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Autor desconocido, Suzanne Valadon con dos perros, 1930
Suzanne Valadon & Annie Ernaux
El único que no parecía interesarse por mi situación era el chico de quien estaba embarazada. Me mandaba desde Burdeos cartas espaciadas en las que mencionaba de forma alusiva las dificultades para encontrar una solución. (En la agenda aparece: «Me deja que me las arregle sola».) Yo tendría que haber llegado a la conclusión de que ya no sentía nada por mí y que no tenía más que un deseo: volver a ser el que era antes de esa historia, el estudiante preocupado tan solo por sus exámenes y su porvenir. Pero, aunque seguramente presentía todo aquello, no tenía fuerzas suficientes para romper, para añadir a la búsqueda desesperada de una forma de abortar el vacío de una separación. Me ocultaba la realidad de forma consciente. Y si el hecho de ver en los cafés a chicos bromeando y riendo ruidosamente me atormentaba —en ese mismo momento él probablemente estaría haciendo lo mismo—, a la vez me daba fuerzas para continuar turbando su tranquilidad. En octubre habíamos previsto que pasaríamos juntos las vacaciones de Navidad, iríamos a la nieve con una pareja amiga. Por mi parte, no tenía ninguna intención de modificar el proyecto.
Estábamos a mitad de diciembre.
Mis nalgas y mi pecho tensaban los vestidos. Me sentía pesada, pero las náuseas habían desaparecido. A veces olvidaba que estaba embarazada de dos meses. Seguramente debido a esa sensación de desaparición del porvenir por medio de la cual el espíritu adormece la angustia del vencimiento del plazo, que se sabe sin embargo inevitable, algunas chicas dejaban pasar las semanas y los meses hasta que llegaban al final de su embarazo. Tumbada en la cama, con el sol invernal entrando por la ventana, escuchaba los Conciertos de Brandeburgo exactamente igual que el año anterior. Tenía la impresión de que en mi vida no había cambiado nada.
En mi diario aparece: «para mí, el hecho de estar embarazada es algo abstracto», «Sin embargo, me toco el vientre y está aquí. No es algo imaginario. Si dejo que el tiempo actúe, el próximo mes de julio sacarán un niño de dentro de mí. Pero no lo siento».
_ Annie Ernaux, El acontecimiento. Tusquets Editores. Trad. de Mercedes y Berta Corral.
_ Suzanne Valadon, Desnudo reclinado, 1928
Suzanne Valadon & Annie Arnaux
“Hay muchos libros que tienen para mí un valor literario, aunque no estén clasificados dentro de la literatura: textos de Michel Foucault, de Bourdieu, por ejemplo. Para mí, lo que hace que un texto sea literario es la conmoción, la sensación de apertura, de expansión que produce”.
- Annie Ernaux, ‘La escritura como un cuchillo’. Traducción: Lydia Vázquez Jiménez. Cabaret Voltaire
Naturaleza muerta con jarrón de flores (1936) Suzanne Valadon
Suzanne Valadon & Annie Ernaux
Yo siempre he esperado muchísimo del placer sexual, aparte del placer en sí. El amor, la fusión, lo infinito, el deseo de escribir. Lo mejor de cuanto llevo conseguido hasta hoy creo que es la lucidez, una especie de visión del mundo súbitamente sencilla y despojada de todo sentimentalismo.
_ Annie Ernaux, La ocupación. Editorial Cabaret Voltaire. Traducción de Lidia Vázquez Jiménez
Suzanne Valadon, Mujer con medias blancas, 1924.
Suzanne Valadon & Annie Ernaux
"En primavera, mi espera se volvió continua. Desde principios de mayo hacía un calor prematuro. Empezaban a verse vestidos de verano por las calles, las terrazas de los bares estaban llenas. Se oía sin tregua un baile exótico, la lambada, cantado por una mujer de voz susurrante. Todo significaba nuevas posibilidades de placer, y yo atribuía a A. el propósito de aprovecharlo sin contar conmigo. Su puesto, sus funciones en Francia me parecían muy relevantes, susceptibles de despertar la admiración de todas las mujeres; yo me infravaloraba en proporción inversa, al no encontrar en mí nada interesante capaz de retenerlo a mi lado. Cuando iba a París, a cualquier barrio, siempre esperaba verlo pasar en su coche con una mujer al lado. Yo caminaba muy envarada, en una actitud previa de orgullosa indiferencia ante este encuentro. Que este, por supuesto, jamás se produjera me decepcionaba aún más: yo andaba sudorosa de un lado a otro ante su mirada imaginaria por el Boulevard des Italiens, mientras estaba en cualquier otro lugar, inaccesible. La imagen de él circulando con las ventanillas del coche bajadas y el radiocasete a todo volumen, en dirección al parque de Sceaux o al bosque de Vincennes, me atormentaba.
Un día, en una revista semanal de programación televisiva, empecé a leer un reportaje sobre una compañía de baile procedente de Cuba, de gira por París. El autor hacía hincapié en la sensualidad y libertad de las cubanas. En una foto se veía a la bailarina entrevistada, alta, con el cabello muy negro y sus largas piernas desnudas. A medida que avanzaba en la lectura, un presentimiento crecía en mí. Al final, estaba segura de que A., que había estado en Cuba, había conocido a la bailarina de la fotografía. Le veía con ella en una habitación de hotel, y en ese momento nada me habría convencido de que esta escena era inverosímil. Al contrario, la hipótesis de que no hubiera existido me parecía estúpida e inimaginable.
Cuando él telefoneaba para que nos viéramos, su tan esperada llamada no cambiaba nada, yo seguía con la misma dolorosa tensión de antes. Me hallaba en un estado en el que ni siquiera la realidad de su voz conseguía hacerme feliz. Todo era una carencia sin fin, salvo el momento en que estábamos juntos haciendo amor. Y, aun así, me obsesionaba el momento que le seguiría, cuando se hubiera marchado. Vivía el placer como un dolor futuro. "
_ Annie Ernaux, Pura pasión. Tusquets. Traducción de Thomas Kauf.
_ Suzanne Valadon, After the Bath, 1893
Suzanne Valadon & Annie Ernaux
"La urbanidad era el valor dominante, era el primer principio del juicio social. Consistía, por ejemplo, en:
Corresponder a una comida, a un regalo —observar estrictamente el orden de edad en las felicitaciones de Año Nuevo—, no molestar a la gente yendo a sus casas sin avisar y haciéndoles preguntas directas, no hacer afrentas rechazando una invitación o el dulce que te ofrecen, etcétera. La urbanidad permitía estar a bien con la gente y no dar pie a comentarios. No mirar dentro de las casas cuando se pasaba por el patio comunal no significaba que no se quisiera ver el interior, sino que no se quería que te pillaran intentándolo. Los saludos en la calle, los buenos días que se daban o se denegaban, la forma de llevar a cabo o de no llevar a cabo ese rito —con distancia o jovialidad, deteniéndose para estrechar la mano y decir algo, o, por el contrario, seguir caminando— eran objeto de una atención puntillosa, de apreciaciones: «No me habrá visto», o «Tendría prisa». No se perdona a quienes niegan la existencia de los demás no mirando a nadie.
Considerada como una barrera de protección, la urbanidad resultaba inútil entre marido y mujer, y entre padres e hijos, incluso era considerada como una hipocresía o una maldad. La rudeza, el mal humor y el hablarse a gritos constituían las formas habituales de la comunicación familiar.
Ser como todo el mundo era el objetivo general, el ideal que debía alcanzarse. La originalidad pasaba por excentricidad, incluso como la señal de estar chiflado. Todos los perros del barrio se llamaban Toby o Boby.
En el café-colmado vivimos en medio de la gente, que es como llamamos nosotros a la clientela. La gente nos ve comer, ir a misa, al colegio, nos oye cuando nos lavamos en un rincón de la cocina o cuando hacemos pis en el orinal. Esta exposición continua nos obliga a mostrar una conducta respetable (no hay que insultarse ni decir tacos, ni tampoco hablar mal de los demás), a no manifestar ninguna emoción, ya sea de alegría, de cólera o de tristeza, a disimular todo lo que pueda ser objeto de envidia o curiosidad, o podría ser contado. Sabemos muchas cosas sobre los clientes, sus recursos y su forma de vida, pero damos por sentado que ellos no deben de saber nada sobre nosotros o lo menos posible. Así, «delante de la gente» está prohibido decir cuánto ha costado un par de zapatos, quejarse de dolor de tripa o decir las notas que se han sacado en el colegio, de ahí la costumbre de arrojar un trapo sobre la tarta comprada en la pastelería, o la de deslizar debajo de la mesa la botella de vino cuando llega un cliente. De esperar a que no haya nadie para discutir. Si no, ¿qué van a pensar de nosotros?."
_ Annie Ernaux, La vergüenza.
_ Suzanne Valadon, Raminou sentado sobre una tela, 1920
Suzanne Valadon, c.1885.
Suzanne Valadon & Annie Ernaux
Lo más extraordinario de los celos es que se puebla una ciudad, el mundo, con un ser que no se conoce de nada.
_ Annie Ernaux, La ocupación. Editorial cabarets Voltaire traducción de Lidia Vázquez Jiménez
_ Suzanne Valadon, 1920. Nu au chat, allongé sur une draperie à fleurs
Suzanne Valadon & Annie Ernaux
“ Ella es la mujer de la fotografía y puede, cuando la contempla , decir con un porcentaje elevado de acierto, que ese rostro y el presente no están disociados de manera perceptible, de lo que nada está aún perdido de lo que perderá inevitablemente ( pero cuando aún no quiere pensarlo) soy yo, no tengo signos añadidos de envejecimiento. Signos en los que no piensa, porque por costumbre vive en un rechazo general, no a su edad 70 años, sino a lo que esa edad representa para los más jóvenes, porque no se ve diferente de las mujeres de cuarenta y cinco años, ilusión que estas destruyen, sin mala intención, en un momento de la conversación, dándole a entender que no pertenece a la misma generación y que la consideran tal como ella ve a las a las mujeres de ochenta años: vieja. Al revés que durante la adolescencia, cuando tenía la impresión de ser la misma de un año, y hasta de un mes, para otro, mientras el resto del mundo y su alrededor permanecía inmutable, ahora es ella la que se siente inmóvil en un mundo que corre..”
Annie Ernaux, Los años. Traducción, 2019 Lydia Vázquez Jiménez. Editorial Cabaret Voltaire.
Suzanne Valadon (1865-1938), "Jeune fille au chat", vers 1920.
Suzanne Valadon & Annie Ernaux
"Es difícil separar el proyecto de una obra y su escritura, ya sea en el caso de Proust, de Leiris o de los surrealistas, por ejemplo. Pero, tan intuitivamente como usted, sé que el trasfondo de una obra, su alcance, el tipo de búsqueda hacia el que tiende —y eso tiene mucho que ver con la vida— son para mí mucho más esenciales que el estilo.
Hay fragmentos esplendorosos sobre el tiempo en las 'Memorias de ultratumba', pero el proceder de Chateaubriand —el trabajo sobre su imagen y su existencia— no me dice nada; sin embargo, el de Stendhal en 'La vida de Henry Brulard' me interpela infinitamente más.
Hay en Proust un preciosismo —pienso en la descripción de los espinos, al límite de la cursilería— que no me gusta, pero su proyecto, la arquitectura de 'En busca del tiempo perdido' me fascinan.
A veces la escritura de Nathalie Sarraute me cansa un poco, pero eso no impide que su obra, guiada por un deseo de desvelar los retos de la vida social mediante la «subconversación», de perseguir los pensamientos y los movimientos más tenues de nuestras relaciones con los demás, me parezca fundamental.
Del movimiento surrealista me gustó la subversión total, que está en el corazón de las primeras obras: 'El libertinaje' de Aragon, o películas como 'La edad de oro' de Buñuel. De Breton, lo que retengo en particular es la búsqueda, esa búsqueda que recorre todos sus escritos, inscrita en el comienzo de 'Nadja', descubrir «qué he venido a hacer en este mundo y cuál es ese mensaje único del que soy portador». Igualmente, una mezcla constante de sensibilidad y de reflexión, la intransigencia, el lado intratable de Breton."
- Annie Ernaux , 'La escritura como un cuchillo'. Traducción: Lydia Vázquez Jiménez. Editorial Cabaret Voltaire.
_ Naturaleza muerta en jarrón de flores (1931) Suzanne Valadon
Annie Ernaux & Suzanne Valadon
Me he quitado de encima la única culpabilidad que he sentido en mi vida a propósito de este acontecimiento : el haberlo vivido y no haber hecho nada con él. Como si hubiera recibido un don y lo hubiera dilapidado. Porque por encima de todas las razones sociales y psicológicas que pueda encontrar a lo que viví, hay una de la cual estoy totalmente segura: esas cosas me ocurrieron para que diera cuenta de ellas. Y quizás el verdadero objetivo de mi vida sea este: que mi cuerpo, mis sensaciones y mis pensamientos se conviertan en escritura, es decir, en algo inteligible y general, y que mi existencia pase a disolverse completamente en la cabeza y en la vida de los otros.
_ Annie Ernaux, "El acontecimiento", Tusquets, Barcelona, 2001. Trad. de Mercedes y Berta Corral.
Les deux sœurs, Suzanne Valadon, 1928
Suzanne Valadon & Annie Ernaux
«Sentí unas violentas ganas de hacer caca. Corrí a los servicios, al otro lado del pasillo, y me puse de cuclillas delante del retrete, frente a la puerta. Veía las baldosas entre mis muslos. Empujaba con todas mis fuerzas. Salió como si fuera una granada, con una salpicadura de agua que llegó hasta la puerta. Vi un muñequito colgando de mi sexo al final de un cordón rojizo. Nunca hubiera imaginado que pudiera tener aquello dentro de mí. Tuve que andar con él hasta mi habitación. Lo tomé en la mano —pesaba extrañamente— y avancé por el pasillo apretándolo entre mis muslos. Me comportaba como un animal.
La puerta de O. estaba entreabierta. Vi que tenía la luz encendida. La llamé suavemente y le dije: "Ya está".
Nos encontramos las dos en mi habitación. Yo sentada en la cama con el feto entre las piernas. No sabemos qué hacer. Le digo a O. que hay que cortar el cordón. Toma unas tijeras, no sabemos por qué lugar hay que cortar, pero lo hace. Miramos el feto. Tiene un cuerpo minúsculo y una gran cabeza. Bajo los párpados transparentes, los ojos parecen dos manchas azules. Parece una muñeca india. Le miramos el sexo. Nos parece ver el comienzo de un pene. Así que he sido capaz de fabricar esto. O. se sienta en el taburete. Llora. Lloramos en silencio. Es una escena que no tiene nombre en la que la vida y la muerte se dan la mano. Es una escena de sacrificio.
No sabemos qué hacer con el feto. O. va a buscar a su dormitorio una bolsa de galletas vacía y lo meto dentro. Voy hasta el cuarto de baño con la bolsa. Pesa como si llevara una piedra dentro. Vuelco la bolsa encima del retrete. Tiro de la cadena.
En Japón, los abortos reciben el nombre de mizuko, los niños del agua».
_ Annie Ernaux, El acontecimiento. Tusquets. Traductoras: Mercedes Corral Corral y Berta Corral Corral .
Suzanne Valadon & Annie Ernaux
...Todo el tiempo, junto a lo que la gente considera natural hacer o decir, junto a lo que hay que pensar por prescripción de los libros, de los carteles del metro o hasta de los chistes, están todas las cosas sobre las que la sociedad guarda silencio y no sabe que lo hace, condenando al malestar solitario a quienes sienten cosas que no pueden nombrar. Silencio que se rompe un día, bruscamente, o poco a poco, y unas palabras se superponen a las cosas, por fin reconocidas, mientras se forman de nuevo, debajo, otros silencios.
_ Annie Arnaux, "Los años", Cabaret Voltaire, Barcelona, 2019. Trad. por Lydia Vázquez Jiménez.
Suzanne Valadon.
Suzanne Valadon & Annie Ernaux
"Todo se borrará en un segundo. El diccionario acumulado de la cuna hasta el lecho de muerte se eliminará. Llegará el silencio y no habrá palabras para decirlo. De la boca abierta no saldrá nada. Ni yo ni mí. La lengua seguirá poniendo el mundo en palabras. En las conversaciones en torno a una mesa familiar seremos tan solo un nombre, cada vez más sin rostro, hasta desaparecer en la masa anónima de una generación remota."
_ Annie Ernaux, "Los años", Cabaret Voltaire, Barcelona, 2019. Trad. por Lydia Vázquez Jiménez.
«Mujer sobre un sofá». Oleo sobre lienzo. Suzanne Valadon. 1917.
Suzanne Valadon & Annie Ernaux
Más que nunca las mujeres constituían un grupo vigilado, cuyos comportamientos, gustos y deseos eran objeto de un discurso asiduo, de una atención inquieta y triunfante. Tenían fama de haber «obtenido todo», de «estar en todas partes» y de «alcanzar en la escuela mejores resultados que los chicos». Como de costumbre, los indicios de su emancipación se buscaban en sus cuerpos, en su audacia vestimentaria y sexual. Que digan «ligarme a un tío», que desvelen sus fantasmas y se pregunten en Elle si «tenían buen rollo en la cama» era la prueba de su libertad y de su igualdad con los hombres. La ofrenda perpetua de sus pechos y sus muslos en la publicidad tenía que ser apreciada como un homenaje a su belleza. El feminismo era una vieja ideología vengadora y carente de humor, que las jóvenes no necesitaban ya, que ellas mismas contemplaban con condescendencia, pues ya no dudaban ni de su fuerza ni de su igualdad. (Pero seguían leyendo más novelas que los hombres como si tuvieran que dar una forma imaginaria a sus vidas.) «Gracias a los hombres por amar a las mujeres», titulaba un periódico femenino. El olvido de sus luchas era total, única memoria que no fue recuperada oficialmente.
Con la píldora, se habían convertido en las dueñas de la vida, pero eso no se aireaba.
Nosotras que habíamos abortado en las cocinas, que nos habíamos divorciado, que habíamos creído que nuestros esfuerzos servirían para liberar a las demás, nos sentíamos cansadas. Ya no sabíamos si se había producido la revolución de las mujeres. Cincuenta años después seguíamos pendientes de la sangre pero ya no tenía el mismo color ni el mismo olor, era como una sangre ilusoria. No obstante, esa segmentación regular del tiempo que podíamos mantener hasta la muerte nos daba confianza. Llevábamos vaqueros y mallas, camisetas como las chicas de quince años, decíamos como ellas «mi chico» para hablar de nuestro amante de tumo. A medida que envejecíamos dejábamos de tener una edad. Escuchábamos Only you o Capri c’est finí en Radio Nostalgie, una juvenil dulzura nos invadía, el presente se estiraba hasta nuestros twenties. En comparación con nuestras madres, encerradas en sí mismas y sudorosas en su menopausia, teníamos la impresión de ganarte la batalla al tiempo.
(Las mujeres jóvenes soñaban con encontrar al hombre de su vida, las de más de cincuenta que ya habían tenido uno no querían más.)
A los hijos, los varones sobre todo, les costaba mucho abandonar el domicilio familiar, el frigorífico lleno, la ropa lavada, el ruido de fondo de las cosas de la infancia. Hacían el amor con toda inocencia en el dormitorio contiguo al nuestro. Se instalaban en una prolongada juventud, el mundo no los esperaba. Y nosotros, al alimentarlos, al seguir ocupándonos de ellos, teníamos la impresión de seguir en la misma época, sin ruptura.
_ Annie Ernaux, "Los años", Cabaret Voltaire, Barcelona, 2019. Trad. por Lydia Vázquez Jiménez.
Suzanne Valadon, 1922
Cristina García Rodero & Pilar Adón
TENER UNA HIJA es una idea
y no una realidad. La cría de diez años que no juega
piensa en términos de pérdidas y ganancias:
Cuando se mueran todos, ¿de quién será la casa?
¿A qué edad te vino a ti la regla?
Niña con endometriosis
Y receta de Harmonet 75/20 mcg
Tener una hija no es mejor que soñarlo.
Ni preferible a serlo.
Pocas palabras quedan tan sublimadas.
Puede que madre, tal vez.
_ Pilar Adón, de Da dolor. La Bella Varsovia.
Cristina García Rodero & Pilar Adón
Vuelvo a clavar por los marcos rajados de humedad las chinchetas de cabezas rosadas y puntas fieles que ingresan en la madera y se asientan como flechas para soportar el peso invariable de las manitas de mis muñecas. Con vestidos de niña aterciopelada.
Vuelvo a observar el susto aterrado de las caras andrajosas de mis muñecas hembras. Y vuelvo a temer (imaginar) un temblor en sus ojos. De harina.
_ Pilar Adón