Evolución
Hace doce años me gustaba ir a un centro comercial en el norte de Bogotá, sentarme en la plazoleta central, cerca a una tienda de café, con un latte o un americano, mientras leía cualquier novela de moda literaria. En esos días los centros comerciales tenían una afluencia de visitantes que, aunque era prominente, no era caótico y daba la oportunidad de tener cierto grado de tranquilidad.
Hoy en día ir a un centro comercial resulta una experiencia algo estresante; entre buscar lugar en el parqueadero, caminar esquivando a los demás transeúntes, los juguetes de los niños y la espera en las escaleras eléctricas y el ascensor, resulta siempre en tiempo que no se puede reponer y que genera algo de caos, sin contar que los precios en ocasiones resultan elevados para lo que se recibe.
Pero no todo es malo en la visita a los centros comerciales, pues sigue siendo un hito del modelo capitalista y tal vez una buena replica del sueño americano que siempre nos ha inspirado. Una muestra de la evolución económica y social que hemos tenido los ciudadanos colombianos, con una capacidad cada vez mayor de consumo y una exigencia mayor al mercado, el cual sigue dando lo mejor de si para complacer al comprador cotidiano.
No puedo hablar en primera persona de como llegaron los centros comerciales a Colombia, pero analizo de donde pudieron provenir, hablando solamente de nuestro mercado local. Las plazas de mercado son un buen ejemplo, las ferias también y las calles comerciales que aun predominan en los lugares céntricos de ciudades y pueblos.
Las plazas de mercado hace unos treinta años, eran el centro comercial de muchos, pues se podía ir a mercar, tomarse un masato, comprar animales, ropa, cachivaches, incluso disfrutar de un charlatán, que, con gran ímpetu y profesionalismo en su labor, vendía productos milagrosos, que eran capaces de acabar con cualquier dolor o hacer ganar la lotería. Toda una experiencia de consumo, con vehículos atravesados a lado y lado, mientras eran cuidados por un guachimán, que cobraba unas cuantas monedas y de paso limpiaba los vidrios a los carros.
Las ferias en los pueblos también eran ejemplo claro de como los comerciantes buscaban vender sus productos, ofreciendo una experiencia distinta al consumidor habitual. Con conciertos y cabalgatas, con comparsas y reinados, que ofrecían al publico en general, mucha euforia y deseo de asistir, consumiendo principalmente bebidas alcohólicas y artilugios que satisfacían los gustos de todos los asistentes.
Las calles comerciales de ciudades y pueblos, tal vez las únicas sobrevivientes dignas de la nueva cultura del capitalismo consumista, con variedad de locales comerciales, que ofrecen al publico de clase trabajadora, precios cómodos, mercancías asiáticas, puestos callejeros y asaderos de pollo que no pueden faltar. Un modelo de comercio informal, que poco a poco se adapta a las nuevas condiciones del mercado actual y que además emplea a muchas personas, en su gran mayoría sin contratos formales y con horarios extensos.
Se que quien lea esto y tenga mas de treinta años, sentirá un poco de nostalgia por aquellas épocas y por darse cuenta de que ya no limpian los vidrios del carro, o porque el precio del masato ya ha variado con el tiempo, incluso su sabor, al igual que al tinto, que ahora llamamos americano y tiene muchos sabores y presentaciones, incluso mensajes en los vasos en donde lo sirven. En fin, todo esto para decir que hacemos parte de la evolución que vive nuestro país y que también han vivido los demás países que hacen parte de la OCDE, pero que nos llevan décadas de delantera en estas transiciones.
Ver centros comerciales caóticamente llenos, mientras en el comercio popular se siente una queja constante de menores ventas, no es otra cosa que la muestra de una sociedad que con los años ha podido acceder a una mejor calidad de vida y con esta mejoría, también se ha vuelto más exigente frente a lo que consume, no solo con los productos que se compran, sino también frente a la manera en que los empresarios tratan a sus colaboradores. No es igual pagar por un producto que ofrece garantías, factura legitima y condiciones dignas a sus empleados, que productos de dudosa procedencia, sin pago de impuestos y con trabajadores sobreexplotados.
Las quejas de los pequeños comerciantes deben cambiarse por un pensamiento mas progresista, más visionario y asumiendo los retos que trae la empresa. No solo las grandes cadenas tienen la oportunidad de ofrecer grandes experiencias a sus clientes en enormes centros comerciales; los comerciantes populares deben entender la nueva realidad y adaptarse lo mas pronto posible a esta, pues de lo contrario, la mano invisible que maneja el ajedrez de la economía los sacará del tablero de juego y no los hará participes de la evolución que vivimos.

















