"Este año no hay vacaciones para nosotros en Castelobruxo, pues todo se ha desmoronado con la aparición del cadáver de la joven Jane Doe, por eso ahora que se acaba el día, voy camino de mi dormitorio. Recorro el pasillo mirando al suelo, con las manos entrelazadas tras mi espalda, viendo en mi cabeza una sucesión de recuerdos de las cosas que he vivido al cabo del día, como suele ocurrirnos a todos cuando no tenemos nada que pensar. Camino despacio, como suelo hacer siempre, recordando el paseo que he dado por los terrenos esta tarde, cuando un escalofrío recorre mi cuerpo haciendo que me pare en seco. El vello de mi piel se eriza, y empiezo a sentir taquicardias mientras un calor intenso recorre mi espalda ascendiendo hacia mi nuca. Cierro los ojos y puedo verles a todos. Personas danzando, con los ojos en blanco… Trago saliva mientras el ruido de los tambores retumba en mis oídos hasta donde llevo mis manos apretando muy fuerte los ojos para mantenerlos cerrados. Respiro el intenso olor a las velas y las hierbas quemándose, mientras la gente baila en trance. Siento un intenso dolor y veo unos dedos con polvo amarillento, metiéndose en mi carne herida. Respiro fatigado escuchando mis propios gritos. Quiero huir, escapar, ¿pero cómo de fácil es escapar de la memoria? Me aparto las manos de los oídos y abro los ojos acelerando el paso hacia mi dormitorio, con el corazón desbocado, sin poder respirar, escuchando gritos, tambores, viendo ese baile, esos ojos en blanco… El camino se hace largo, y aunque no hay velas encendidas, huelo a cera quemada, a hierbas quemándose. Giro el pomo de la puerta y entro en mi dormitorio. Por un momento, cuando apoyo la espalda en la puerta cerrada, siento que estoy a salvo, pero es una salvación que dura apenas unos segundos. Mis ojos están llenos de lágrimas cuando los abro y voy hasta el espejo de pie que tengo en el dormitorio. Los tambores siguen sonando en mi cabeza, mientras me voy quitando la ropa, desnudándome frente al espejo. Es como si me quitara la segunda piel, como si me quitara un peso de encima. Dejo caer la túnica negra al suelo, y llevo las manos hasta el borde de mi ropa interior, agachándome hacia delante para bajármela. Doy un paso al frente saliendo de ella, y trago saliva cuando me veo en el espejo. Mis brazos están llenos de quemaduras que aunque cicatrizadas parecen abiertas y cicatrices que aún sangran aunque no lo hacen. Sin dejar de mirarme al espejo, llevo mi mano derecha hasta el atrapasueños que pende de mi cuello, atrapándolo fuertemente mientras trago saliva con los ojos llenos de lágrimas. Las cicatrices en mis brazos, son las heridas de un niño que se ha convertido en adulto. Puedo verme de pequeño, a los siete años, tirado en el suelo tras haber caminado hasta la extenuación. Estoy sudando mientras lo recuerdo, mientras me siento de nuevo en ese lugar, extenuado, abatido, más pequeño que nunca… Entonces veo aquellos pies descalzos deteniéndose frente a mí, y siento la paz invadirme poco a poco. Si no fuera por ella, habría muerto aquél día".