Nahui Ollin: cuando un diseño sobresaliente no basta para ser popular
En 2019, ocho años después de Aquelarre tercera edición, Ricard Ibáñez presentó un nuevo juego: una especie de continuación espiritual de Aquelarre. El juego en cuestión es Nahui Ollin, ambientado en las culturas mesoamericanas y la conquista de América. Manteniendo cierta continuidad de trasfondo con Aquelarre, aquí la América indígena es una tierra de chamanes, magia y animales fantásticos, mientras que los conquistadores españoles son intrusos que llegan a enfrentarse a un universo completamente nuevo de maravillas y horrores. Podríamos divagar largamente sobre la dimensión sociológica (y hasta política) de un juego con esta mirada, pero prefiero detenerme en otro aspecto que me parece clave: Ibáñez ajusta las mecánicas de Aquelarre para adaptarlas a este nuevo escenario y, de algún modo, quizá en sintonía con los tiempos actuales y con nuevas ideas sobre el diseño de juegos de rol, realiza una simplificación del sistema porcentual que, a mi parecer, se convierte en una mejora sustantiva. Sobre todo en lo que vengo señalando: la coherencia entre las mecánicas y el trasfondo narrativo.
La diferencia se nota desde la creación de personajes. En Nahui Ollin, si el oficio del personaje está relacionado con la acción que intenta realizar (y el director de juego considera pertinente aplicarlo), se suma un modificador de +20 a la tirada. Es una regla sencilla, pero poderosa: convierte el trasfondo en mecánica activa. El personaje no solo tiene una historia; esa historia influye directamente en lo que puede hacer. En Aquelarre, en cambio, los elementos de trasfondo (clase social, lugar de origen, profesión) enriquecen la narrativa, pero no afectan las tiradas ni el sistema. La ficha y la historia van por caminos paralelos.
Además, Nahui Ollin introduce los Puntos de Aventura (PA), que permiten modificar tiradas, introducir elementos narrativos o cambiar el rumbo de la escena. Esta mecánica entrega agencia narrativa, reduce la dependencia del azar y refuerza la coherencia temática. El sistema no solo te permite interpretar un personaje, sino que te recompensa por hacerlo en sintonía con lo que ese personaje es y representa.
El combate también muestra una evolución. Aunque ofrece variedad táctica (ataque preciso, poderoso, finta, remate), lo hace con modificadores simples y sin sobrecargar la experiencia. No hay localización de daño ni cadenas de penalizadores complejos. La tirada de ataque sirve también para determinar el daño, aprovechando la tirada de d100 de forma práctica. El resultado es una dinámica más fluida y menos técnica que en Aquelarre, donde el combate puede volverse lento y pesado.
La mecánica de Entereza en Nahui Ollin es igualmente más útil y práctica en mesa. Tanto los puntos de vida como los puntos de Entereza (una suerte de equivalente a la cordura en otros juegos) se vuelven más fáciles de gestionar al tener valores fijos de 20 y 15 respectivamente. Esto permite una lectura inmediata del estado físico y mental del personaje durante la partida.
Creo que, con el tiempo, varios diseñadores han aprendido estas lecciones. La mecánica y las reglas deben estar en sintonía con lo que el juego promete: con su trasfondo, con su atmósfera y con el tipo de experiencia que busca generar. Tiene que haber coherencia entre lo que el personaje puede hacer, lo que es y lo que quiere lograr. Lo narrativo, lo interpretativo y lo mecánico deben trabajar juntos, para evitar que los personajes terminen pareciendo superhéroes con trajes distintos (independientemente del juego).
No se trata de tener más o menos reglas, sino de que esas reglas estén al servicio del objetivo temático. Además, disminuir la aleatoriedad excesiva ayuda a que las características del personaje tengan un peso lógico y narrativo más claro en el desarrollo de la aventura, algo que suele perderse en los sistemas porcentuales. Cuando el sistema refuerza lo que el juego quiere contar, la experiencia se vuelve más rica, más coherente y más memorable.
En ese sentido, Nahui Ollin se inscribe en una línea que muchos juegos del siglo XXI han comenzado a seguir: la de alinear mecánica y narrativa. La armonía entre reglas y atmósfera ya no es un lujo, sino una necesidad para generar experiencias significativas. Y aunque su recepción fue discreta, su diseño deja una lección importante: la atmósfera no se sostiene solo con trasfondo, sino con sistemas que la acompañen, la potencien y la respeten. Autor: Alexis E.









