguien verá la verdad y detendrá esta locura. Porque tú y todes seamos libres.
Gracias Y. Gracias por ser la voz que no me atrevo a sacar.








