Hace aproximadamente año y medio que bebía con una amiga tequila de la botella, mezclándolo en la boca con una botella de kas naranja que habíamos comprado en cualquier gasolinera entre nuestro origen —el camping del Sonorama— y el destino —el recinto ferial de Aranda de Duero—. No tengo muy claro cuál era nuestro objetivo aquella noche. Más bien parecía que habíamos decidido tácitamente revolver el fin y los medios para confundirlos y cumplir con el hecho de querer cumplir. Arrastrado por el increíble gusto musical de mi amiga y por una de mis ya clásicas borracheras eufóricas acabamos tirados en el suelo escuchando a un señor de voz extraña hablar sobre lo bueno y lo malo, la fama, la derrota, la decepción, la nostalgia de tiempos mejores... en definitiva, de todo aquello relativo a la belleza y el miedo (y el tiempo, claro).
Ese señor resultó ser Albert Einstein (que nooo) un tal Ricardo Vicente, zaragozano y uno de los protagonismo del xurdimento del pop alternativo en España. Poco después me adentré en su música, casualmente había sacado hacía menos de un año su “Hotel Florida”. Con él, tirando de la cuerda, no pude evitar caer en los brazos de La Costa Brava, y aunque a Fran Nixon ya le conocía a santo de Australian Blonde, también me dejó encerrado en “Lo Malo Que Nos Pasa”.
Ahora son la banda sonora de mis conflictos, de esas inmensas preguntas veguenses (o veganas), de mis triunfos y mis decepciones, de mis encuentros y desencuentos, y a su vez se convierten en una referencia indispensable para componer (lo poco y mal) que escribo, porque si hay un don en esta vida es la capacidad de hacer hermoso lo cotidiano (vid. Belle & Sebastian, regalo de partida de mi última relación, por cierto).
Y aunque en realidad para mí todo este Universo musical lo protagonizan Richy y Fran y no Algora, he de decir que El Niño Gusano fue para mí un antes y un después. En mi casa siempre se escuchó desde el rock más “mainstream” que cualquiera podía conocer hasta las cosas más rebuscadas y los estilos menos estéticos, lo cual contribuyó a que fuera un bicho raro en el colegio (que ya lo era de base, pero bueno). Mi casa era un “espacio seguro” en eso de escuchar música, que era para mí un elemento central de mi personalidad. La primera vez que me llaman “bicho raro” (con sorna y cariño, claro) fue precisamente cuando en mi casa descubrieron que me gustaba El Niño Gusano. Un antes y un después en mi crecimiento personal y musical.
El caso es que digo todo esto en realidad para hablar de algo completamente distinto. Pensaba estos días en “Amor bajo cero”, y en estas las líneas de Vicente
“Soy un superhéroe que transforma lo que ama en hielo;
pero un día al guionista se le olvidó que suelo amar bajo cero.”
Y yo qué sé, pienso en cómo la gente vincula el amor al verano (el verano del amor, mismamente) y en cómo no me veo reflejado en ese cliché. Para mí la estación del amor siempre ha sido el otoño (seronda, n’ast). El amor son jerseys de punto, paseos sobre la hojarasca, tomar chocolate caliente, tocarse y estar fríos, sentir pieses congelados y darse abrazos por necesidad ambiental. El amor está en esa luz tan tenue y fugaz del equinoccio.
También puede que sea yo el raro, pero he llegado a una conclusión bastante sana: si nadie más piensa como yo posiblemente sea el mundo entero quien esté equivocado.
En fin, para lo que da una borrachera tonta en un festival de verano.