Cuando nos rompemos moralmente, cuando entramos en una profunda tristeza, nos alejamos de la razón. La música interviene sobre nuestra parte irracional de manera asombrosa, y de ahí nace una connivencia con lo que está más allá del lenguaje, que es determinista, y eso nos cubre, nos arropa y alivia el ánimo. En Egipto, en Grecia, en China siempre encontramos inmemoriales ejemplos de alguien que toca un instrumento o lo escucha para consolarse, porque apela a nuestro mundo emocional e íntimo. No somos razón únicamente, no es cierta esa afirmación. Somos irracionales también en buena medida, y la música, como digo, nos ofrece consuelo porque apela a una zona nuestra en la cual la razón no cabe y no puede intervenir. Si estás muy triste y yo te doy unos sabios consejos seguirás triste; pero una buena música llama a algo tuyo que no es expresable con el lenguaje oral.
En los momentos de catástrofe, la música es un perro de rescate y una fuente de consuelo y también de creación. A partir de la música del Romanticismo y del Posromanticismo surge la necesidad de describir musicalmente los acontecimientos traumáticos, como la guerra, y, más tarde, la tortura mental y física padecida en los campos de exterminio. A partir de la música romántica las partituras empiezan a expresar la desventura humana, ya sea la propia, ya sea la de un prójimo castigado.