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¿Aló?, ¿Hablo con la señorita fulana de tal? Si una voz extraña le da sus nombres completos, no lo dude, ¡le quieren vender algo!
No sé ustedes, pero yo recibo al menos tres llamadas semanales. ¿Qué me ofrecen? Cenas para promocionar un servicio turístico, tarjetas de crédito, más velocidad en internet, más datos para mi celular, créditos pre-aprobados, y un sin número de ofertas que ya ni recuerdo. Esto de ser “cliente de excelencia”, ¡no es sencillo!
Mi asombro empieza desde la información que manejan y que se la repiten con una solvencia que asusta, hasta la energía y rapidez con que cuentan el cuento. ¿Será una grabadora o una persona?
Me he convencido, sin saber nada al respecto, que les pagan por número de llamadas realizadas. Solo así puedo entender el atropello de palabras. Aunque reconozco que la voz de la llamada de esta mañana, era un poco más pausada.
Al principio les escucho, eso sí, angustiada porque me parece que se ahogan. Menos mal, de pronto paran, justo cuando ya estoy pensando en qué hacer si se ahogan. Y, preguntan –en el mejor de los casos- ¿le interesa? O sino caen con un directo “desde el día de mañana le incorporamos el nuevo paquete en su celular”, o “la próxima semana le llega la nueva tarjeta de crédito”. Sin espacio a preguntas. Sin tiempo para entender “esas gangas” que ofrecen, por ser un “cliente gold”.
En ese punto, solo queda detenerlos con toda la firmeza del caso, sino la venta es inminente.
¿Cómo combatir esta invasión? Es que así me siento, ¡invadida!
Confieso que antes escuchaba toda la perorata sin chistar. Máximo alcanzaba a decir: “estoy en reunión, ¿puede llamar más tarde?”. Y es que como dicen, “tienen un ojo” para llamar en momentos inoportunos. Subiendo al taxi. Entrando a la reunión. Almorzando. Manejando. Entrando al baño. Supongo que el secreto de “la mejor hora” para llamar no existe. Debe ser una cuestión de suerte o muerte.
Una de mis tácticas es, un poco en broma, un poco en serio, interrumpir con una inocente pregunta como: “Señorita, ¿si está respirando?” ¡Es que van más rápido que la velocidad de la luz! Debe ser que mi diafragma no se contrae con la rapidez que lo hace el de un vendedor, por eso me llama la atención. En todo caso, la pregunta les descoloca. Les toma unos pocos segundos retomar el hilo de la venta. Allí usted puede medir la experiencia del vendedor, a mayor experiencia, más rapidez en volver al discursito.
Si tengo un poco de tiempo, escucho un poco más. Hasta llegar a la frase clave: “esta nueva tarjeta le permitirá….” Y, allí el diálogo se da así:
-Muchas gracias, no me interesa.
-¿Por qué?, ¿qué no le convence de esta nueva tarjeta?
-No necesito otra tarjeta, ni más cupo.
-¿Por qué?
Grrr…Deben saber que la paciencia no es una de mis principales virtudes, entonces me acuerdo de la frase de las mamás: “¡Porque no y punto!” ¡Qué ganas de contestarles así!
-Simplemente no tengo interés.
- Pero…
-Muchas gracias, no me intere…
-Tu...tu…tu
Ha cortado la llamada. ¡No ven que tiene que hacer otras doscientas llamadas para cumplir su meta del día!
Otra de las tácticas que he aplicado fue cuando me llamaron a ofrecer un servicio de un banco con el que nunca he tenido relación. Apenas empezó el discurso, le interrumpí al vendedor y le pregunté quién le dio mis datos. No supo contestar. Le aclaré que yo no había autorizado a ninguna entidad a compartir mi información. ¿Es legal que se pueda compartir bases de datos para que te llamen a cualquier hora a ofrecer cualquier servicio? ¿Alguien sabe? ¡Auxilio!
Obviamente, en esa ocasión, el proceso de venta terminó ahí. No se cerró la venta, lo que se cerró fue el teléfono.
Mientras escribo este artículo, pienso en otras formas de lidiar con esto y, no es mala idea empezar a interrogarles tal como ellos lo hacen. Preguntarles por ejemplo: ¿Cómo decidieron que yo sea un “cliente gold”? ¿Qué parámetros usaron? ¿Por qué no me ofrecen un cupo más alto? ¿Por qué decidieron llamarme justo a esa hora y no en la tarde? ¿Quién decidió pre-aprobarme un crédito que no solicité? ¿Por qué me invitan a mí a la cena y no a mi amiga X que le gusta viajar más? ¿Por qué no se enteraron que estoy a dieta? En fin…
Ya me he resignado a que las empresas tengan bases de datos de posibles clientes. Entonces he buscado otras fórmulas. Les escucho los primeros 20 segundos para asegurarme de que no es algo que pueda interesar. ¡Ven!, en el fondo pienso que una de estas sí me ofrecerán una “verdadera ganga”. Y si es una de las concebidas ofertas, entonces, interrumpo y me sincero:
“Señorita, si me llama para venderme algo, le ahorro tiempo porque no me interesa. Muchas gracias”. Esto les ha dejado sin palabras, solo cierran. ¡Bien amables son! Aunque no faltan los vendedores audaces que preguntan ¿por qué? ¡Grrr!
Estoy segura que no soy la única que no me adapto a esta moderna forma de ventas y, preguntando por aquí y por allá, he aprendido otros recursos que valen la pena compartirse.
Hágase el sordo: pretenda que no le escucha: ¿Puede hablar más alto? ¿Puede repetir su nombre? Esta pregunta formulada unas tres veces, seguro funciona. Dígale: no se le entiende nada.
Hágase el gringo: háblele en cualquier otro idioma. No me arriesgaría con el inglés porque cada vez más personas lo hablan y pueden intentar un diálogo con el que usted puede salir mal parado. Y, lo que es peor, aceptando “la ganga” en cuestión. Trate el arameo, el sánscrito, o hágase el árabe, Amjereamsarajututu.
Póngale en espera: si tiene ese típico tono “tararararan tara ran tara ran” con el que tantas veces nos dejan colgados en el banco, mucho mejor.
Hágale miles de preguntas, deje salir su lado creativo, diviértase un poco, interésese por el vendedor. ¿Desde cuándo trabaja para el banco? ¿A usted también le dan estas ofertas? ¿Cómo es su oficina? ¿Tiene hijos? ¿Hasta qué hora trabaja? Al menos así le arranca una sonrisa a una persona que debe tener un duro trabajo lidiando con clientes que no les gusta el telemarketing.
¿Se imaginan un trabajo así? ¡Ocho horas sentados! Un escritorio, una pared, un teléfono, una larga lista de llamadas, un colega en las mismas- a cinco metros de usted- y, un discurso repetido miles de veces en los últimos días.
Cuando pienso en ellos, sin duda prefiero ser la “cliente gold” que recibe las llamadas en los momentos más inoportunos pero que aún tiene la opción de cerrar y dedicarse a otras cosas. Ellos, los vendedores, cierran la llamada, para iniciar nuevamente el proceso y ¡ojalá con poco más de suerte!