WhatsApp: “calladitos les noto”
Bib, bip. Suena mi celular a las 5h30. El tiempo de silenciar el chat de grupo ha vencido. Me despierto con el mensaje de una madrugadora. Con paciencia vuelvo a poner en modo silencio, por un año más. Es domingo, feriado de carnaval. Salgo de la ciudad y pongo poca atención a mi teléfono. Regreso en la noche y encuentro 180 mensajes sin leer. ¡Qué locura! Converso con una de mis amigas. Quiero verificar si solo a mí me llama la atención tanta actividad en un feriado. Ella también se sorprende. ¿Qué les pasa? ¿Les cancelaron sus planes familiares? ¿Se pelearon con sus parejas? ¿Se les dañó el televisor? En fin… lo que les puedo decir es que un grupo de chat que se respete tiene estos personajes:
Los madrugadores: presumo que sufren de insomnio. Que su pareja les hace la ley del hielo en la mañana, o algo parecido. Sino, es imposible creer que a las 5h00 -o más temprano- se despiertan, toman su teléfono y empiezan a saludar a sus amigos del colegio, a su familia, al grupo de la oficina, de la universidad, etc. Tal vez su filosofía es ¡si yo no duermo, nadie duerme! “Hola chicas, que tengan un hermoso día”, puede ser una de sus frases matutinas. Los curuchupas: sin percatarse siquiera que su audiencia sea o no católica, cristiana, o la religión con la que ellos han decidido evangelizar, empiezan –por lo general son madrugadores también- a enviar videos, cadenas, mensajes y reflexiones de carácter religioso. Al menos yo recibo diariamente la reflexión de un Padre. No recuerdo el nombre porque confieso que nunca escucho los audios, o leo las oraciones, o sigo los rezos de rigor. ¿Me iré al infierno? Estos mensajes son recibidos con alegría por los religiosos pasivos, que responden con profundas frases de empatía como: “Bendiciones”, “Amén” o reclaman cuando la reflexión diaria no ha llegado. Los amorosos: son de un cariño exorbitante. Siempre tienen a la mano imágenes como un perrito mojado por la lluvia, sosteniendo un paraguas; y con mensajes llenos de amor, como: “Feliz inicio de mes”, “Pinta tu cielo de esperanzas…” “Hoy es un buen día, sonríe”. Llenan el chat de buenas energías. ¿De dónde sacan tantas imágenes? ¿Cuánto tiempo invierten en eso? Los esporádicos: rara vez hacen un comentario. Por lo general participan con un tema puntual que les interese. Para conseguir alguna información que necesiten. Luego de un silencio de meses, aparecen con una pregunta como “¿Alguien tiene el teléfono de Juan Pérez? Los vendedores: no desaprovechan oportunidad alguna para promocionar sus productos y servicios. Me han ofrecido chompas, miel de abeja, servicios odontológicos, pasteles ¡cualquier cosa! Suelen tener buenos precios, ¡hay que reconocerlo! Los chistositos: rompen el silencio del grupo, o desvían los diálogos de los curuchupas con bromas o, con memes que ya han circulado por otras redes sociales. “La profesora le dice a Pepito: a ver Pepito, si yo digo fui rica, es pasado. Pero si yo digo soy hermosa, ¿Qué es? ¡Exceso de imaginación, profesora!” ¡Ellos salvan un mal día! Los despistados: su participación es un poco más frecuente que los esporádicos. Por lo general, hacen una pregunta que implica repetir la conversación de las últimas horas. Empiezan con una frase como: “¿Qué es que le ha pasado a la María?”. A la larga es más fácil repetir el cuento que revisar dos horas de mensajes. O también pueden iniciar una conversación con uno de los participantes que es solo de interés para uno de ellos. “¿Ya le entregaste los zapatos al Pepe?”. Los parlanchines: sin ellos, los grupos no tendrían vida. Son el motor del grupo. Por lo general son los administradores del chat. De una agilidad admirable. De una intensidad maratónica. Pueden ser madrugadores y trasnochadores. Se preocupan si el grupo no ha participado mucho. Si no ha habido mensajes, ellos empiezan con frases como: “Calladitos les noto”. Opinan de todo y contestan todos los mensajes. Se podría pensar que tienen una vida más bien pasiva, ¡pero no! son amas de casa, profesionales, con hijos, con esposo, con mascota y suegra. Aun así el tiempo les rinde a la perfección. ¡Yo les admiro! Los imprudentes: también tienen alma de parlanchines. Cuentan de todo, sin filtros. ¿Acaso ustedes no han recibido fotos del hijo enyesado? Me dejan sin palabras, tal vez porque en tales circunstancias, lo último que se me ocurriría es tomar una foto. De hecho, en ese momento no sabría dónde dejé mi teléfono. Supongo que eso me pone en otra de las categorías. Los prudentes: participan poco. Se hacen presentes en eventos especiales: cumpleaños, graduaciones, enfermedades. Envían mensajes cortos y precisos. Aunque no están de acuerdo con varias cosas, evitan comentar y así practican la tolerancia. “Lindas las fotos de tu familia, Xime”. “Ese libro lo consigues en Librimundi”. ¡Da gusto leerles! Los silenciosos: ¡Son un verdadero misterio! No comentan. Nunca dicen nada, pero tampoco se salen del grupo. Creo que en el fondo temen que pueden perderse de algo. ¿Leerán los mensajes? Los reporteros: finalmente pueden practicar la profesión con que soñaron pero que no estudiaron. Dan las primicias. Contrastan fuentes, opinan y hacen pequeños ensayos editoriales. “Amigas, estamos en alerta naranja por el Cotopaxi”, “Ya están funcionando los radares de control de velocidad, tendrán cuidado”, “¿Leyeron lo que dijo Fander Falconí sobre la distribución de la riqueza?”, “La temperatura en Salinas es de 30 grados, si van a la playa ¡prepárense!” Gracias a los trasnochadores aprendí a colocar el chat en modo silencio. Imagino que su familia duerme temprano, y que a partir de las 23h00 no les queda sino conversar con sus amigos cibernéticos. Manejan su soledad nocturna contestando cada mensaje o creando conversación hasta que les de sueño. Los temas son variados: “¿Ya vieron The Revenant?, ¿hicieron la colada morada?, hoy fuimos al Quilotoa con mi familia, lindísimo. Comimos chugchucaras a los tiempos. Los consejeros: dan valor agregado al chat. Están bien informados. Tienen los contactos precisos del dentista, peluquero, costo de la visa de Estados Unidos, el secreto para que el locro salga más espeso. ¡Nos salvan! Los extranjeros: por la diferencia de hora escriben mientras nosotros dormimos. Son fotógrafos y nostálgicos. Comparten fotos de los sitios en los que viven, de las fiestas de ecuatorianos en el exterior, y nos recuerdan las maravillas de nuestro país. Pueden salir con cosas como: “¿saben si los blueberries son igual que los mortiños?”, “¡cómo extraño los mangos!”, o “miren esta foto del Coto”. ¡Ay, si tan solo los parlanchines de mi grupo serían menos “deditos calientes”!, me animaría a leer más seguido los mensajes. Las buenas vibras de los curuchupas, las recibo ya sin leer. Se que lo hacen de corazón. Los chistosos no saben cuántas veces me han hecho sonreír en plena fila del banco. Con lo curiosa que soy, confieso que muero de ganas de saber si el silencioso lee o no los mensajes. ¡Cuenten! Los consejeros son lo máximo, me han sacado de más de un apuro sin tener que ir a google. No importa si usted es un parlanchín, consejero, curuchupa, silencioso, prudente o imprudente, madrugador, amoroso, trasnochador, reportero, extranjero, consejero, despistado, vendedor, esporádico, religioso pasivo, hay que reconocer que esta aplicación nos une, nos saca de apuros, nos arranca muchas sonrisas y también nos enloquece. ¡Por suerte, existe la barita mágica: silenciar! Al menos así he sobrevivido a cinco grupos. Confieso que me muevo en varias de las categorías, dependiendo del tiempo y del genio. ¿Y, usted, con qué personajes se identifica?














