The memory has as many moods as the temper and shifts its scenery like a diorama.
George Eliot, “Middlemarch” (p. 491).

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The memory has as many moods as the temper and shifts its scenery like a diorama.
George Eliot, “Middlemarch” (p. 491).
Los poemas pueden ser intervenidos en un copia que habita en la memoria.
Yásnaya Elena Gil, “Marginalia marginal: memoria y transcripción” (p. 89).
Durante un lapso incalculable, al que ninguna medida se adecuaría, todo permanece, subsiste, aislado y simultáneo, el pelo suave y sudoroso, la mano, la confianza, el alivio, la mirada, el gusto del café, el café, la transparencia gris del aire que envuelve, casi con resplandores a pesar del cielo bajo y negruzco, los cuerpos que laten monótonos y el vacío que los separa.
Juan José Saer, “Nadie nada nunca” (p. 222).
De sus ojos oscuros parece salir también un brillo, algo indefinible, ubicuo y sin materia, al que es imposible acordar una significación precisa y que es también, como las palabras o el movimiento, una señal de vida.
Juan José Saer, “Nadie nada nunca” (p. 202).
El canto peculiar, gutural, tibio y blando de la torcaza, de una duración no mayor que la de uno o dos segundos, ha parecido estar, durante su breve manifestación, en la punta misma del tiempo, como si hubiese sido la sola fuerza, debilísima, que ha sacado al universo entero de su inercia mineral, poniéndolo otra vez en marcha después de un hiato indefinido de detención general, de náufrago periódico.
Juan José Saer, “Nadie nada nunca” (p. 160).
La hilera de imágenes, de representaciones, la cadena de postales que fluye en lo negro, natural, se ha atascado en alguna parte y ahora en el punto en el que en general se hace vívida no hay nada, no pasa nada, ni siquiera la negrura o la conciencia de la negrura.
Juan José Saer, “Nadie nada nunca” (p. 145).
El cuerpo pasa, exterior, por el espacio iluminado. No se diría, desde afuera, hasta tal punto la carne parece firme y serena, la cabeza sólida y compacta, la mirada uniforme y sin expresión, que por dentro una muchedumbre de imágenes, de latidos, de pulsaciones lo atraviesan, continuos, como una piedra que cuando se la da vuelta deja ver el grumo efervescente de un hormiguero.
Juan José Saer, “Nadie nada nunca” (p. 132).
El que ama tiene que compartir el destino de aquel a quien ama.
Mijaíl Bulgákov, “El maestro y Margarita” (p. 458).
Si no existe el documento, no existe la persona.
Mijaíl Bulgákov, “El maestro y Margarita” (p. 352).
El papel escrito se resiste a arder.
Mijaíl Bulgákov, “El maestro y Margarita” (p. 186).
El amor surgió ante nosotros, como surge un asesino en la noche.
Mijaíl Bulgákov, “El maestro y Margarita” (p. 180).
Una ausencia reemplazada por el deseo vegetal que se extiende hacia la luz.
Daniela Catrileo, “Chilco” (p. 226).
Mi existencia no está aislada de los múltiples tiempos engarzados, de las múltiples formas de lenguaje que se despliegan en las grietas de la tierra.
Daniela Catrileo, “Chilco” (p. 221).
Los chilqueños comparten un idioma común, como un quipu enmarañado que les zurce por dentro.
Daniela Catrileo, “Chilco”(p. 219).
Lo imperceptible del daño es que puede manifestarse en mínimos detalles a los que nos acostumbramos. Una sutil torcedura que no percibimos con suficiente delicadeza. Por eso, es imperativo afinar nuestra percepción.
Daniela Catrileo, “Chilco” (p. 217).
Nos toca creer a punta de memorias ajenas, porque desconocemos el significado de lo perdurable.
Daniela Catrileo, “Chilco” (p. 180).
¿Cómo no conmoverme ante alguien que lleva consigo todo un territorio?
Daniela Catrileo, “Chilco” (p. 133).