Dejada de lado la filosofía, o más bien, dejada fuera de combate, subsiste la paradoja: que la elección se incline hacia el to be antes que hacia el not to be, por parte incluso del que ha tomado conciencia de la insignificancia del to be, de su carácter irrisorio. Paradoja ilustrada por los personajes de Samuel Beckett, atrapados en los hielos de la muerte sin llegar a morir por ello. Se observa fácilmente, en Beckett, la reducción de todo ser vivo al estado de parálisis, el estado de muerte en interminable espera, sin darse cuenta siempre de que al final la ventaja le corresponde, no a la muerte, sino a la vida: lo más sorprendente no es que los hombres sean unos seres vivos ya atrapados en la muerte, unos vivientes-muertos (eso no es más que una trivialidad filosófica), sino más bien unos muertos-vivientes. Beckett no es un poeta de la muerte, sino de la vida, de la vida continuada en el seno mismo de la muerte, como dicne las últimas palabras de El Innombrable:"Hay que continuar. Voy a continuar". Y, sin embargo, es un cadáver quien habla. Sigue viviendo, aunque cercado por la muerte, como el Marcelo de Virgilio: At nox atra tristi caput circumvolat umbra -y, sin embargo, una noche negra rodea su cabeza con su sombra triste.