Tuve la sensaciĂłn de que dios no vivĂa en el cielo, como me habĂan enseñado siempre. Para quĂ© alzaba los ojos hacia las nubes pensando en dios y en cĂłmo rezarle, quĂ© desperdicio de fuerzas y de ojos, carajo, si era mĂĄs simple mirar hacia la selva y recitar un padrenuestro, dos avemarĂas y un salve a dios, que no estaba arriba, sino abajo, entre los ĂĄrboles.
Elaine Vilar Madruga, El cielo de la selva














