-Camina tranquilamente por las calles de Ginebra y se detiene delante de la cafetería, bastante curiosa. Repentinamente, una chica aparece de la nada, chocando con ella y una oleada fresca le invade la cara junto con un olor… dulce. Parpadea varias veces sin creérselo todavía-. ¿Qué acaba de ocurrir? Oh, vale, dime que no estoy llena de batido de… lo que sea -suelta sorprendida-. No me digas que te voy a tener que pagar otro, eh… Que soy pobre.
Movió la nariz en un gracioso gesto, como lo suelen hacer los ratones y suspiró con cansancio. Ahí iba su hermoso batido. Ni hablar —¿Te lo resumo? Básicamente tropecé contigo, te eché mi malteada y te hice un nutritivo y delicioso monstruo de fresa. Pero oye, sabe bien incluso en ti, si tuvieras la lengua más larga podrías tomártelo—Se lo aseguró con una sonrisa, sin importarle que nada de lo que decía tenía mucho sentido.—La culpabilidad acaba de azotarme, me siento mal. ¿Quieres regresar por uno? Pero no en tu cara, en un vaso y con popote—Sonrió.











