Llenos en la España vacía
En el pueblo, estamos solos e incomunicados desde hace dos décadas. Carecemos de animales y los campos son yermos. Cientos de paisanos se fueron, pero seis de nosotros nos quedamos cuando desarrollamos habilidades que nos permiten comer.
A Fuencisla, en cuanto se levanta de la cama, le cuelgan frutas de las orejas a modo de pendientes, variando cada día según la temporada (ayer fueron melocotones y hoy, racimos de uvas). Federico es capaz de transformar el agua del río en leche de vaca, sólo basta con que le acerquemos un cubo lleno e introduzca su mano. Luisa pone una docena de huevos de gallina en cuanto llega la medianoche. Vicenta acaricia un palo de madera y lo convierte en un jamón. Y yo, cuando sonrío, hago que broten pimientos, tomates y cebollas de las fachadas de las casas.
Jenaro es el único que no contribuye a nuestro sustento. Escribe historias que nos hacen soñar; a cambio, hacemos como que no lo vemos volando con sus enormes alitas de pollo.












