Creo que estoy cerrando esta faceta mía y por eso debo hacerlo como se debe, con una carta para ti, se que algún día volverás por aquí y por si llegas a leer esto quiero que sepas que te estoy muy agradecido, que lo hice con mucho amor y dedicación para ti.
Gracias y ojalá te guste:
"He pensado en ti estos días con una terquedad que ya no sé si nace del cariño, de la costumbre o de esa forma extraña en que ciertas ausencias se nos quedan viviendo adentro. He pensado en ti como se piensa en la lluvia cuando el cielo todavía no se rompe, como se piensa en una herida que ya cerró, pero que a veces, vuelve a doler. Me pasa siempre que no estás. Siempre. Hay en tu ausencia una manera de instalarte más hondo, más nítida, más irrevocable en mi pensamiento. Como si al irte no te fueras del todo, como si dejaras una sombra tuya sentada en algún rincón de mí, respirando en silencio.
Y, sin embargo, hay algo en esa distancia tuya que también me tranquiliza. Desapareces cuando estás bien. Te borras del mapa cuando la vida, por una vez, no te está despedazando. Y eso, aunque suene triste, me da una calma rara, una especie de alivio humilde, casi secreto. Porque entonces sé que estás sobreviviendo lejos del dolor, lejos del derrumbe, lejos de esa versión tuya que vuelve cuando todo se incendia. Lo sé con una certeza tan brutal que a veces hasta temo tu regreso. Temo verte aparecer de nuevo, temo tu nombre encendiéndose en mi pantalla, temo la señal de tu retorno como se teme el primer trueno después de una noche demasiado quieta. Porque si vuelves, si irrumpes otra vez en esta orilla, significará que algo se rompió allá donde estabas. Significará que el mundo volvió a tratarte mal. Y hay pensamientos que no llegan solos: traen detrás una catástrofe.
He pensado en ti y no sé cómo dejar de hacerlo sin sentir que te traiciono. No sé cómo desalojarte del pecho sin que parezca abandono. No sé cómo desprender tu nombre de mis horas, cómo impedir que mi mente te siga llamando en voz baja, casi sin querer, casi como quien reza por alguien a quien ya no le pertenece. Porque eso es lo más difícil: no invocarte. No convertir el recuerdo en una especie de ritual oscuro. No hacer de mi pensamiento una puerta entreabierta por donde tu tristeza pueda regresar y sentarse conmigo como si aún le debiera refugio.
Quisiera aprender a pensarte sin retenerte. A quererte sin reclamar nada. A dejarte libre incluso de esta melancolía mía que a veces te rodea sin tu permiso. Porque también hay una forma de egoísmo en entristecerse por alguien, en abrazar tanto su dolor que uno termina confundiéndolo con algo propio, como si sufrir por el otro fuera una manera de permanecer. Y yo no quiero eso. No quiero apropiarme de tu tristeza, ni hacer de ella una reliquia íntima, ni vestirla con mis palabras para sentir que todavía puedo tocarte de algún modo.
Quisiera, más bien, que todo lo oscuro que alguna vez te habitó se volviera algo leve. Que tu pena, esa que tantas veces te arrancó del mundo y te devolvió hecha silencio, encontrara por fin una salida distinta. Quisiera no pensar en ti desde la herida, sino desde la esperanza. No desde el miedo de que regreses rota, sino desde la paz de imaginarte entera en alguna parte, respirando sin peso, viviendo sin naufragio, sonriendo quizá con esa clase de sonrisa que no avisa, pero salva.
He pensado en ti, sí, pero no como quien quiere traer de vuelta un fantasma, sino como quien mira una puerta cerrada y desea, con toda la ternura que le queda, que detrás de ella haya luz. Y ojalá, de algún modo que no comprendo, pudiera dejar de pensarte precisamente para cuidarte. Soltarte incluso de mi memoria. Desatarte de esta insistencia del alma. No llamarte más. No rozarte más con esta tristeza que no te corresponde. Y que, allí donde estés, todo aquello que alguna vez fue sombra en ti termine, por fin, convertido en felicidad."