Me queda como para armar dos porros, esto ya es desesperante. Ya siento la ansiedad que voy a tener si esto se sigue extendiendo, y me avivo que perdí la cuenta de los días que llevo cuarentado. Mi respiración marca el ritmo de mi presente pero el cinismo le gana la pulseada al profesor de yoga palermitano que implantó en mi cabeza el progresismo light que me rige.
Es difícil darle vuelo a mi intención literaria siendo tan errático. Salgo al jardín de mi casa y miro con los ojos cerrados el sol que quema el jogging negro. Va a ser muy difícil volver a usar un jean, este invierno voy a combinar mis borcegos con un jogging de tres rayas, croto pero frívolo y marketinero. Eso es el hype del que tanto hablan.
El perro se acerca aventurado con su excitación tan alegre y demandante. Lo bueno de esta relación es el poco compromiso que me exige, y que el mismo está repartido. Mi vieja y mi hermano también hacen uso a conveniencia de su cariño tan sincero como inhumano. Pura necesidad animal. En las últimas semanas pensé mucho en lo que el perro debe de extrañar a mi viejo. Era la alegría de ambos tenerse de compañía en las madrugadas. Pero es un perro y no se detiene. Yo tampoco pero no soy un perro.
El parlante me acompaña con Frank Ocean, otra vez. El silencio es perturbador cuando la mente no diferencia entre el presente y la incertidumbre de lo que no aún no sucedió. Busco las historias de Fleitas, seguro tiene un nuevo consejo para sobrevivir a la ansiedad humana. Chamán de Instagram, antes apocalíptico hoy un integrado en la supervivencia digital. Es loco como un bohemio de cuarenta y tantos, con hijos, una esposa más cheta que él y tantos cánones que pretendo vencer es una guía aspiracional. Estos privilegios me van a perseguir para siempre, sin embargo, voy a pretender más. Que tortura la de no ser agradecido con el azar del mundo.
No me doy cuenta pero ya pasaron tantas canciones que el algoritmo de Spotify comienza a mostrar la hilacha. Y dicen que no está relacionado a la pauta publicitaria. Salgo de Instagram y vuelvo a mirar el sol, cierro los ojos y lo siento sobre mi cuello. La mañana todavía no arrancó, subo a mi cuarto y otra vez frente a la computadora, abrir el mail, las mismas páginas, los mismo mensajes, la ansiedad por responder rápido, por ser el mejor, por tener mejores ideas, por hacer ganar plata a una compañía que paga por la burguesía de comer asado todos los fines de semana. Es mi vida, y me gusta. Encontré un equilibrio. Mi alma no es pura, lo tengo asumido, no como el resto de los negadores. Soy tan soberbio. Pero es verdad, yo trance, tranzo y lo seguiré haciendo. La inocencia la perdí cuando abrí mi cuenta bancaria, y el banco me cogió con los Ingresos Brutos.
¿Que día es? Ya no importa. Romper con la medida que marca el paso del tiempo es una clave para mantener la confianza. Claro está, mirarse al espejo es saber que esa confianza precisa cimientos sólidos, en acciones concretas. Parezco Facundo Manes, que irritante.
Ya son varios los años en que llevo escribiendo en mi cabeza “Memorias de un cheto”, un libro en que crítico y banalizo los valores que me vieron crecer. Educar es un abuso. Nacer es un crueldad. Pero nadie se detiene en eso. Ahora mi libro mental entró en un impasse, gran parte de su tesis era la crítica a una educación católica excesiva, basada en la culpa y el rigor para determinar tus acciones. Todo sostenido en el poder de un patriarca duro, que evade sus sentimientos y es hasta fachista. Pero mi viejo murió hace casi dos meses, y lo perdoné entre lágrimas ¿Qué culpa tuvo él? Si su pasado fue aún más dictatorial que el mío. Comprendí lo generoso que fue conmigo, y aprendí que no voy a tener hijos porque no tengo el valor, ni la determinación, ni el conocimiento, y mucho menos la soberbia para enseñarles a vivir.
Es demasiado para pensar en una nueva mañana, mejor vuelvo a mi respiración y a la música que está playlist dispara para meditar. Unas flexiones de brazo para que la sangre salga de mi cabeza, recorra mi cuerpo y me traiga de nuevo al presente. Estoy acá y ahora repito tantricamente mientras exprimo una naranja. Meto todo en una licuadora, banana, durazno, hielo y el jugo de naranja. Y me siento bien conmigo mismo, que sano que estoy desayunando. Tanto como el paquete de oreos que comí re loco anoche. El progresismo es esa piba alternativa que te histeriquea, garchás y nunca más vuelve a ser sincera. Es decir, voy a volver a buscarla.
El internet no responde al pago mensual y tengo que salir de mi cuarto para trabajar. El marketing es fácil, lo difícil es ser consistente. Manejo proyectos artísticos con fines comerciales entre la frialdad del presupuesto y el anhelo de ser parte de la historia. Juego con los sueños de otras personas y ellos venden sus sueños al mejor postor o a lo que primero aparezca.
Aciertos, desaciertos, comentarios ocurrentes, conversaciones fallidas de WhatssApp y otro día se va sin fumar porro. Economizalo pienso sabiamente, todavía no se sabe cuando se levanta esta mierda. El porro en cuarentena pega raro. Te puede acelerar y dar claustrofobia o puede sacarte un ratito de la incertidumbre. Yo elijo fumarlo, y la aventura la dejo en modo aleatorio. Al final, es la parte más grande de mí día cuando el camino se divide.