Eran buenos tiempos ¿sabes?, no porque lo tuviese todo bajo control, sino porque en el fondo sabía que todo estaba donde debía estar.
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Eran buenos tiempos ¿sabes?, no porque lo tuviese todo bajo control, sino porque en el fondo sabía que todo estaba donde debía estar.
Como mirarse en el espejo de un pasado que añoramos viviendo en un presente que detestamos.
J.L.Álvarez
Sus manos empuñaban fuertemente los barrotes del ventanuco exterior de la celda, desde allí podía ver el sol, también un pajarillo que se posó sobre la pared y le rozó con el pico su dedo meñique. A penas recordaba los días que había permanecido recluso entre aquellas cuatro paredes, setenta y un días había conseguido contar antes de perder la cuenta, por un par de noches en vela sin lograr pegar ojo que se cobraron su precio en forma de un largo sueño que pudo extenderse por un tiempo de más de un día.
Las ratas correteaban por la celda desde un agujero de la pared hasta otro, como jugando a esconderse. Una tabla de madera apuntalada a la pared sujetada malamente con un par de gruesas pero gastadas cadenas hacía a la vez la función de cama y de mesa cuando el alguacil se molestaba en proporcionarle alguna clase de alimento.
El segundo que ha pasado me ha recordado que lo que queda es eterno, que la llama que encendimos no la apaga un largo invierno.
J.L.Álvarez
Lo indispensable de la lucha no es la paz, sino el ímpetu en la batalla
J.L.Álvarez
Las noches que no me sonríe la Luna me sonríe tu recuerdo y como no puedo dormir lo vigilo con un ojo abierto
J.L.Álvarez
En las noches más oscuras las verdades se vuelven dudas
J.L.Álvarez
Siete Velas
Una botella de whisky Ferintosh destapada con menos de cuatro dedos estaba sobre la barra de la taberna en la que un hombre sostenía una copa a la que a penas le quedaba un trago. El hombre vestía unas fuertes y pesadas botas de piel, pantalones vaqueros ni muy holgados ni muy ceñidos y una desvencijada chaqueta de cuero a la que no le vendría mal un lavado. Sobre su pelo castaño lucía un chambergo que tampoco se distinguía por su buen aspecto. Su tez era dura, curtida por el tiempo, como su corazón que estaba cosido a machetazos.
Acercó el vaso a sus labios bebiendo apresuradamente hasta la última gota que quedaba, para terminar pasándose el dorso de su mano por su boca, rascándosela con su barba de una semana, le gustaba esa sensación, aunque su estado de ebriedad no le permitiese disfrutarla por completo, ya que no sentía sus manos adormecidas por el alcohol.
- Johnson, creo que has tenido suficiente por hoy, el alcohol no es buen lugar para ahogar el llanto. Por cierto, he oído que hoy atracaba el barco que viene desde Melian.
- Bien sabes que... para mi no hay más barco que... las Siete Velas de esta taberna, que son las que guían mi...camino - apuntó a trompicones porque la lengua le tropezaba con los dientes, terminando con una desentonada carcajada.
De repente un hombre que estaba sentado en una mesa con otros tres golpeó la mesa al mismo tiempo que, levantándose, desenvainó su estoque apoyando la punta en la garganta del hombre que tenía enfrente.
-¡Kent!¡Baja la espada, no montes una trifulca de nuevo!-gritó Mike, el tabernero.
- ¡Maldita sea, Mike! ¡Ha comenzado él!- señaló apartando ligeramente su espada del cuello de su "amigo".
- Venga Kent, no será nada que no arregle... ¡una vuelta de copas a cuenta de la casa!- sonriendole a Kent que envainó de nuevo su espada sentándose de nuevo con una sonrisa y guiñándole un ojo al hombre que tenía a punta de espada segundos antes
- Bueno Mike, guardame la mía para mañana que será hora de que me vaya marchando.
El tabernero asintió y haciendo una peripecia con unos vasos limpios y una botella bajo el brazo salió de detrás de la barra para servirles la ronda a los cuatro hombres. Mientras tanto Johnson se buscaba monedas en los bolsillos para pagar su larga tarde de copas, sacó todo lo que tenía dentro pero se le cayó al suelo haciendo bastante ruído. Se agazapó para recogerlo, justo cuando se abrió la puerta de la taberna. Entraron dos caballeros con sombreros de copa alta seguidos de dos mujeres con vestidos abullonados de puntilla, que miraron con desdén a cada rincón de la taberna, decidiendo finalmente sentarse en una puerta junto a la entrada. Entretanto Johnson terminó de recoger las monedas del suelo, colocandolas sobre la barra y contándolas una a una, tan buenamente como su estado le permitía.
- ¿Que desean?-preguntó Mike a los misteriosos desconocidos.
Susurraron los cuatro hasta que finalmente uno de los caballeros señaló:
- Pónganos cuatro gin tonics, por favor.
La puerta se abrió de nuevo y entró una jóven, toda la gente que estaba en la estancia se giró como por inercia. La jóven de tez blanca, estatura media, en la cabeza llevaba un tocado sobre su rubio cabello, los ojos verdes algún día, azules otro, quién sabe cómo eran.
Regar el pasado en el jardin del olvido en el que brotan flores marchitas
J.L.Álvarez
Somos la madera de la historia que arde en la hoguera del tiempo.
J.L.Álvarez
La Dorada
Con sus velas completamente extendidas y el viento a favor, “La Dorada” navegaba a unos nueve nudos abriéndose paso entre el oleaje en la tarde del 27 de marzo de 1776. De proa a popa los pasajeros se asomaban curiosos a disfrutar la puesta de sol y escuchar el melodioso batir de las olas en el casco del barco.
Desde los más pudientes fumando en pipa y luciendo fachendosos atuendos, caballeros de chaqué, pañuelo y monóculos y damiselas con vestidos de corsé y falda abullonada; hasta unos artistas que debatían enérgicamente, debido a unas copas de whisky de más, sobre la calidad de diferentes materiales e incluso un escritor que tomaba notas en su pequeño cuaderno con su estilográfica; formaban parte de los pasajeros del barco tripulado por cuarenta hombres, con el Capitán Montero a la cabeza. El Capitán, un hombre de unos cuarenta años, era diestro en el arte de la navegación debido a sus dilatados años de experiencia, primero como mozo de la limpieza que poco a poco fue ascendiendo hasta llegar a encabezar la tripulación como Capitán, un sueño que tenía desde sus más jóvenes años.
El barco de vapor viajaba desde la lejana isla de Melian hasta la regia ciudad portuaria de Saint Julien de Fraiçe, capital del reino de mismo nombre.
Desde tierra algunos niños que corrían revolcándose en la arena de la playa ya veían el barco abriéndose paso majestuosamente entre las olas que disminuían de intensidad conforme el buque se aproximaba al puerto.
El vigilante del puerto, con un toque de campana dio señal de la llegada del navío a tierra para que los mozos de equipaje se fuesen preparando para ayudar a cargar con las pertenencias de los pasajeros a sus respectivos destinos. Poco a poco la distancia entre el barco y el muelle se fue acortando, a la orden de "¡Tiren anclas!" del Capitán,la tripulación así lo hizo, bajando acto seguido al muelle a amarrar los cabos a los noráis. Una vez finalizadas las maniobras de atraque, comenzaron a salir del barco los pasajeros, un total de ciento veintiséis pasajeros bajaron del buque. Unos llamaban a los cocheros que se encontraban a la espera de la llegada de "La Dorada", otros caminaban hacia el interior de la ciudad y los más rezagados como los artistas y el escritor todavía observaban la puesta de sol que se encontraba en su mejor momento.
[...]
Se escribe con suspiros en el papel de los sueños
J.L.Álvarez
Dibujo de "La Dorada"
En mi pozo de mi inspiración el agua es belleza que me ahoga y el último suspiro es el arte que hace arder esta soga.
J.L.Álvarez