Cuanto hace que eres emo?
Desde que abandoné el vientre de mi madre, descubrí que llorando atraía la atención de las personas y obtenía lo que quería. La formúla no cambia demasiado cuando se crece.

tannertan36
wallacepolsom
Aqua Utopia|海の底で記憶を紡ぐ

Discoholic 🪩

❣ Chile in a Photography ❣
Show & Tell
Three Goblin Art
No title available

Kiana Khansmith
untitled
No title available
I'd rather be in outer space 🛸

izzy's playlists!
Mike Driver
let's talk about Bridgerton tea, my ask is open
Claire Keane

if i look back, i am lost
Xuebing Du

Origami Around

PR's Tumblrdome
seen from Poland

seen from Belgium

seen from Germany

seen from United States
seen from Türkiye
seen from United States
seen from United Kingdom

seen from United States

seen from Malaysia
seen from Germany

seen from Malaysia
seen from Italy

seen from Brazil

seen from Germany
seen from United States
seen from United States
seen from United States

seen from United States
seen from Italy

seen from Singapore
@oaxiss-blog
Cuanto hace que eres emo?
Desde que abandoné el vientre de mi madre, descubrí que llorando atraía la atención de las personas y obtenía lo que quería. La formúla no cambia demasiado cuando se crece.
¿Crees que el tamaño importa?
Claro, cuándo no. Me gusta usar la ropa grande y comer porciones pequeñas, la lista es interminable, pero tu sentido imagino que es el más oscuro de todos. Supongo que es relevante también, es el tamaño de tu tortura por un par de minutos y no entiendo a quien afirma lo contrario en una actividad tan insulsa.
¿Puedo guardarte en una burbuja lejos del sufrimiento?
Pobre víctima sufrida, muchas desgracias pasé en mi vida. Ah, broma, o algo así porque nunca me ha quedado bien ese papel, el sufrimiento es un estado natural del ser humano ¿no? Todos tienen penas con las que lidiar. Aunque si te hace sentir mejor contigo mismo, puedo asegurarte que tengo mi propia burbuja y es mi hogar, no es tan malo, también tengo un diario con momentos felices, recuerdos risueños, sueños... esas cosas normales que nos hacen menos infelices.
Evan o Guido, quién se acerca más a tu gusto?
Es una pregunta curiosa para quien no está segura si hablamos de las mismas personas, ¿Evan es el que trabaja con muertos y Guido es Gvido? El primero parece ideal para conseguir un descuento, nunca se sabe cuando puede ser tu último día. Gvido por otro lado es como un poco molesto, siento que no me permite pasar fácilmente como un ser invisible sin siquiera proponérselo. Sí, creo que Evan se acerca más a mi gusto, callado, serio e indiferente.
¿Con qué persona de Versemont perderías tu inocencia y pureza? No vale no decir nombres.
¿Me veo inocente? ¿Parezco pura? Ah, mi madre solía hacerme la misma pregunta cuando soplé quince velas. Mi hermanastro cumplió el mismo rol a los diecsiséis y supongo que fue una mala decisión porque no hay nada magnífico que rescatar. Ni del momento, ni de la persona. Si tuviera la oportunidad de repetir el momento con alguien más, diría que el chico de Ocre se lleva el premio, infortunado en San Valentín e infortunado ahora y parece alguien con el cual no me volvería a cruzar. .
Fue todo muy rápido, como los flashes de una cámara que hieren a tus retinas. De minuto a minuto el júbilo penetrante se convirtió en preocupación, en duda, la melodía que hacía mover los cuerpos en pasos sincronizados mutó en un chirrido insoportable para los sentidos, también hacía mover los cuerpos, pero en pánico, temor, esa incertidumbre que te carcome, la ignorancia de no saber de qué defenderte. Maldiciones en idiomas varios brotaron en el interior de su mente, los labios los mantuvo sellados, quizá porque se encontró a sí mismo hipnotizado por unos segundos por la imagen de la ventana de aquella morada tétrica, rota, con las cortinas bailando al paso de la brisa gélida, quizá porque cerca de él un muchacho que no tocaba ni la segunda década se quejaba con el hombro hecho un fuego por una de las tantas piedras lanzadas. El equilibrio se tambaleó por unos segundos al sentir los delgados dedos tomando la tela de su camiseta blanquecina, y cuando hubo reacción aquel menudo cuerpo estaba a la altura de sus rodillas, para qué mentir, la imagen, pese a o todo el caos que la envolvía, de algún modo le enterneció, la inmediata sensación de ser algo útil para su protección se invocó en su pecho, sin deseo ni manejo. Se puso a su altura, buscando encontrar aquel par de ojos verdosos que en la penumbra aún destilaban fulgor— ¿Oasis? ¿Estás bien? —qué pregunta más estúpida, aquel eco resonó en su cráneo, reprimiendo sus ganas de suspirar, le ayudó de algún modo para que se ponga de pie, buscando su concentración— Nos vamos de aquí, ¿vale? —indagó, ahí mismo buscando un camino libre entre el océano de cuerpos, víctimas y mártires de la desesperación— Si confiaste en mí para que te compre algo en el mercado, esto no debe costarte nada.—ligera broma tiñó su tono de voz, pero cualquier rastro de sonrisa se esfumó en el momento que las sirenas irrumpieron sus oídos, tenía un historial negro cuando se trataba de la ley, su necesidad por criticar el sistema hacía mover su lengua y ganarse un par de horas tras las rejas o un puñetazo— Ven, ven, por aquí. —esperanza de huir tenía, inclusive cuando las luces parecían encerrarlos cual animales para la cacería.
El escenario del que sus pupilas parecían ser participe se tornaba de colores inauditos, carmesí era el tono que descendía por su mejilla. Negruzco era el cielo que se alzaba sobre ambos y los volvía presos de un encuentro que dejaría sabores amargos. El tiempo perdido ya se había marchado al recóndito espacio de los recuerdos, al sitio en donde por las noches se disfraza de pesadillas y atormenta el sueño de cualquiera. Inmóvil estaban sus piernas, rodillas que parecían pesar y anhelar sentir el asfalto sobre su piel en cuanto la cordura se había puesto en debate con los rastros de inconsciencia. Fue la interrogante planteada por el mayor un viaje a la realidad que comenzaba a ser evadida —. Estoy bien — cuántas veces habían pronunciado sus labios aquellas palabras, se había convertido en un ser capaz de recitar cada fragmento de su vida e ignorar la más evidente de las emociones en las cuales se sucumbía —. Supongo que eso de que con el tiempo tus reflejos se vuelven más lentos, es verdad, comienzo a sentirme como una anciana — y sus dígitos acariciaron la fuente de su ardor, la humedad en tonos rubí que la simpleza de un corte dejaba como huellas del cristal. No supo cómo, no supo en qué momento, mas sus movimientos buscaban separarse del gélido suelo y encontrar equilibro en sus propios pasos, con una guía que era inesperada y producto de su asombro y extrañeza —. Depende... — porque siempre estaban las posibilidades abiertas para quien el sentido del humor había descendido en caída libre —... Podrías ser un tipo peligroso, un pervertido, un morboso o uno de estos idiotas que han decidido apedrearnos. Pero tienes razón, no me costará nada — enumeró, pero su caminar contradecía su labia y él podía considerarlo como un acto de confianza, mas para Oasis no era de la misma forma, sólo no tenía nada que perder esta vez. Fue un desfile lo que vino después, parpadeantes luces que atormentaban a las penumbras y las sirenas que anunciaban a lo lejos lo que ya todos sabían. Muchos creyeron que el merecido castigo llegaría para los rufianes, ilusos que aún se mantenían crédulos del sistema legal que año tras año se encendía con fracasos y ella se movía sin documentación, sin edad y sin ganas de lidiar la llamada de una madre preocupada —. Será imposible salir de aquí — el pesimismo poco tardó en hacer acto de presencia, y su palma izquierda busco llamar la atención del mayor en cuanto las ideas asaltaron sus pensamientos —, pero podemos escondernos ahí, entre medio de esas casas — y su índice señaló la pequeña distancia que había entre los dos hogares, oscura, luz impenetrable, el sitio ideal para eliminar todos sus posibles tormentos.
HONEST HOUR TIME.
Un juego, sí, sí, hora de sacar ciertas verdades a la luz. Tú dale reblog si deseas que anónimos lleguen a tu buzón para preguntarte cositas, sólo hay una regla: que sólo se debe decir la verdad.
¡Recuerda mandarle a todos para que se haga más interesante!
“Oasis es muy pura para este mundo deberían protegerla de todo.” — Anónimo.
Era la calma después de la tempestad, el clima que se abría para encontrar disfrute en un día que podría ser igual a cualquier otro. El sol apenas la abrazaba y, sin embargo, sus delicadas facciones habían caído presas de la calidez de su compañía; el menor de sus hermanos. Ya casi siete años poseía aquel cuerpo y los juegos se mantenían en la misma línea infantil, la pelota en sus manos era un vaivén cuyos segundos de posesión se perdían en el efímero tiempo para acabar en los dígitos más pequeños. La sonrisa en sus labios se tiñó de colores alegres, una pintura con vencimiento estipulado que sólo se reflejaba frente a aquel ser que definía como luz y vida. Fue la distracción, la indiferente atención prestada a los extraños movimientos, que el chiquillo efectuaba en cada lanzada, lo que le impidió detener el impacto contra un desconocido. Fue su espalda, su cabeza, la nunca o hombros, no tenía ni idea y sus labios parecían prevalecer eclipsados por la energía que minutos atrás la había rodeado.
Comprendía el punto de vista de la muchacha, el sacerdote nunca había formado parte de ese grupo de personas que añoraba con cambiar creencias o pensamientos ajenos, aceptaba en silencio las diferencias de opinión. “Sí, puede que tengas razón con eso, depende de cada uno, en realidad. Muchos ni siquiera saben quienes vivían en esta casa y continúan tranquilos por su vida, a nadie se le puede culpar” chasqueó su lengua, la idea no era meter a todos el pueblo en el mismo saco, tampoco a sus visitantes. “No recuerdo haber mencionado el querer encontrar algo ahí dentro” y es que eso si que no le agradaba en lo absoluto, poner palabras en su boca que lejos estaban de ser pronunciadas. “Sólo dije que me daba curiosidad: ¿los padres se habrán llevado todo? ¿o estarán ahí sus cosas?” su ceño se frunció con ligereza, la búsqueda de miradas fue recíproca. “En realidad me gustaría que todo el asunto de los famosos fantasmas no fueran más que cuentos para asustar en reuniones adolescentes. Me daría una pena tremenda que las hermanas siguieran estancadas en un lugar tan horrendo” se sinceró finalmente, ahora su vista volvió a fijarse en la casa deshabitada, un suspiro breve huyó de sus pulmones. “Y no, en realidad no sería para nada un pecado, así que puedo morir en paz”
Quiénes no las conocían, ah, recién llegados cuyos segundos apenas comenzaban a contar en el pueblo. Quizá un día, o quizá dos, el tiempo era finito antes que el primer chisme visitara a sus oídos y el desconocimiento formara parte del pasado —. Quizás — tal vez, no tenía gran interés en volver a las tres hermanas parte de un debate, ni siquiera tenía interés en escuchar que tenía razón —. Es fácil confundir ese tipo de curiosidad cuando alguien se para frene a la casa, es la primera vez que escucho algo semejante sobre el mobiliario. Tal vez no, pueden ser muebles contenciosos de recuerdos que quieren ser olvidados — y sus hombros se encogieron a la par que su mirada se encontrara presa de la oscuridad que poco tardó en alcanzarlos —. Ah — fue una queja que irrumpió toda posibilidad de mantener la conversación, un cambio repentino de aires para una fiesta que prometía estar lejos de Halloween —. Nunca falta el chistoso del grupo— mas el chiste se fue de las manos cuando los roles se vieron invertidos. La casa que parecía ser producto de admiración, ahora era la que los admiraba como si cada uno de ellos fuese una marioneta dispuesta a ser parte del terror —. Mierda — soltó en cuento el sonido de los cristales comenzó a resonar en sus oídos y por inercia abandonó el lugar en donde se encontraba sentada, dando un paso hacia atrás y tirando del blondo para que se alejara con ella —. ¿Se encuentra bien? — era casi imposible que el vidrio los hubiera alcanzado, mas la fémina ni siquiera era consciente de lo que estaba sucediendo cuando ni la luna parecía querer iluminar las calles.
Por unos segundos su rostro se mantuvo en neutro, es así cuando su cabeza inicia a mover piezas y romper las paredes de los recuerdos borrosos. Costaba, podía decir que encontraba ciertas características en casi todos las caras de los habitantes del pueblo en cuestión, los unía el pequeño deje de nostalgia que generaba la perfección de las calles, el orden intocable, el aburrimiento tan oscuro que los cubría— Hippo, ¿verdad? —es lo único que dijo, ladeando su cabeza para estudiar por una infinidad de segundos las jóvenes y delicadas facciones ajenas, sí, de algún modo la pintura tomó forma y color— Espero que seas tú, así cumplo eso de ser una mala influencia. —recordó de manera algo quebradiza la charla compartida, raro había sido un adjetivo que saboreó segundos después de abandonarla y continuaba intacto hasta aquel segundo— Claro, supongo que te cae mal el hombre de la barra como la chica de la caja registradora. —mencionó con un deje burlón, tomando el billete ofrecido y también sacando dos de su bolsillo trasero. Un suspiro brotó mientras revisaba los precios, — Ya que vamos a compartir una cerveza me gustaría que me dejes de tratar de usted, Gvido estará bien. —subió la mirada, comenzando a encaminarse en dirección a la barra.
Su dedo índice provocó el trayecto más corto posible antes de aterrizar sobre su nariz y anular la picazón que esa noche la había visitado —. Supone mal, sólo estoy evitando el terminar tras las rejas — ah, y su respuesta la divertía a su manera. Indolente por fuera, con las comisuras de sus labios intactas y un trayecto por recorrer en esa vaga compañía que nunca había sido solicitada —. Gvido, por la salud de tu rostro y el orgullo de mi gato puedes llamarme por mi nombre también; Oasis — se presentó, con sus hombros encogiéndose y sus manos volviendo al refugio de sus bolsillos y sin mostrar gran molestia al cambiar sus manías formales. Los pasos podían haber proseguido con facilidad, mas fue una seguidilla de sucesos lo que irrumpió el acaecimiento de cualquier evento. Se detuvo por inercia, las esmeraldas buscando una señal de tranquilidad en la compañía ajena —. No le tienes fobia a la oscuridad ni a ninguno de estos extraños movimientos, ¿verdad? Dependiendo de tu respuesta, podría ser algo curioso — fantasmas, películas de terror, leyendas que carecían de sentido y una oscuridad capaz de cegar a cualquiera, mas sus orbes proseguían fijas en la titilante luz que los cubría. Ojos temblorosos los embestían, una búsqueda de respuestas y nadie era dueño del conocimiento, las especulaciones tenían un recorrido fácil hacia su consciencia y la tranquilidad se mantuvo inquebrantable. Fue un parpadeo, el silencio que estremecía al asombro y el escenario se vistió en tonalidades inauditas cuando todo a su alrededor se volvió penumbras. Nunca antes como en casa, era el alivio y la incomodidad una mezcla peligrosa para la menor. Fue sencillo el ser víctima de esa pérdida de equilibro cuando tu alrededor parece moverse contra corriente, sus dedos buscaron el agarre en la prenda contraria y sus oídos comenzaban a reclamar la asistencia a la fiesta. Inexistente era la música, mas el chirrido prevalecía rodeándolos, parecía el recordatorio de un pasado que merecía ser borrado —. Es una broma — no era para él, era para ella, el auto convencimiento de una tortura que tenía nombre. La valentía inexistente era la necesidad de superarse y caminar hacia el centro del martirio para encontrar al culpable. Sus manos liberaron el agarre a movimientos lentos y sus pasos mantuvieron el ritmo inexistente para concretar una decisión que no era la más segura. No previno la última jugarreta, nadie lo hizo, más el vidrio pronto se encontraba cayendo como lluvia en medio del desierto y su acto más inmediato fue el cubrirse a sí misma. De espalda al suceso y de cuclillas en el suelo. No era para ella, era para todos, pero se sentía como si alguien ahí adentro la estuviera señalando y buscando con desesperación romper cada milímetro de su cordura.
El alcohol se despidió totalmente del vaso, ni una sola gota quedó como prueba del elixir que decidió ingerir esa noche. Su mirada vagaba por las paredes de las casas que los apresaban en ese callejón, un sentimiento bastante peculiar se alojó en el sector izquierdo de su pecho. “¿No te parece, no sé, algo irrespetuoso?” preguntó a la persona que involuntariamente le hizo compañía. “Es decir, tengo entendido de que a ellas no les gustaban estas cosas, aunque bueno, siempre he pensado que las muertes deben celebrarse, en cierto modo” aclaró luego, chasqueando su lengua al percibir la sed nuevamente de su organismo, una exigencia que detestaba admitir en voz alta. “De todas formas me da curiosidad, ¿sabes? Entrar a la casa” por el rabillo de su ojo, soslayó a la figura contraria, un impulso y sus piernas lo conducirían dentro de la morada abandonada.
Había buscado comodidad en una de las veredas, frente a frente con el hogar cuyas historias llegaban a sus oídos con frecuencia y de las personas que la rodeaban, no tenía idea ni curiosidad por querer averiguarlo. Lento fue el camino de su atención antes de llegar al de hebras áureas, todos sus sentidos se esforzaron en encontrar aquella contradicción evidente que la sociedad criticaría hasta la muerte —. ¿Por qué? — ah, sí, hacia la familia probablemente y la interrogante se perdió en el aire, presa de los pensamientos que poco a poco la consumían y que encontrarían una contradicción en su interlocutor actual —. Da igual, ¿no? Por qué la muerte de alguien preocupa cuando ni siquiera están aquí para verlo y quejarse — fiel creyente de un abismo repleto de oscuridad, nada de reencarnaciones y espíritus ambulantes quedaban en sus pensamientos, quién querría una vida de continuidad en aquel mundo plagado de desdichas, ella no, estaba aferrada a que la muerte significaba el fin de su existencia y poco planeaba en dejar un legado, de recuerdos o de su esencia. La confesión no le extrañaba, el morbo parecía ser el placer oculto de los mortales y pocos, como él, se esforzaban en ocultarlo —. Puede entrar, sólo espero no haya decepción en sus facciones cuando descubra que ese hogar no se diferencia demasiado del resto. Sólo está vacío y abandonado, aunque si la psicología le juega en contra, puede que tenga visitas extrañas dentro de esas paredes — porque los peores eventos que el mundo describía no eran más que un juego absurdo de la mente, el esfuerzo inconsciente de ver algo más allá de lo creíble. sus hombros procuraron quitarle importancia al asunto y sus esmeraldas se encargaron de perseguir los ocelos contrarios, probablemente lo estaba desafiando, pero no se esforzó en hacer que sonara de aquel modo —, morir con esa curiosidad sería un pecado.
Sólo sabía que estaba ahí por azar, suerte, cosas del destino que te llevan a ser absorto por una pequeña multitud algo desorbitada, producto del alcohol o el simple éxtasis nocturno. Ignorante y ciego, porque no había recibido entrada alguna ni aviso sobre el evento, desconocía sobre la esencia que envolvía aquel asfalto cubierto en pequeños papeles y delineado por cuerpos, desconocía que aquella casa con luces apagadas y fachada algo abandonada (un jardín en malas condiciones y sin cortar, una pared dejando que la pintura se desgarrara poco a poco) había sido hogar de tres hermanas con una huella muy peculiar en aquel pueblo que hasta la fecha lo tenía prisionero por razones que todavía no podía aclarar— Hey—se aclaró la garganta, facciones desconocidas, impulso por parte de su sed que le rasgaba las paredes de la boca—, ¿te parece ir mitad y mitad por un vaso de esos gigantes de cerveza? —se palmó los bolsillos, mirando con curiosidad a la otra persona— La verdad es que estoy algo corto de efectivo y no sé si con el humor para beberme algo así solo. —enfiló las palabras en una vaga explicación, después de todo, no perdía nada en probar suerte para pescar algún alma bondadosa dentro del mar de gente.
Fue la necesidad la que golpeó esa noche a su puerta, el refrigerador vacío aclamaba por aquellos comestibles que ya habían sido consumido. Su apetito prevalecía inexistente como lo había sido toda su vida y el placer por abandonar el interior de su hogar, era difuso, un paso que jamás se pudo dar con seguridad. Con delicadeza deslizó sus manos al interior de sus bolsillos, la chaqueta irrumpiría el gélido ambiente que parecía querer llevarse un poco más de su alma. Fue el cambio de caminos, evadir las calles en donde la multitud parecía conocerla y los saludos se esparcían como peste. Fue la mala decisión de escoger la derecha como el escape perfecto y terminar liada en un evento al cual poco planeaba en asistir. Música, suspiro, una pausa y sus esmeraldas se encargaron de perderse en cada ornamento, analizando, criticando, maldiciendo en cada rincón de sus pensamientos. Sintió el llamado de atención y a dos pasos estuvo de mantenerse inmóvil, fingir el no haber escuchado nada y ser parte del unísono de voces distantes, mas ese momento en el que parecía que las consecuencias se volverían peores la abrazó y obligó a buscar al portador de aquella voz —. Buenas noches — y sus párpados se entrecerraron, la memoria fracasaba y las luces no ayudaban, mas estaba segura que aquellas facciones no le eran tan extrañas como las de los demás desconocidos —. Ah — el recuerdo, oportuno, parecía haber aterrizado a tierras seguras —. Miel y fideos, supermercado — lo reconoció, parecía recordar más la compra ajena que los detalles que lo distinguían y sus manos aún escondidas en el calor de su prenda, tantearon la cantidad monetaria que llevaba consigo. Compras, parecían ser fundamentales, mas su corazón jamás podía rechazar la cerveza —. ¿Cuál es la posibilidad de que uno de los dos beba más de la mitad del vaso? — inquirió, sin querer obtener verdadera respuesta y elevando ambos de sus hombros, perdiendo casi por completo el interés —. Hagámoslo antes de que me arrepienta, pero usted se encarga de la compra — el tiempo corría y los segundos parecían no ser suficiente en aquella burbuja propia, fácil de romper, fácil de persuadir, mas difícil de mantener durante mucho tiempo en un único lugar. Extendió a través de su mano derecha el billete que parecía ser suficiente para adquirir una mitad, despidiéndose de los aperitivos de media tarde e imaginando el rostro de su al descubrir su horrorosa decisión.
Aquel tal vez era siempre el mismo incógnito, esa duda que le acariciaba gentil, pero le desquebrajaba por dentro con cada tic tac desesperante del reloj. El tal vez impreciso le aterraba, pero nunca lo demostraba, no totalmente. —Qué decepción para ti. No soy el típico compañero de juegos que va de la mano con la diversión —era su manera de disculparse por la mala suerte del azar, aunque no lo pareciera. —Ese vejete te mintió. Aún existe, aquí me tienes —recalcó, poco serio. Una sonrisa ocurrente le iluminó las facciones endurecidas de su rostro. —No me gustan los retos —su honestidad yacía en aquella confesión tan espontanea, dicha tan naturalmente que sintió despojarse de un peso en los hombros. Valentía, qué extraña que sonaba esa palabra, y más aún viniendo de una voz ajena, distinta a las voces monótonas grabadas en su memoria. Había renunciado a ella, al valor, a la osadía del aventurero que se sabe conocedor de los secretos del mundo; había abandonado todas esas cualidades en un camino que trazó con las huellas de sus pisadas, en el pasado. Ahora, él encajaba en otras definiciones, en la debilidad de quien se esconde bajo una máscara porque no quiere que descubran sus imperfecciones, sus vacíos. —Pero acepto, escojo la segunda opción. Y si preguntas mi opinión, es bastante embarazoso lo que nos toca hacer —qué tan malo podría ser, qué tanto esfuerzo podría llevarle. Era pesimista por naturaleza, y evitó responderse. Algunas cosas sentaban mejor a la deriva. —No lo sé, supongo que soy lo suficientemente valiente como para terminar con esto de una vez. Pero, ¿me veo valiente para ti, o más como un farsante? —no le despegó la mirada ni un milímetro, quería saber si su disfraz seguía siendo seguro, resistente como antes.
Ah, pero a ella no le importaba si la palabra diversión no encasillaba en aquel encuentro cuando se encontraba situada a la deriva de todas las emociones. De pie en un abismo y perdiendo el interés en quienes la rodeaban. Diversión, una palabra de diversos significados en la cuál nunca había encontrado una pizca de placer —. ¿Por qué no dejamos que sea yo quien descubra eso? No he puesto ninguna expectativa sobre ti como para lanzar defensas sin haber comenzado— sus hombros se alzaron, quitando cualquier importancia a aquel asunto que englobaba a ambos y siendo la protagonista de un escaso aburrimiento. Propio, compartido, quién podría saber —. Cuando abra la tienda debería llevarte como ejemplo, pero ya no me interesa comprar ese color — honesta, dispersa, el gusto le había durado medio día de un lunes. El martes optaba por el gris nuevamente, el miércoles sería celeste y la cadena proseguiría en la semana sin fin aparente —. Eso confirma lo jodido que está tu San Valentín — y efímera fue la sonrisa que la curva de sus labios delato, un destello que se encendía ante la burla y se apagaba rememorando que estaba en la misma situación —. Al menos puedes hacer algo que jamás harías y asaltar culpas en personas desconocidas, no puede ser tan malo — así vivía, juzgando, mirando de lejos y encontrando a quien señalar. Olvidándolos para encontrar un nuevo objetivo cuando el mundo se movía en contra a sus deseos. Entrecerró sus párpados cuando la palabra vergüenza acompañaba el contenido del papel, la lectura fue necesaria para caer en el acuerdo de lo terrible. Las mascaras valientes que alzaba descendían, mas nunca había portado timidez ante el mundo que la había pisoteado y, ahora, era demasiado tarde para dar marcha atrás. No había disposición para encanillar en el blanco de una burla más —. No es algo que no se haya hecho antes — una excusa, un pensamiento positivo para alimentar su incertidumbre —. Tampoco hay una distancia especificada y el mínimo puede interpretarse de diversas maneras, aunque odio el azúcar la textura de esos caramelos no es tan mala — enumeró, en lo que sus verdes ocelos ascendieron hasta la mirada contraria. Las intenciones de comenzar un vago análisis se detuvo a mitad de camino, qué sentido tenía si la respuesta parecía ser tan clara —. Un farsante sería alguien como yo, y no creo que seamos parecidos — y quizá se equivocaba, mas no hubieron pelos en la lengua cuando anunció la cobardía que ahora estaba cubriendo y se estiró a tomar la bolsita con la requerida golosina.
Pues quizá no quiero descubrirlo, eh, eres bonita, pero quizá no mi tipo.—era así, en un vaivén de tomarse las cosas muy en serio y de tomarlas como una pluma, las dejaba pasar y manejaba todo a su antojo como si fuese arcilla, diseñando la forma que mejor le caía— Hay demasiadas canciones con esas baratas metáforas, tendrás que ser más precisa.—chasqueó la lengua, una sonrisa entretenida surcando sus delicados labios— Lo tomaré como un cumplido, cuido mucho mi cutis. —deslizó sus yemas por sus propios suaves pómulos, por encima de sus muchas pecas, dejando que sus comisuras sucumban ante la vigorosidad de un gesto entretenido. En realidad Hazel Sarkozi no cuidaba para nada su piel, en realidad parecía a veces querer sumergir uñas y filos para saber si sus órganos continuaban funcionando, para saber si podía arreglar la pieza ausente que lograba que todo su sistema se sienta tan solo, una soledad que nadie te puede traducir en palabras sin sentir que algo quedaba afuera de la descripción, quién no ha sentido ese pecaminosa sensación— Pues sí, o hasta dónde puedas, ya te admito que mi garganta no es muy adepta a las bebidas fuertes. —encogiéndose de hombros, de manera distraída sus dígitos jugaban con los bordes de los vasos— Eso sería aburrido, madre santa, además mi imaginación funcionará en la adrenalina de verme apurada por inventar un buen reto para ti. —entonces tomó entre sus pálidos dedos el trago, desterrando vueltas que creía estaban de más en la discusión.
Ah pero quizá no era tan bonita como la contraria parecía decir, quizá sólo necesitaba un vistazo para percatarse que su realidad era efímera y parte de una gran estafa —. Si te gusta vivir tu día a día con el quizá y la inconsistencia del día a día, no me puedo oponer — y sus hombros se elevaron, carente de importancia a aquel comentario lanzado, con el único fin de añadir alguna palabra que pudiese mantener en aquella conversación —. Y yo sólo puedo recordar la letra de una, ni siquiera su melodía o titulo — y una mueca comenzó a dibujarse en la curvatura de sus labios —, quizá su contenido era irrelevante, no podría decir con exactitud el por qué no puedo recordar — tenía buena memoria, había sido la salvación de las horas en clase perdidas y observando a la misma nada, mas aquel instante en el que su atención parecía haberse volcado hacia una tonada específica se había convertido en una laguna. ¿Por qué hizo mención a ella entonces? Imposible descifrarlo —. Es una graciosa asociación, pero bien, me agradan tus pecas así que tienes algunos puntos por ello — las palabras se deslizaron con cautela, pensadas una a una antes de abandonar sus rosáceos labios y fijando su atención en el espacio de piel que era acariciado por la yema de dedos contrarios. Era una ignorante más de las rutinas que conllevaban a poseer una tez tersa y brillante, mucho más a la hora de reconocer aquella que se había estado beneficiando de los costosos productos y elaboradas mascarillas —. Podría pedirte consejos a futuro — mentía, el interés se evaporaría tan pronto como levantar el teléfono o abandonar la puerta de su hogar se volviese una acción imposible de concretar —. Tampoco he sido una ávida bebedora, mi organismo sólo ha lidiado con cerveza, así que tampoco puedo asegurar resultados — mas con la mencionada era buena, la costumbre la había convertido en inmune y capaz de emplear la bebida como una anestesia más al mundo que tanto aborrecía. No pudo evitar el dejar que los bordes cristalinos se acercaran a sus fosas nasales, el aroma se impregnaba y ascendía exagerando los fuertes alcoholes —. No, no tengo ni idea qué es, ¿tú sí? — inquirió, sin oponer demasiada resistencia a la oposición de la contraria —. Bien, pero, si no sé qué tan malo es no sé cuánto me debo esforzar realmente y tengo miedo que el alcohol te haga perder la coherencia — ah, esa cobardía que guardaba en su diminuto cuerpo había tardado en unirse al juego, carcomiendo las energías positivas que instantes atrás habían desfilado rebosantes de seguridad.