En una casa en la playa vivía Polly, una -ya no tan- niña de dieciséis años. Era rubia, de pelo largo y desaliñado. Tenía la cara repleta de pecas. Podía ver el balcón de su vecino desde el suyo. Em era un chico de diecisiete años, alto, con ojos negros como la noche. Con piernas tan largas como un pino adulto.
Era un viernes por la tarde y Polly no tenía nada mejor que hacer que tirarse en la cama y poner el iPod en shuffle. La música se vio interrumpida por el timbre de su celular. Era Em. Murmuró un par de palabras antes de colgar. Polly se metió a sus shorts de mezclilla, se puso unas botas vaqueras y salió de la casa. Encontró a Em sentado a la orilla del muelle, con los pies en el agua. Polly lo saludó tímidamente. Estaba secretamente enamorada de él. “Acabo de encontrar la cura de nuestra enfermedad. Lo que podría llenar nuestro vacío” dijo Em mientras sacaba una fruta rojiza de su bolsillo -eran un par de chicos depresivos-. “¿Ese es tu gran descubrimiento?” se burló Polly, “¿Una fruta? Una estúpida fruta no va a quitarme lo triste. Una fruta no va a hacerme feliz” dijo entre risas. Em estaba visiblemente irritado. Polly tomó la fruta y la acercó a su rostro para verla mejor. Tenía rayas blancas y una que otra flor. Le dio una mordida. Em le arrebató el extraño fruto de la mano y lo mordió justo del otro lado.
Pasaron un par de horas y los chicos seguían en la playa. Caminando tranquilamente a la orilla del mar. Polly estaba soñando despierta, lo hacía todo el tiempo. Su momento de paz y tranquilidad duró poco menos de dos minutos. Em la tiró al agua y se echó a correr. “¡Imbécil!” masculló Polly tan pronto como pudo recuperar el aliento. Em corría rápido. Muy rápido. Cada vez más rápido, y de pronto, sus pies se separaron de la arena. Él, sorprendido, se detuvo y miró fijamente a Polly, que estaba atónita. “¿Estás…?”, “Flotando”. Em completó la oración que su amiga no pudo terminar. Polly corrió en círculos, tan rápido como pudo. Y cuando menos lo esperaba, estaba flotando en el aire. Estaba flotando.
El sol se metió y se asomaron las estrellas. Ya en casa, Em salió al balcón y vio a su vecina. Intercambiaron sonrisas. Polly sonrió y asintió, lo escuchó en su cabeza. Al día siguiente los dos llegaron puntuales al viejo muelle. Eran las cuatro veinte de la tarde. Polly hizo una mueca de disgusto al ver la cara de cansancio que tenía el pobre muchacho. Em soltó una carcajada. “No dormí precisamente bien, tuve el sueño más raro de mi vida”, “¿Con la fruta?” lo interrumpió Polly. Em, perplejo, la dejó continuar. “Lo tuve yo también. No recuerdo mucho, sólo algunas imágenes. Como fotografías. Primero la fruta y después nosotros, volando. Unidos…” Polly se quedó sin palabras. “¿Como si nuestras venas estuvieran conectadas?” Polly volteó a verlo y soltó un gritillo al darse cuenta de que Em estaba moviendo un par de rocas enormes con el dedo. Las rocas flotaban, como ellos el día anterior. Em movió lentamente la mano derecha, y las rocas lo seguían. Después a la izquierda. Arriba. Abajo. Después de un silencio que parecía eterno, Polly suspiró. Telequinesis. Em guiñó el ojo y esbozó una sonrisa de oreja a oreja.
Día tras día se citaban en el muelle. Siempre en el mismo lugar. Em olvidó que Polly podía leer su mente, y ella se ruborizó al “escucharlo” pensando en sus pecas, en sus labios. Poco a poco fueron aprendiendo más y más cosas. Cada día eran más poderosos, física y mentalmente. Sus días consistían en pasar la tarde en la playa y poner en práctica sus superpoderes. Em tenía un corazón de oro, era amable y educado. Solía ayudar a las viejitas a cruzar la calle, pero Polly las hacía flotar. Las tiernas abuelitas se quedaban perplejas, asustadas. Suspendidas en el aire. Mientras Em recogía la basura de la playa y ayudaba a los demás, Polly, con sólo mover un dedo, destruía todo a su alrededor. Em no le daba importancia a las travesuras de su amiga, hasta que un día se salió de control. Cruzó el límite. Estaban sentados en el muelle, observando a un par de delfines enseñando a sus crías a nadar. Em miró a Polly horrorizado. Ella había partido a uno de los pequeños mamíferos a la mitad. Como si fuera un palito de pan, un lápiz. Parecía disfrutarlo. Em estaba paralizado. Polly se rió y unió las mitades del pobre mamífero, que atontado, alcanzó a sus padres.
Em corrió a casa. No quería volar. No quería leer mentes. Y mucho menos mover objetos con la suya. Jamás había estado tan enojado, tan frustrado. Estaba consciente del gran poder que poseían, y estaba seguro de que Pe -como solía llamar a su preciosa vecina- no podría controlarse más. Estaba preocupado. Subió las escaleras tan rápido como sus piernas lo permitieron, tropezando una que otra vez. Se encerró en su cuarto, cerró las cortinas y prendió su laptop. Tecleó cuantas cosas se le ocurrieron, pero parecía no haber respuesta a sus preguntas. Dieron las tres de la mañana y Em seguía encerrado en su recámara, tratando de encontrar una explicación. Tratando de comprender cómo una maldita fruta podía cambiar tan de repente sus vidas. Después de dar click aquí y allá, de pasar por imágenes que inundaban sus pupilas; después de entrar a incontables páginas de botánica y de leer varios cuentos de hadas, encontró un artículo llamado “Las siete maravillas naturales”. “Maravillas, ¿Eh?” soltó un suspiro y se frotó los ojos. Estaba cansado. Emocionalmente exhausto, pero se dispuso a leerlo de pies a cabeza.
Las Siete Maravillas Naturales por H. Gruesome
1. Telequinesis: arte de mover objetos con la mente.
2. Transmutación: habilidad de transformarse en un objeto, persona o animal.
3. Adivinación: poder de predecir el futuro.
4. Concilium: capacidad de controlar la mente del otro.
5. Piroquinesis: arte de controlar el fuego con la mente.
6. Vitalum Vitalis: balance de la vida. Traer de vuelta a los muertos.
7. Telepatía: transmisión de pensamientos entre dos o más individuos.
Al final del artículo, Em encontró un álbum de fotos. Animales disecados, huesos coloreados con pigmentos naturales, y al final… la fruta que encontró semanas antes bajo el muelle. Le temblaban las manos. Dio con una sección de preguntas frecuentes, pero ninguna saciaba su sed de respuestas. ¿Cómo demonios puede una fruta hacerte volar? ¿Cómo aprendo a controlarme? ¿Puedo deshacerme de esto? Su cabeza estaba a punto de explotar. Guardaba adentro una maraña de ideas, pensamientos, preocupaciones.
Apagó la computadora y se dispuso a dormir, aunque estaba cien por ciento seguro de que conciliar el sueño le iba a resultar casi imposible. A las cinco y cuarto de la mañana, Em logró dormir. Despertó dos horas después, empapado en sudor. Su cuerpo estaba helado y sentía como si lo hubiera arrollado un camión. Se miró en el espejo, las ojeras le llegaban a las rodillas. El recuerdo del sueño -o pesadilla- de la noche anterior, lo golpeó en la cara. Fragmentos, imágenes. Em y Polly volando, tomados de la mano. Em tirado en el suelo, con una aguja en cada brazo. Cada aguja conectada a un pequeño tubito. Cada tubo conectado a una bolsa de sangre. ¿Sangre? Su sangre drenándose lentamente, mientras la sangre de alguien más entraba a su sistema. Y de pronto, la respuesta que estaba buscando lo golpeó en la cara. Por fin sabía lo que debía hacer para detener a Polly. Em debía someterse a una transfusión sanguínea. Em debía llenar su cuerpo con la sangre de otra persona.
Polly se apareció tres días después en la cocina de su vecino. Lo encontró en el piso, desmayado, inconsciente. Pe sabía perfectamente lo que Em había tratado de hacer. Estaba molesta. No. Estaba furiosa. Tenía la cara tan roja como un tomate, pero logró mantener la calma. “¿Em? Em, despierta. Tenemos que hablar”. Em estaba tirado boca abajo, y ella lo pateó con la punta del pie hasta que el rostro de su amigo quedó bajo el suyo. Em abrió los ojos y la vio. La vio tan segura de sí misma, tan prepotente. Se incorporó y se sentó sobre la mesa del comedor. Se quedó callado, no emitió un sólo sonido. “Sé lo que hiciste. Y sé que sabes que no me parece. Lo que no sabes es que no puedes controlarme, querido”. Su voz sonaba tan fría como un cubo de hielo. Sin emociones, como una máquina. Em la miró fijamente a los ojos, no entendía lo que estaba pasando. “Sabes también que soy extremadamente impaciente. Pero no pienso moverme hasta que respondas. Hasta que me expliques cómo se te ocurrió tratar de quitarme lo mejor que he tenido en la vida. Qué egoísta” dijo sarcásticamente. Sonrío. Una sonrisa cruel atravesaba sus mejillas. Sus ojos estaban plantados en las cicatrices de Em, que tenía los antebrazos llenos de puntos rojos, de cortadas.
Pasaron veinticinco minutos y Pe rompió el silencio. “Pobre de ti. ¿Qué le has hecho a tus brazos?”. Em la miraba confundido. ¿Acaso ella era más poderosa que él? ¿Había logrado su cometido, no? Polly también había perdido sus superpoderes… ¿Cierto? La casa se oscureció, el sol se había escondido bajo el mar. De pronto, una vela se encendió. Y la verdad abofeteó a Em. No había servido de nada. Ella aún tenía las habilidades que le regaló al ofrecerle la fruta. Pero qué tonto, siempre supo que Pe no era más que una niña trastornada, una niña consentida. Debía tenerlo todo, y perdía el control cuando las cosas no se hacían a su manera. El miedo recorrió su espalda como si fuera un líquido helado. “¿Pe? Tenemos que hablar. Mira, yo…” Em no pudo terminar de formular la oración. En un segundo estaba sentado, tratando de contener la respiración. Y al segundo siguiente estaba estrellándose en la pared, cayéndose al suelo. Polly lo golpeó contra la mesa una y otra vez. No paraba de reír. Realmente disfrutaba hacerle daño a los demás. Lo hacía volar, lo hacía caer. Em parecía un muñeco de trapo. Tan vulnerable como un bebé. Escurría sangre de su nariz, su pelo estaba empapado en el rojo fluido.
Pe se detuvo un momento. “¡¿Qué estás haciendo?! ¡Se supone que estábamos juntos en esto!”. La sonrisa de Polly se desvaneció y Em pensó que le pondría fin a la batalla. Trató de ponerse de pie, pero sus piernas no respondían. El aire no le alcanzaba. Y al minuto siguiente, cerró para siempre los ojos. Pe sentía como si le hubieran sacado el aliento a puñetazos. Cayó de rodillas. Respiró tres veces, y a la cuarta soltó un chillido desgarrador. Gritó el nombre de Em sin cesar. Trató de traerlo de vuelta, como lo había hecho con el delfín. ¿Hace cuánto? No podía pensar, no podía recordar. El dolor la inmovilizó. ¿Qué hizo? ¿Por qué no funcionaba? ¿Por qué las pestañas de Em no se abrían como lo hacía al despertar? Polly lloró toda la noche, durmió junto a el y se rehusó a comer, a beber, incluso a ir al baño. Estaba destruída.
Tres noches después, las vacaciones de verano llegarían a su fin. Los padres de su difunto enamorado llegarían pronto. Pe le prendíó fuego a la casa. Y se incendió junto con ella.
Polly abrió los ojos. Chet Faker seguía sonando a través de sus audífonos. Tomó el celular entre las manos y abrió el mensaje que había llegado dos horas antes. “Pe, ven al muelle. No creerás lo que encontré. -M”.