(Antes que nada quiero decir que llevo mucho tiempo queriendo escribir este artículo, paso hace varios meses y me vine inspirando y guardando como borrador desde entonces)
Cuando realmente nos damos cuenta que en nuestros hombros cargamos metas/sueños, no hacemos más que, por inercia, instinto y fe, seguirlos.
Viejo es el tiempo cuando las cosas se nos plantean, para saber si realmente es una meta/sueño o un simple miedo sobrevalorado, que nos domina a los mas conscientes de la vida.
Se dio que un día en camino de ida hacia mi universidad, pasamos por un barrio realmente humilde, del cual se hace lo que se puede (a simple vista, quizás no se tiene mala vida ahí, solo es una vista muy superficial).
De paisaje un paredón de cemento, había una esquina que no transmitía más que inquietud, desconcierto, logró sacar a flote todos mis miedos y pensamientos que venía omitiendo… y no era más que un puesto de torta parrillera.
Este, constituido por agujeros en su parrilla improvisada con tachos metálicos, sin techo por si llueve, ni iluminación, solo dos sillas reclinables por si querían sentarse.
La inquietud no posaba sobre las posesiones de estos, sino en lo que daba vida a ese pedazo de chapa con fuego y masa. Era una pareja, un señor que podría contar con 36 y ella con 32. Y no, tampoco ronda el objetivo de este artículo en sus edades, ni en su aspecto… sino en su actitud.
Ellos se miraban y podría jurarles… el fuego no solo ardía en la parrilla, ellos tenían una chispa, tenían química y descansaban su cuerpo lo suficientemente cerca como para tener incluso el sencillo milagro del perfume del otro corriendo a la misma senda de la de uno. Se miraban de forma muy preciosa, sonreían… y estaban vendiendo comida en la calle. Yo pensaba “¡JA! Sonríen jajaja… jaja… ja. Sonríen…”
En efecto, eran felices, mi mente estalló en mil pedazos y todo tipo de pensamientos comenzaron a dispararse en mi mente como misiles. Unos cinco segundos tardé en comprender que ellos habían encontrado todo lo que pasamos la vida buscando… la felicidad.
Nos enseñan que tenemos que estudiar para ser alguien, que tenemos que tener buenas notas para ser más que otros, nos premian como un tipo de palmeada hacia el mejor se adaptado a un sistema educativo que enseña a máquinas, que si funcionan por debajo de 7 son obsoletas.
Nos enseñan que si no estudiamos no somos nada, que no encajamos, que estamos destinados a estar bajo la “jerarquía de…”, esta todo planeado para brindar objetos útiles y funcionales para un mundo que nunca se detiene. Que si no entiende matemáticas entonces “deberías ir por…” y si entiende historia “quizás esto no sea lo tuyo”.
Pasamos la vida con una idea en la cabeza:
“Mi familia no va a pasar hambre”.
Nos desgastamos en cosas que no nos gustan pero que nos aseguran un buen hogar, un plato todos los días para cada comida. Nos dormimos sin ver nuestros hijos crecer por trabajos exhaustivos que nos hacen sentir un poco mejor con respecto a nuestra vida. Se nos es alimentada la idea de que podemos ser pobres, miserables que podrían tener un techo de chapa con suerte. Nos dejan traumados con un futuro en el que nos llaman y nos dicen “amor… los nenes tienen hambre”, “señor… hace 5 meses no paga el alquiler. Si no lo paga en el próximo no me queda otra que echarlo”.
Nos muestran una vida en la que nadie triunfa, una trampa de la que se sale sin vida, rígido y sin valor. En el que tu auto salido este año, tu reloj y tus posesiones valen más que todo por lo que tu Vos de 8 años desarrollo durante mucho tiempo. ¿En serio no vale nada todo esto?¿Como llegan a inyectarnos estos miedos? Realmente yo me pregunto… ¿Cuándo pasó que dejé de ser una sonrisa curiosa para convertirme en una máquina miedosa?
Señoras y señores, esas personas sonreían, estaban felices. El señor vio que le pedían una tortilla al otro lado de la calle, su mujer la guardó bailando, le dio cambio, le dio un beso en el cachete y el señor corrió para llevar su pedido.
Y ¿qué tal si nos hablan de esto desde niños? De las sonrisas con luz propia y nos hacen crecer sin miedos, con hambre de comernos la vida a sonrisas priorizando nuestro bienestar; a creer en la vida y en la fortuna estemos donde estemos; a desarrollarnos como individuos con valor propio mas allá de que aparezcamos en el cuadro de honor o en la lista de gente para recuperar algunas materias. A no perder el foco, a continuar el rumbo sin importar cuantas piedras nos hayan dejado a carne viva las piernas. ¿Quién necesita teniendo un objetivo, que le digan que algo no es para él?
Dude de mi vida entera después de esto, de mi carrera, del tipo de familia que quería tener y de los valores que funcionaban en segundo plano en mi cabeza. Necesite meditar todo el viaje sobre esto. Y más allá de todo, mi equilibrio se encuentra en la carrera en la que curso, pero sé, que deje otras carreras atrás de estas. Y ¿Saben qué? Algo voy a hacer con ellas mientras esté en mi carrera o cuando la termine, me niego a ser una sola cosa, habiendo sueños y tendencias de físico, psicólogo, escritor y músico en mi cabeza. Me niego a ser un material uniforme, quiero ser irregular, estar lleno de vida y poder decirles a mis hijos que aparte de ellos… dediqué toda mi vida a mis sueños, a mis metas.
Quiero irme habiendo mirado a mi familia los ojos y gritarles: Fui feliz.