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La última tanda del día💜
Porque es absurdo y genial
Tú en coche oficial, yo en tranvía
En mi walkman empieza a sonar una de Los chikos del maíz, pero cambio rápidamente de canción. No estoy de humor para escuchar sobre revoluciones y comunistas. Empieza a sonar Mi novia es de derechas, y es cuando decido que es mejor quitarme los auriculares. La gente me empieza a mirar raro, aunque no me extraña. Ayer mismo estaba en la tele, pidiéndoles a todos ellos que no olviden los casos de la corrupción, y aquí estoy ahora, yendo en un tranvía zarrapastroso que pago con el dinero de los contribuyentes. Apoyo la frente contra el cristal, que está frío como el corazón de Soraya Sáenz de Santamaría, y oigo las gotas chocarse contra él. Hace un día frío, gris. El cielo está triste, como yo.
Suspiro y dibujo un círculo de vaho en el cristal. Se me ocurre dibujar una flor, una rosa, como la de… él. Oh, Pedro. ¿Por qué me has abandonado así?
Anoche gané el debate, sí, pero perdí al hombre de mi vida. Llamé a la puerta de su camerino varias veces, pero no obtuve respuesta. Albert pasó para decirme que ya se había marchado, pero no me dijo con quién. Sentí el corazón frío, y rápidamente salí corriendo hacia la puerta para ver cómo estaba a punto de subirse al coche.
— ¡Pedro! – lo llamé, desde la distancia. Él se giró para mirarme con frialdad. – Pedro, yo…
— No, Pablo, déjalo – sonrió levemente, como siempre hacía en los debates cuando no tenía ni puta idea –. Ya ha quedado todo muy claro ahí dentro.
— No quería llamarte vendido. Yo sé que eres muy auténtico – le sonreí y cogí su muñeca, aunque nos estuvieran observando los seguratas. “bueno”, pensé, “estos ya habrán visto de todo”.
— Déjame. Vete con Albert.
Se zafó de mi agarre y se metió al coche. Pedro me había mandado a pactar, como si fuera yo una lacra molesta. Bueno, lo cierto es que lo era (y lo sigo siendo), pero tampoco es para ponerse así.
— ¡PEDRO! – grité con la fuerza de Penélope Cruz en los Óscar.
Y cuando bajó la ventanilla para mirarme una última vez, lo vi. Allí estaba él.
Rajoy.
Me fijo en los coches que pasan por mi izquierda, pero es como si no los viera. De pronto un mastodonte negro se cierne sobre el pequeño tranvía, que ya está para el arrastre, y veo una banderita de España en la carrocería. No puede ser…
El resto de pasajeros también se fijan en el coche. Una señora se apresura a sacar una alcachofa para tirársela a Rajoy, y otra saca un boli para que le firme en las arrugadas carnes algo bonito. Pero no, yo sé que no es Rajoy…
Es él.
Me levanto y tiro el carro de compra de otra mujerzuela, que me grita improperios a la vez que promete quitarme la denuncia si le digo mi marca de champú.
— Ese secreto se irá conmigo a la tumba, señora.
— MACHISTA OPRESOR.
El coche se adelanta al tranvía y se pone en mitad de la vía. El conductor pega un frenazo que casi me arregla la dentadura, pero no me importa. Acciono el stop de emergencia y las puertas se abren frente a mí. Miro a ambos lados y veo a Pedro, bajo la lluvia, más guapo que nunca con una gabardina negra.
— Pedro… - digo, sin poder evitar sonreír. Vacilo antes de dar unos pasos hacia él.
— Pablo, yo… Lo siento, no sabía lo que hacía. Rajoy me sedujo con una mariscada gallega y…
— Calla. No hables, que sube el pan.
Es entonces cuando me lanzo a sus brazos, ante la atónita mirada del conductor (le sangra un oído, puede que debiera llamar a la ambulancia), las señoras y sus carritos, y nos fundimos en un beso que pasará a la posteridad.
— ¿Ves, Pedro? Te dije que juntos podemos.
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