La Reunión de los Inmortales
—Mi Supremo —dijo el Primer Consejero—, estamos observando la destrucción del planeta Tierra según nuestros cálculos cósmicos. Sin embargo, no comprendo a sus habitantes, una población que siempre ha vivido en el odio y que, a dÃa de hoy, no encuentra la paz. Sin embargo, tienen agua abundante, aire limpio y su Tierra les proporciona múltiples recursos minerales. ¿Por qué se matan entre ellos.
—No viven solo en el odio, sus mentes desarrollan un proceso quÃmico que no puedes comprender, que les une y les hace únicos en su especie. Esta es mi única esperanza para ellos: que enciendan esa cepa latente de la vida que les llevará a amar a su Tierra con la misma intensidad con la que se unen para amarse unos a otros.
—¡Mi Supremo, no puede introducir el undécimo mandamiento ahora!
—Es cierto, sin embargo, en aquella época no existÃa el plástico, el mar estaba limpio y no existÃa todo lo que están creando.
—Ama a tu Tierra como a ti mismo. ¿Se acuerdas? Yo se lo sugerÃ.
—SÃ, mi Primer Consejero, pero no es solo el plástico lo que me preocupa, están transformando su mágico planeta celeste y no lo protegen por no ver la necesidad. Creen que la Tierra es un pozo sin fondo.
—¿Vamos a dejar que destruyan el planeta o vamos a esperar a que la raza humana se extinga? —preguntó el Primer Consejero.
—Ni lo uno ni lo otro, le consulté a Dios, y ya lo he decidido: les daremos una oportunidad, por ser terrÃcolas, mis descendientes directos por la justa voluntad del inmenso Creador. En las guerras que vivieron, no estaban sus armas en condiciones de destruir el planeta, y no intervenimos en su naturaleza de suicidarse porque, consideramos esto su peculiaridad, a la par del equilibrio natural de la vida silvestre y su cambio. Como ves la población de terrÃcolas, a pesar de las guerras, es mucho mayor.
—Mi Supremo, con todas las artimañas que están inventando, sabe mejor que yo que están cerca de la extinción, pero ahora también está en juego el planeta y es suyo.
—Cierto, pero yo veo esperanza —replicó el Supremo desde su sillón rodeado de majestuosas columnas, pero sin poder apartar la vista de aquellos ojos de buey por donde se veÃa el torbellino ritual de todos aquellos planetas que se preparaban para hacerse con el siglo XX. Su movimiento simbolizaba una danza alegre, desgraciadamente la Tierra estaba perfilada por una lÃnea única, casi plana, su latido era como un ruido sordo, lento y pesado.
—¿Recuerda, mi Supremo, cuando crucificaron al último portador de la paz? —preguntó el Primer Consejero para distraerle de aquella imagen de la Tierra que no podÃa dejar de mirar.
—Por supuesto, su ejemplo perdura hasta nuestros dÃas, pero hubo un error, si no recuerdas mal.
—¿Cuál, mi Supremo?
—Dejamos demasiado margen a la interpretación, y eso ha provocado aún hoy en dÃa conflictos sangrientos, a pesar del progreso evolutivo de la humanidad en nuestro planeta. Es hora de corregir ese error, para que aquellos que han comprendido el mensaje de paz y respeto a las reglas divinas puedan progresar en armonÃa.
—Es demasiado tarde para esta intervención, mi Supremo, ¿no cree? —El Primer Consejero se percató de la prolijidad del Supremo y quiso evitar que tocara temas que no podÃan actualizarse.
—¡No! Solo la minorÃa de la población utiliza ese mensaje de paz para sembrar la confusión entre los suyos. Otros, a pesar de la evolución humana, viven sobre la frágil Tierra, explotándola en el presente mediante una imprudencia deliberada. Muchos, sin embargo, rezan para que no suceda, pero a pesar de sus plegarias, se comportan con ligereza.
—Si, su naturaleza es tal, deje que este equilibrio continúe, sabe que no podemos moldear a los anfitriones de su planeta a nuestro gusto —sugirió el Primer Consejero.
—Desgraciadamente, falta una pieza importante en los mandamientos y quiero arreglarlo.
—¡Mi Supremo, usted sabe que no puede hacer eso! —replicó el Primer Consejero con la misma firmeza de siempre. Notó su inclinación hacia la tabla de mandamientos y tuvo que impedirlo absolutamente.Â
—Mi Primer Consejero, no voy a tergiversar la forma en que los terrÃcolas han interpretado la Fe, lo que me preocupa es el desarrollo de armas de diferentes especies, incluso invisibles. Con ellas amenazan seriamente al planeta celeste, aunque sea una minorÃa quien las utilice.
—Mi Supremo, permÃtame, ¿y usted llama a eso evolución?
—Desgraciadamente sÃ, pero la base de su naturaleza sigue siendo la misma, lo que ha cambiado es la velocidad con la que causan estragos en el planeta Tierra. Por eso creo que hay que actuar: por los que lo merecen y por los más jóvenes que, ya a su pequeña y particular manera, contrarrestan el egoÃsmo de los adultos. Solos, no lo conseguirán.
—Tal vez se extingan antes de destruir el planeta, pero puede que sea al revés, ¿cómo piensa salvar a ambos? ¡Mi Supremo! —afirmó perplejo el Primer Consejero.
—Como he hecho en el pasado, asignaré a Hermes la tarea de vigilar, durante treinta y cinco años, a diez candidatos nacidos en la medianoche de 1985. Si se encuentra uno con sólidos principios morales, se le encomendará la tarea de intervenir y contrarrestar el Mal según su ideologÃa.
—¡Conozco la naturaleza humana, es un poco extraña! ¡Será un fracaso! —replicó el Segundo Consejero.
—Nosotros, por orden del Inmenso Creador, no podemos hacer otra cosa que observar, ¡pero tengo esperanza en el sentimiento humano! Y a partir de hoy, ninguno de nosotros tendrá el poder de predecir un futuro lejano.
—Mi Supremo, nadie se atreve a desafiar el recorte de poderes, sabemos que es el precio que se paga cuando se decide intervenir, pero el sentimiento humano es como el agua, puede tomar muchos caminos, ¿cómo creer que un humano puede tomar el camino deseado por el bien del planeta y de todos los terrÃcolas? —sugirió el escéptico Segundo Consejero.
—¡Llamadme a Hermes! Solo él está dotado de poderes especiales para está misión en la Tierra —replicó el Supremo, sin mostrar que estaba irritado por aquella intervención, pero el Segundo Consejero comprendió que querÃa ayudar a sus descendientes directos y cualquier otra observación habrÃa sido inútil.
Hermes, por voluntad del Supremo, descendió a la Tierra en 1976, a las 00:30h del 19 de septiembre, mucho antes del nacimiento de los diez candidatos debido a un error de cálculo por su parte. Asà se lo hizo creer al Supremo.
En aquella ocasión, muchos testigos vieron en el cielo de Teherán una luz brillante en forma de diamante entre rojo, amarillo y naranja. La base aérea de Mehrebad envió sus cazabombarderos para derribar el extraño fenómeno, pero al activar los pilotos el sistema de lanzamiento de misiles, este no funcionó, por lo que tuvieron que regresar a la base. El avistamiento también fue objeto de debate en Estados Unidos. Según algunos cientÃficos, el fenómeno apareció debido al planeta Júpiter, muy brillante en ese momento; otros, sin embargo, atribuyeron la causa a un meteorito, y el mal funcionamiento de los equipos y la incompetencia de los pilotos explicaron el resto.
La Vida de Hermes















