Don Quijote regresa
Ficción
(Don Quixote por Pablo Picasso, 1955)
Alonso Quijano salió confundido del psicólogo. Las respuestas que esperaba no fueron suficientes y la terapia lo estaba volviendo un ser demasiado racional como para poder sobrevivir allá afuera. No quería volver, prefería seguir aferrado a su biblioteca, esa a la que el terapeuta le había recomendado deshacerse.
Afuera, en el auto, lo esperaba su fiel amigo Sancho Panza.
-¿Cómo te ha ido?-, le preguntó.
-“Aún entre los demonios hay unos peores que otros, y entre muchos malos hombres suele haber alguno bueno”-, respondió casi en un susurro.
Sancho encendió el viejo auto de Don Quijote y se puso en marcha a la casa. El día estaba en sus últimas horas y el humor de su amigo no era el mejor. En absoluto silencio comieron un potente guiso de lentejas que templó el espíritu de ambos y luego, Quijano se internó en las oscuras esquinas de su biblioteca. Sentía una opresión en el pecho que le hacía difícil la respiración, pero estaba convencido que aún le quedaba algo muy importante por hacer. Su destino estaba marcado.
Mientras intentaba conciliar el sueño, Sancho vio pasar corriendo a Don Quijote, que se subió a la mesa del comedor, apoyó la pierna izquierda en la silla y proclamó: -“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”-.
Claramente la terapia no está dando resultados, pensó Sancho.
Con los brazos en alto y la mirada perdida, un mal movimiento hizo que Don Quijote cayera ruidosamente al piso. Sin lamentos se volvió a poner de pie, corrió al teléfono y llamó a Dulcinea: -“El amor ni mira respectos ni guarda términos de razón en sus discursos, y tiene la misma condición que la muerte: que así acomete los altos alcázares de los reyes como las humildes chozas de los pastores, y cuando toma entera posesión de una alma, lo primero que hace es quitarle el temor y la vergüenza”-, le dijo en un tono épico.
El fiel Sancho Panza lo comprendió todo. Aunque no conocía qué era precisamente lo que había leído su amigo, sabía que era momento de emprender la aventura, de salir al encuentro del mundo, de enfrentar los más antiguos temores y demostrar la capacidad de un hombre para soñar.
Don Quijote y Sancho se abrigaron y salieron a la oscura noche. Se subieron al auto. No tenían muy claro donde iban, pero una fuerza superior los movilizaba. En la calle, unas pocas luces de insomnio permanecían prendidas, pero todo era silencio. Tras andar unas pocas cuadras, un único cartel luminoso los despidió. Este decía: “Municipio de La Mancha, apostando por una energía limpia”.
Hacía muchos meses que no abandonaban el pueblo, quizás años. A los pocos kilómetros de andar, unos seres imponentes los sorprendieron. Eran grandes, muy altos y con enormes brazos. Eran 100, 200, mil; imposible saber la cantidad.
A Don Quijote se le aceleró la respiración. Como un relámpago que rompe la oscuridad, se le vino a la mente y a su corazón toda la historia de su vida, de su familia, de su linaje.
-¿Los has visto, Sancho? Están de vuelta y han evolucionado.
Sancho Panza lo miró incrédulo. –¿No son molinos de viento?, le preguntó.
-Es algo mucho peor, Sancho, los conozco bien.
Don Quijote se bajó del auto. Sancho Panza intentó persuadirlo de que no cometiera una locura, pero fue en vano. El hidalgo, heredero de una centenaria tradición de caballeros, sacó un cuchillo y corrió con todas sus fuerzas para enfrentarlos en fiera y desigual batalla.
Juan Pablo Da Costa.
(Cuento para el concurso “¿Qué haría hoy Don Quijote con los molinos?” de www.zendalibros.com)


















