Playa de Dios
En Cartagena encontré esta carpa, que es divina como señala el nombre de la playa en donde se encuentra, y en la que no solo hay bar, cocteles y restaurante, como se anuncia en la publicidad, sino muchas cosas más, según la fe —o la gratitud, que es lo mismo— de quien vea. Un conocido, por ejemplo, encontró un restaurante tristísimo en el que solo le sirvieron agua puerca (creo que de esa que se acumula bajo las baldosas flojas cuando llueve en Bogotá). A mí, en cambio, me impresionó mucho encontrarme nueve pisos, que eran como nueve cielos, todos con abundante comida (vegana, como Dios —que es como se llama el colectivo de diosas— manda), y en cuyas paredes se podía apreciar la historia del mundo, y todas las constelaciones. Había juegos pirotécnicos, árboles de todos los tamaños, pájaros que cantaban ese sonido que hace el Joe Arroyo en sus canciones, y una fuente bailadora, como la que está en Dubái pero mejor, y que no sabría narrar pues me fue dado el don de ver muchas cosas acá mas no así de describirlas. Los cocteles eran buenísimos y en ellos venían mezclados todos los tragos del mundo (chicha de quinoa y chirrinchi incluidos) y esa combinación, que no daba guayabo ni ganas de vomitarse sino que elevaba el espíritu (que es como se refieren las diosas a emborracharse), recibía el nombre de Néctar, homenaje a otro trago colombiano que ustedes conocen y también al anterior, más conocido, creo, que también tomaban dioses. Había animales de todas las especies, que también bebían cocteles y que se paseaban por todos los pisos de la carpa, y yo pensé en esa bella tonada que dice "en esta disco todos somos iguales" pues en ese restaurante bar (que también era disco aunque no lo dijera, pues era todo) de verdad todos los animales, humanos o no, éramos iguales (y borrachos). El noveno piso, el más elevado, era un salón de espejos, en el que uno se veía tal cual era, que era a la vez como aspiraba a ser. También visité una buhardilla en la que encontré el texto árabe del que Cervantes tradujo El Quijote, otro en que se revelaba la verdadera razón por la que Moralito no quiso hacer parranda cuando estuvo en Urumita, y también una carpeta en la que estaban los estudios para el metro de Bogotá. En la carpa, hasta una clase con Carolina Sanín había (que yo había visto antes, pues de otro modo no habría podido ver nada), en la que ella explicaba que en las paredes de esa carpa/restaurante/bar/cocteles/disco estaba contenido el mundo entero, y también que aprender sobre el mundo era aprender sobre uno mismo, y muchas cosas más —infinitas como las que podían estar en la carpa— que acá no cuento y que los nuevos estudiantes uniandinos, parece, ya nunca sabrán. No sé ustedes qué vean. Si alguien logra ver el concierto de Shakira que me contaron que también estaba ocurriendo y hacía parte del plan vacacional de mayor fe, me avisa. A mí no me alcanzó para verlo, ojalá el próximo año sí.










