Hay cosas que hoy das por normales y que, para otra persona, serían un sueño.
- Levantarte de la cama sin dolor.
- Escuchar la voz de tu madre.
- Caminar.
- Recordar el nombre de tus hijos.
- Tener agua caliente.
- Llegar a casa y encontrar a alguien esperándote.
- Respirar sin dificultad.
Ninguna de esas cosas parece extraordinaria... hasta que un día deja de estar.
Quizá el problema no sea que seamos personas ingratas.
Quizá nos hemos acostumbrado tanto a lo que tenemos que dejamos de verlo.
Y esa misma costumbre también ha cambiado la forma en que miramos a los demás.
Vivimos en una época donde es fácil pasar de largo frente al sufrimiento ajeno. Donde un algoritmo decide qué merece nuestra atención. Donde la pobreza aparece unos segundos en una pantalla antes de ser reemplazada por el siguiente video. Donde ayudar, muchas veces, necesita una cámara. Donde se recortan recursos en salud, educación o cuidados como si detrás de esas cifras no existieran personas.
Cuando dejamos de ver lo que sostiene nuestra propia vida, también empezamos a dejar de ver la vida de los demás. Y quizá esa sea una de las formas más silenciosas de perder nuestra humanidad.
No se trata de vivir dando gracias por todo.
Se trata de no permitir que la costumbre nos robe la capacidad de reconocer el valor de lo cotidiano... ni el dolor del otro.
Porque una sociedad no se mide solo por cuánto produce.
También se mide por aquello que decide cuidar.









