¡Bienvenidos al primer fanzine latinoamericano de Voltron: Legendary Defender!
Artistas y escritores nos hemos reunido para rendir tributo a los personajes de Voltron, con diez ilustraciones y diez escritos dedicados a cada uno de ellos: Shiro, Keith, Lance, Pidge, Hunk, Allura, Coran, Zarkon, Haggar y Lotor, cada uno en su estilo personal.
Si quieren saber, sí participé en esta revista ♥ Mi escrito es el de Allura, pero de todas formas, ¡fue todo un honor haber participado en este proyecto ☆! ¡Espero que lo disfruten!
▶ Siento que soy como la chica rebelde que sube las cosas cuando le da la gana, ¡pero les juro que no es así! Esto está atrasado cuatro días pero estaba (estoy) en medio de mis exámenes y el prompt me llamaba mucho la atención. En realidad no sabía cuál era mi trope (o tema recurrente) favorito, ya que soy extremadamente débil por el enemies to lovers ¡y el libro ya se trataba de eso! Así que, como con una amiga habíamos estado últimamente bastante metidas viendo varios artist!AU de otros fandoms al cual pertenecemos, decidí hacer algo parecido. De todas formas, sigue siendo un universo alternativo que encuentro jodidamente precioso ♥
▶ Hace tiempo que no trataba de hacer fluff, fue todo un reto, haha.
▶ Remember that it is a spanish fanfic. Someday I will able to write decently in english. I’m working on it ☆
Words: 1602
Otros días (COC): Día 1 | Día 4
Día 7: [Your favorite trope] → artist!AU
Lo único que interrumpía el silencio en la habitación de Simon era su constante tarareo de la canción Somebody to Love de Queen, mientras se hallaba sentado frente a su atril dando brochazos con acrílico sobre el lienzo a diestra y siniestra. El aire estaba tibio por ser pleno verano y, aunque tenía la ventana abierta, de igual forma el calor reinaba entre las cuatro paredes. Es por eso que Snow había decidido quitarse la camiseta y pintar en tan sólo jeans, a pesar de que eso significaba que su torso y brazos se encontraban adornados no sólo con lunares, sino que también con manchas de acrílico de diversos colores. Cada vez que el chico dejaba volar su imaginación, el lienzo no era lo único que recibía los brochazos de pintura.
Simon era un verdadero desastre pintando, pero no por eso sus obras dejaban de ser espectaculares. Trasmitían una vibra inusitada, una energía que era difícil detallar a base de palabras. No importaba si sólo trataba de reproducir la vista de la ciudad que tenía desde la ventana de su departamento o si deseaba realizar algo más abstracto, sus creaciones siempre tenían una parte de él inmiscuido en cada uno de los trazos. Por ende, mancharse los dedos y el rostro con pintura a causa de su falta de orden era un costo demasiado pequeño en comparación al resultado final, y seguramente si fuera más meticuloso sus cuadros no serían lo mismo. Baz, aunque nunca lo había mencionado en voz alta, le fascinaba verlo pintar: sus ojos azules brillaban como si tuviera estrellas en su interior cada vez que se detenía a pensar en cómo continuar, y su rostro concentrado pasándose la lengua por el labio inferior resultaba tremendamente atractivo.
Baz no era experto en el dibujo ni mucho menos en la pintura, pero de vez en cuando le gustaba tomar prestado las acuarelas de su novio y tratar de representar lo mejor que podía los paisajes que le gustaban basándose en sus recuerdos. A veces, mientras Snow estaba en lo suyo, pintaba el bosque que rodeaba su casa de Hampshire, las luces nocturnas de Londres o el Gran Prado de cuando estudiaban en Watford. Incluso a veces detestaba no tener el talento de Simon, porque así podría trazar su bella imagen de cuando estaba inclinado sobre su block de dibujos o sobre sus lienzos con una sonrisa de oreja a oreja tallada en su rostro.
(Aunque para eso existía la fotografía. Por eso también, y de forma muy disimulada, le sacaba fotos con su celular para ponerlas de fondo de pantalla).
De un momento a otro Simon dejó su pincel dentro de un vaso con agua y se desperezó, haciendo tronar su cuello. Baz al oírlo levantó la vista, y al observar que el chico admiraba con emoción lo que fuera que estuviese pintando, alzó una ceja con curiosidad. Ya llevaba un tiempo echado sobre la cama de Snow practicando con las acuarelas (lógicamente cerciorándose de no ensuciar el cubrecama con agua), así que lo más seguro era que Snow ya había realizado un gran avance de su cuadro durante ese tiempo. Baz dejó el block con los indicios de un arrebol a un costado y gateó sobre el catre, acercándose a su novio para poder llamar su atención y averiguar qué tipo de corriente artística estaba siguiendo en ese momento.
“¿Qué estás pintando ahora, Simon?”
El aludido inclinó el tronco hacia un costado para encontrarse con los ojos grises de Baz, y le sonrió radiante. En su mirada había un brillo de orgullo y entusiasmo que no se molestó en ocultar.
“Ven a verlo por ti mismo.”
Baz parpadeó y se puso de pie, caminando hasta posicionarse a un costado de su pareja. Al observar la imagen que el lienzo exhibía, se quedó sin palabras y sintió que el corazón le daba un vuelco.
Era él. No era un retrato exquisitamente detallado, pero en el dibujo se podía ver claramente a Baz sentado de piernas cruzadas sobre la cama de Simon, con la cabeza gacha sobre un block apoyado en sus muslos, un pincel en su mano, la expresión pensativa, con el cabello negro cayéndole sobre las mejillas y con unas cuantas acuarelas sobre el velador. El chico observó a Simon anonadado, no siendo capaz de asumir que lo había estado pintando durante todo este tiempo sin que él lo notara.
Simon pareció adivinarle el pensamiento, ya que se carcajeó divertido.
“Si tú me sacas fotografías cuando no me doy cuenta, yo bien puedo pintarte cuando tú no te estás dando cuenta.”
“¿Lo sabías?” preguntó sorprendido.
“La tienes de fondo de pantalla en tu celular, Baz.”
Baz abrió la boca para salir a su defensa, pero al no poder decir nada simplemente dejó escapar una risa ahogada. A la mierda, lo había atrapado. Y doblemente. Echó nuevamente un vistazo rápido al cuadro y, con los labios fruncidos por una alegría vergonzosa, se agachó para poder posicionar su frente sobre la de Snow.
“¿Te gusta?” susurró Simon, observando fijamente los párpados cerrados de Baz y su sonrisa tranquila.
“Me encanta.”
Simon se sintió a gusto, contento por el apoyo silencioso que Baz le entregaba cada vez que él deseaba pintar. Quizás el chico no era un experto en arte de la pintura —él estaba más inclinado a la música y la pasión por su violín— y no podía darle opiniones más allá de lo que le transmitía o si le gustaban, pero de todos modos siempre estaba allí, acompañándolo u observándolo con interés. La expresión artística de Simon se potenciaba al doble cuando sabía que su novio estaba cerca, regalándole una leve sonrisa cada vez que levantaba la cabeza del lienzo o de sus acrílicos.
Era su musa aunque, por Merlín, sonaba tremendamente vergonzoso.
Snow aprovechó la cercanía de ambos para echarle los brazos al cuello y tratar de acercarlo. Baz trató de poner resistencia y él, insistiendo, comenzó a acariciar con sus dedos llenos de pintura las mejillas de Baz.
“No, no hagas eso,” rio Baz en vano. Aquella era una mala manía que tenía Simon, y gracias a ello, siempre que el chico finalizaba alguna obra siempre ambos terminaban con acrílico adornando sus cuerpos, “que vas a mancharme.”
“Demasiado tarde.”
Dicho eso, lo besó. Simon tenía un ligero olor a pintura, la misma que se hallaba salpicaba en su pecho tibio, sus brazos dorados, sus manos firmes y ahora en los pómulos y dedos de Baz. Al separarse se encontraron sin aliento, y Simon aprovechó para mirar su nuevo cuadro y a su novio sonrojado. Sus labios dibujaron una pequeña sonrisa y, pintando su índice con un poco de acrílico azul, se la pasó a Baz sobre la nariz con cariño.
“Oye, Baz,” murmuró quedo, notando que Baz fruncía el ceño resignado ante la nueva mancha que adornaba su bonito rostro, “te gustaría… ¿quieres ser mi lienzo?”
“¿Tú qué?”
No le respondió. Nuevamente le estaba besando.
“¡Por Crowley, Simon, me haces cosquillas!”
“Si te mueves no podré terminar y me quedará horrible, amor.”
Baz soltó un bufido, pero de igual forma de echó su cabeza hacia atrás apoyándose en la almohada y levantó el brazo para jugar con uno de los rizos que adornaban la frente de Simon. Ambos se encontraban echados sobre la cama y sin camiseta, con Simon acostado sobre el cuerpo de su novio mientras se encargaba de pintar tiernamente sobre su pecho una versión rápida de La noche estrellada hecha con temperas, para que fuera más fácil de quitar con un baño. Los movimientos del pincel sobre la piel de Baz le generaban cosquillas y se removía cada tanto, pero de igual forma se dejaba con tal de ver de cerca el rostro ensimismado de Simon mezclando azules, blancos y amarillos sobre su persona. En un principio le había parecido una propuesta sinsentido, pero allí estaba, aceptándola igualmente.
“Ni siquiera entiendo por qué dejo que me hagas estas cosas.”
“Pues porque me amas, ¿por qué si no?”
“Me voy a mover,” le amenazó con burla.
Snow le sacó la lengua y continuó con su labor. Él, por su parte, se encontraba embelesado observando el pecho grisáceo de Baz luciendo los tonos fríos de la famosa pintura, subiendo y bajando a causa de su respiración y con el silencio en su habitación como única compañía. Los abdómenes de ambos se rozaban, y aunque el calor dentro de la habitación provocaba que incluso la piel de Baz estuviese a temperatura ambiente, a Simon no le importaba. No cuando tenía a alguien perfecto como Baz a su lado, dejándose acariciar por las finuras de sus trazos y las cerdas de su pincel mientras arrastraba los colores, convirtiéndolo en el mejor lienzo que jamás pensó que podría tener.
“¿Me estás convirtiendo en una obra de arte?” preguntó este con la ceja alzada, desviando su mano desde el cabello de Snow hasta acariciar su barbilla con el dorso.
Simon recargó su rostro hacia la mano de Baz, rozándola con los labios. Acto seguido, y abandonado el pincel sobre algún lugar de la cama, se dejó caer sobre el cuerpo del chico apoyando su mejilla sobre su pecho, justamente por debajo de donde el último esquema de azul con negro tomaba lugar. Sintió como el brazo de su novio lo rodeaba por lo hombros y él cerró los ojos, pensando que ni con sus mejores capacidades artísticas podría crear algo más hermoso.
La noche estrellada seguía subiendo y bajando ante cada exhalación.
“Tú ya eres una obra de arte, Baz.”
Simon era un artista. Sin duda podría reconocerlo.
▶ ¡Otro fic para la @carryon-countdown! En teoría debí haber subido esto hace dos días (el día original del prompt) pero la universidad no me dejaba terminarlo. Aunque luego de haber escrito +3k y no haber dormido nada anoche con tal de verlo concluido, me daba penita dejarlo pasar.
▶ Remember that it is a spanish fanfic. Someday I will able to write decently in english. I’m working on it ☆
Words: 3510 ☂
Otros días (COC): Día 1
Día 1: [Rainy day / Día lluvioso]
A Baz no le agradaban los días de lluvia. Pero no era que los detestara en sí: solía disfrutarlos como nadie en su hogar en Hampshire, escuchando el repiquetear constante de las gotas contra el ventanal de la biblioteca y los pasos de su padre tras la puerta —seguramente con las hombreras húmedas, rocío atrapado entre las canas y una taza de café bien cargado firmemente sujeta entre sus manos callosas— mientras se preocupaba de acariciar las cuerdas de su violín en una melodía pausada.
Lo que Baz odiaba eran los días de lluvia estando en Watford. Y su disgusto empeoraba si el clima pluvioso decidía permanecer tiñendo el cielo de gris durante un fin de semana completo, porque eso significaba que debería quedarse en la habitación si quería evitar terminar con un resfriado, y que Simon Snow estaría atrapado entre las mismas cuatro paredes si también deseaba evitar obtener el mismo resultado.
Comúnmente Baz no debía preocuparse de pasar demasiado tiempo con él en el cuarto que compartían desde hace años, porque Snow pasaba más afuera que adentro incluso los días en que no les correspondía tener clases. O estaba en alguna misión matando pobres criaturas por órdenes sinsentido del Hechicero, o pululaba por la vasta extensión de la escuela siguiendo como idiota a su amiguita Bunce, regresando sólo para ignorarlo, ducharse y acostarse dándole la espalda; a pesar de que siempre terminaba volteándose entre sueños. Por su parte Baz tenía entrenamientos de fútbol los sábados y Snow rara vez se aparecía en la cancha —a veces venía a jugar de portero, pero siempre cerciorándose que el más alto no estuviese dispuesto a participar también. El chico trataba de ahorrarse peleas que posiblemente terminarían en patadas no precisamente dirigidas al balón—, y los domingos simplemente se echaba sobre su cama con algún libro sabiendo que el Elegido andaría por ahí en algún lugar de Watford jugueteando con su espada o tragando sus benditos bollos de cereza de forma despreocupada. Así las cosas eran sencillas, porque sus sentimientos sólo se desatarían durante las noches al darse su pequeño lujo oculto de observarlo dormir y podría mantener su corazón controlado el resto de las horas al tener la fuente de sus emociones lejos de su vista.
Pero los días de lluvia eran diferentes, ya que Simon Snow estaba las veinticuatro horas a menos de dos metros y era difícil no sentirse incómodo si cada dos segundos quería ponerse de pie y besarlo quizás no bajo la lluvia, pero teniéndola como un susurro que otorgaba la atmósfera precisa. Como ahora, que el chico se encontraba con el rostro volteado y la vista adormilada pegada a la ventana, apoyado en el alféizar y sin hacer ningún movimiento. Parecía que estuviese esperando un milagro para que el sol resurgiera entre las gruesas nubes y le iluminara sus rizos de bronce y los lunares de la mejilla. Se notaba aburrido y realmente debería estarlo, tomando en cuenta de que estaba acostumbrado a convivir con una vida ajetreada con escasos momentos de paz.
Baz tragó saliva.
Para él tener a Simon cerca durante tanto tiempo era como estar conviviendo con un incendio justo cuando afuera el agua se mezclaba con el barro cerrándole el camino, sin darle la oportunidad de escapar. Snow estaba allí respirando a tan poca distancia, tan a su merced, con los brazos cruzados y estando ajeno a todo que Baz sólo podía pensar en que no sería Simon el que explotaría, si no que él.
Es por eso que, contrario a todas sus convicciones, decidió salir. Irse de la habitación, tomar aire, dar una vuelta, correr a las húmedas catacumbas y esperar a que la temperatura ambiental enfriara su cabeza. No bebería sangre de las ratas ni por si acaso, ya que le desagradaba tocar a esos animales cuando estos tenían el pelaje mojado (agradecía el haber bebido una generosa cantidad el día de ayer al sospechar de la venida del mal clima durante el fin de semana, así no se sentiría desesperado por un par de días y no tendría que ensuciarse innecesariamente las manos).
Sólo quería un tiempo a solas, o con su madre. A la mierda las gotas que caían del cielo, contrario al fuego estas no le hacían nada y por algo existían los paraguas. Era su única alternativa.
Dejó el libro en el cual había estado tratando de concentrarse —a pesar de haber leído tres veces el mismo párrafo— sobre el catre y se levantó dirigiéndose a su armario. Allí rebuscó en la orilla del mueble a un costado de donde guardaba su abrigo, hasta hallar su paraguas negro: de esos largos que eran más parecidos a un bastón que a otra cosa y no eran para nada cómodos de transportar, pero, por Crowley, eran jodidamente elegantes y sobrios. Se abrigó sin emitir una palabra y, antes de marcharse cerrando la puerta tras así, echó un rápido vistazo sobre su hombro no comprendiendo muy bien el por qué. Había sido tan sólo un impulso. Se halló con que Snow había cambiado de posición quitando su atención de las caritas felices que estaba dibujando sobre el vaho, y ahora lo miraba fijamente con el ceño levemente fruncido.
No obstante, no salió tras él ni le cuestionó adónde iba como generalmente lo hacía. Baz le agradeció mentalmente por ello y dejó que la brisa de lluvia calmara sus emociones.
Caminó de vuelta a la habitación más o menos unos cuarenta minutos después, luego de haber bajado a las catacumbas tal y como lo había planeado. Había conversado con su madre desahogándose y comió de una manzana que había echado en el bolsillo de su abrigo junto a su varita. Habría estado más tiempo si no fuera por el frío que calaba hasta los huesos, y por el hecho de que había comenzado a dolerle la punta de la nariz congelada. De todas formas se devolvió a paso lento, dejándose llevar por el perseverante repiqueteo sobre su cabeza de las gotas contra la tela de su paraguas, recordándole sus tranquilas tardes en Hampshire lejos del chico de sus sueños.
En ningún momento se imaginó que lo primero que vería al acercarse a la Casa de los Enmascarados sería a Snow esperándole abajo del edificio, a la intemperie y mojado de pies a cabeza. No se había puesto un abrigo ni una chaqueta, llevaba una remera de mangas cortas que poco le arropaba y, por Crowley, ni siquiera llevaba una sombrilla. Podría haberse refugiado bajo un árbol, pero ni eso. Sus rulos habían perdido su forma y se encontraban adheridos sobre su frente y sien, y gotas de lluvia escurrían por sus mejillas acumulándose en la barbilla. Tenía los rasgos endurecidos, los brazos aún cruzados sobre el pecho y sus ojos azules brillaban con una extraña mezcla entre conmoción y desconfianza.
Claramente debería estar pensando que Baz se había marchado para tramar algo. Pero al más alto poco le importó en ese momento y tan sólo torció el gesto, anonadado. ¿Snow había perdido completamente la cabeza? ¿Estar dos días encerrado le afectaba las neuronas? A pesar de no ser una tormenta —sólo era un día de lluvia común, sin viento que arrasara con todo pero sí bastante estrepitosa— de igual forma podía terminar con una neumonía si no se cambiaba rápido las ropas mojadas por unas secas y calientitas.
Baz titubeó por un segundo. Por un lado luchaba contra sí mismo para mantener un semblante tosco que no hiciera sospechar al otro de que estaba preocupado, y por otro pensaba que esta era una magnífica oportunidad para quitarse a Snow del camino. Si él se enfermaba, lo más seguro es que pasaría varios días enterrado bajo las sábanas hecho una bola esperando que le bajara la fiebre, lo que significaría que estaría varios días completamente fuera de su campo de visión. Pero también implicaría el hecho de que estaría intranquilo pensando en que cualquier momento podría agravarse y que ni la magia sería capaz de curarlo. Tampoco quería estar lidiando con estornudos ajenos a las tres de la mañana o con un Snow moqueando al día siguiente gastándose todo el papel higiénico del baño. Si lo sopesaba bien, eran demasiadas las desventajas sobre las ventajas. Por ende, alzando una ceja en expresión de desprecio, soltó un gruñido quedo antes de murmurar:
“¿Qué mierda estás haciendo, Snow?”
El aludido chasqueó la lengua al escucharlo y dejó caer ambos brazos a sus costados, acortando con un par de zancadas la distancia que los separaba. Al parecer estaba aguardando a que Baz dijese algo para actuar.
“¿Dónde estabas?” soltó de golpe, dando un paso en forma de amenaza.
“¿Qué?”
“Lo que escuchaste, Baz. ¿Dónde estabas? ¿Por qué saldrías cuando está lloviendo? ¿Qué es lo que intentabas hacer?”
Los ojos de Snow parecían querer perforarlo y rebuscar hasta el último rincón de sus pensamientos bajo sus pestañas mojadas. La remera se le pegaba al cuerpo y el pantalón de tela estaba a punto de hacerlo también. «Cómo sales tú así con esta lluvia» fue lo primero que a Baz se le cruzó por la mente, ignorando por un segundo el interrogatorio provocador que el otro chico estaba llevando a cabo. Parecía un perro mojado. Un perro furioso mojado.
Baz se acercó un poco a Simon, con la intención oculta de tratar de protegerlos a ambos bajo su paraguas. Obviamente él no tenía que percatarse de aquello, así que de igual forma lo único que consiguió fue una respuesta áspera de su parte.
“¿Y a ti qué te importa?”
Simon bufó. Vaho se escapó desde sus labios levemente violáceos.
“Me importa mucho,” el corazón de Baz dio un brinco, a sabiendas que se estaba engañando a sí mismo. Lo siguiente que menciono Snow se lo corroboraba, “porque bien podrías haberte ido a tramar algo.”
“Déjate de estupideces, Snow” replicó rodando los ojos. Crowley, este idiota debe entrar lo más pronto posible. “Si quisiera tramar algo bien podría hacerlo en la comodidad de la habitación, no tengo para qué moverme. ¿Acaso uno no puede simplemente querer dar un paseo bajo la lluvia?”
“¿Y por qué querrías dar un paseo bajo la lluvia?” Simon no parecía convencido.
«Para alejarme de ti. Para que dejes de ser mi universo. Para dejar de querer besarte. Para dejar de querer besarte ahora que estamos bajo la lluvia. Para dejar de ser patético y desear cosas clichés».
“Hay gente que le gusta dar paseos cuando llueve, Snow. Los relaja, los motiva, qué se yo.”
El Elegido entrecerró los párpados, sopesando la situación. No confiaba en Baz, pero en cierto modo no parecía que estuviese mintiendo. En realidad, nunca sabía cuándo estaba mintiendo. Pero analizando los detalles objetivos, el chico sólo estaba allí de pie, enfundado en un abrigo largo que sólo —maldición— estilizaba su figura, el cuello oculto en una bufanda oscura, el cabello húmedo rozándole las mejillas y un rubor por el frío expandido entre sus pómulos y nariz. Sus zapatos de colegio tenían barro en las suelas. Justamente parecía que sólo había salido a dar un paseo, por muy extraño que pareciera.
Simon frunció los labios, y al no poder acusar de nada y no tener pruebas de nada, desistió. Relajó los músculos y se encogió de hombros en un gesto desinteresado, dando por finalizada la discusión sabiendo que no conseguiría nada si continuaba atacando. Repentinamente un escalofrío recorrió su espalda y estornudó. Merlín, había estado tan pendiente de averiguar adónde se había metido Baz y del porqué había desaparecido por tanto tiempo en pleno día lluvioso, que abandonó la habitación con la idea de buscarlo sin percatarse que no llevaba nada abrigador encima. Cuando lo vio acercándose a lo lejos simplemente se detuvo a esperar su llegada y confrontarlo, pasando la lluvia a segundo plano.
Se abrazó a si mismo esperando recuperar un poco de calor y dio un par de pasos hacia atrás para devolverse, cuando sintió que Baz se le acercaba por la espalda y posaba una mano en su hombro. De forma automática levantó el brazo para defenderse —cosa de costumbre— y empujó al más alto, provocando que este soltara el paraguas que estaba intentando posicionar sobre la cabeza de ambos. Unos pocos segundos bajo la merced del aguacero y el cabello sedoso de Baz ya caía chorreante sobre las mejillas.
“¡¿Pero qué haces?!” bramó con fuerza, colocando ambos antebrazos sobre su coronilla para guarnecerse.
“Lo- lo siento. Fue inconsciente, lo juro,” respondió Simon, “¡pero es tu culpa por no avisar que ibas a hacer eso!”
La voz de Snow había comenzado a tiritar, seguramente a causa del agua fría que lo cubría. Baz ya no pudo soportarlo. Rápidamente recogió el paraguas del césped y con su mano libre comenzó a darle empujones por la espalda para que apresurara el paso, importándole una mierda que Snow protestara por ser poco cuidadoso: sus hombros estaban gélidos al tacto.
“¡Entremos de una puta vez, maldición!”
Tenía que encargarse de este desastre.
Estando por fin bajo techo y en el centro de la habitación que compartían, Baz colgó el paraguas en la ventana y se fue derechito a rebuscar algo nuevamente en su armario. Simon se quedó de pie sobre la alfombra con aire dudoso, destilando por prácticamente cada centímetro de su cuerpo. Una pequeña poza se estaba formando bajos sus pies, y al agacharse para quitarse los zapatos notó que tenía hasta los calcetines mojados. Había comenzado a castañearle los dientes, por lo que hizo el ademán de querer quitarse la remera empapada cuando la voz áspera de Baz le detuvo en seco.
“Ni se te ocurra moverte, Snow, que vas a mojar todo alrededor. Mira cómo has dejado ya la alfombra a causa de tu brillante inteligencia.”
“¿Y quieres que me quede aquí inmóvil con la ropa chorreando? ¿Me estás jodiendo?”
“Claro que no, grandísimo idiota. Aguarda ahí.”
Dicho eso, Baz sacó la varita del abrigo que aún llevaba puesto y apuntó directo hacia el pecho de Simon. Este, al ver aquella acción, abrió los ojos por la sorpresa y se colocó en posición de defensa, listo para invocar a su espada en cualquier momento. La mano le temblaba y sus facciones rápidamente se fruncieron a causa de la ira.
“¡Baz, qué mierda piensas hacer!” siseó. “¡Recuerda el Anatema!”
Pero Baz parecía inusualmente tranquilo.
“Tan sólo cállate un segundo. ¡Limpio como una patena!”
Apenas los labios del chico pronunciaron el hechizo, gran parte de las gotas de lluvia que Simon llevaba encima se unieron formando un pequeño remolino que Baz se preocupó de sacar por la ventana sin que tocara nada extra. El Elegido parpadeó confundido ante aquella acción y rápidamente se echó un vistazo: quizás no estaba completamente seco —aquello requeriría una cantidad mayor de magia—, pero de estar empapado pasó a que sus ropas sólo estuvieran levemente humedecidas. No lograba comprender del todo qué era lo que había acabado de suceder, ni menos el hecho de haya sido Baz quien se hubiese encargado de ayudarle. No obstante, cuando levantó la mirada decidido a conseguir una explicación, algo cruzó la habitación para terminar golpeándole en pleno rostro. Al quitárselo de la cara y ver de qué se trataba, prácticamente se quedó sin palabras.
Era una toalla limpia. Una toalla de Baz, la que había estado buscando en su armario apenas habían regresado.
Sin duda, algo no encajaba aquí.
“¿Está hechizada?” consultó con la confusión marcada en su voz, escaneando la blancura de la tela con detalle esperando encontrar algo inusual. Mas, no había nada.
“¿Cómo una toalla puede estar hechizada?”
“Todo puede estar hechizado, Baz.”
“Pues no,” respondió el aludido. Simon por fin levantó la cabeza, los ojos grises del chico estaban fijos en él. “No lo está.”
“Entonces, ¿por qué…?”
“Sécate el pelo,” le interrumpió, “que aún lo tienes mojado.”
Simon se mordió los labios, y aunque aún se sentía desconcertado, terminó obedeciendo. Comenzó a refregar la toalla contra su cabello, sin cortar el contacto visual con Baz. Al final fue este último quien terminó desviando la mirada, ya que luego de soltar un suspiro pesado le dio la espalda al más bajo para dedicarse a quitarse el abrigo y la bufanda, pensando en dónde podría colgarlas para que se secaran. Sopesó en la buena idea que en una de esas sería colocarse el pijama y enrollarse en las sábanas, cuando escuchó que Snow hacía ruido abriendo de una forma para nada delicada unos cuantos cajones de su propio ropero.
Decidió ignorarlo. Decidió que lo mejor sería no voltear. Ya había hecho bastante por él durante un solo día, y era cosa de ver su expresión para percatarse que incluso él se había dado cuenta de que algo no estaba bien. De que su comportamiento no estaba bien. Sin duda el amor te hacía patético, porque Baz sabía que si la situación se llegara a repetir en algún futuro, él llevaría a cabo exactamente lo que había hecho hoy. Se suponía que eran enemigos, eran enemigos: algún día tendrían que luchar uno contra el otro en búsqueda de la victoria y de la humillación contraria. Pero él se estaba humillando solo: de igual forma quiso protegerlo de la lluvia y de un jodido y estúpido resfriado. Y todo porque el corazón era un traicionero.
Y ahora nuevamente tendría a Snow a menos de dos metros y a su merced, con el petricor impregnado en su piel dorada y el cielo grisáceo reflejado en sus ojos poco impresionantes.
Baz estaba tan perdido en sus cavilaciones que no pudo evitar dar un respingo cuando sintió que una toalla se posaba sobre su cabeza, para que luego alguien comenzara a secarle el cabello de forma cuidadosa al punto que parecían caricias. No tenía que preguntarse de quién se trataba, la respuesta era más que obvia. De un momento a otro el tiempo se detuvo, sintió que se desmoronaba y, de haber podido sonrojarse, sin duda estaría con la cara ardiendo hasta las orejas.
“Tú también tienes el pelo mojado, Baz.”
Sintió la voz calmada de Snow viniendo desde su espalda. Un simple susurro, una frase sencilla que hizo que su mente se desconectara del mundo. Cerró los párpados disfrutando de la sensación de las manos cálidas de Simon a través de la tela, entretanto quitaba el rocío de sus hebras oscuras. Terminó volteándose de golpe porque necesitaba observar al chico de frente, ver su rostro sereno pseudo oculto bajo la toalla blanquecina. Sin ponerse de acuerdo ni nada por el estilo, cada uno comenzó a secar la cabellera del contrario en completo silencio, dejando que el gris y el azul de ambas miradas se encontraran y se mezclaran para no volverse a separar.
Ninguno entendía nada ni tampoco querían esforzarse por comprenderlo. Simon sólo habló porque entre las caricias y el sonido de la lluvia en la lejanía habían provocado que comenzara a sentirse un poco somnoliento.
“¿No me dirás por qué saliste a pesar del mal clima?”
“Ya te lo dije: salí a pasear.”
“¿Por qué? ¿Para qué?”
Baz vaciló. ¿Podría sincerarse? ¿Y si no se sinceraba? ¿Y si se sinceraba?
Estaban tan cerca.
“Sólo necesitaba enfriar la cabeza. No estoy acostumbrado a tener que… tratar de ignorarte por tanto tiempo.”
“¿Eso es bueno o es malo?”
“No creo que sea bueno si haces que tenga que salir incluso con mal clima. Imagínate en una tormenta.”
“Incluso con una tormenta yo de igual forma habría salido a buscarte.”
“¿Y eso por qué?”
Simon dejó escapar una risa para luego alzar los hombros. Sus manos habían descendido hacia ambas mejillas de Baz, refregándole las puntas de su cabello.
“Supongo que yo tampoco estoy acostumbrado a que me faltes por mucho tiempo sin saber dónde estás,” respondió con cierta pena. No obstante, acto seguido le regaló a Baz una sonrisa franca que prácticamente iluminó por completo la habitación. ¿Para qué Simon había estado antes aguardando la aparición del sol, si él mismo lo era? Con una sola palabra, tan sólo con su mera presencia era capaz de entregar calidez. “Baz, yo…”
“¿Hm?”
“Gracias.”
A Baz no le agradaban los días de lluvia, porque eso significaría que debería quedarse bajo las mismas cuatro paredes junto a Simon Snow, cuando por suerte podía aguantar estando cerca de él. Teniendo la oportunidad de tomarlo de la nuca y besarlo quizás no bajo las constantes gotas, pero si teniendo su murmullo relajante contra el cristal de la ventana como un recordatorio de que la oportunidad estaba allí, esperándole.
“Aguarda ahí.”
Se inclinó, ocultando ambos rostros bajo un par de toallas blancas y cabellos húmedos. Ambos oliendo a lluvia y con las manos frías.
Ahora que lo estaba haciendo, ahora que podía besarlo, seguía pensando que sería él quien explotaría. Pero ya no le importaba, porque sentir los labios de Snow contra los suyos era suficiente para esclarecerle que Simon, aparte de su sol y el centro de su universo, también se había convertido en su propia lluvia.
Podría protegerse, pero nunca sería capaz de escapar de él.
▶ Hey, guys! Este es mi primer oneshot para el fandom de Carry On, y estoy muy feliz de que haya sido para el @carryon-countdown. No creo participar en todos los días, pero haré mi mejor esfuerzo ☆
▶ Hey, guys! This is a spanish fanfic. I would like to write in english too, but although I don’t have problem reading it, writing in english is still an odyssey for me. I’m so, so sorry, seriously. But I’m happy to be able to participate even in my native language. Thanks to the admins for that.
Words: 1605
Día 1: [At Watford / En Watford]
El sol le daba de lleno en la cara, pero contrario a todo lo que podían pensar, Baz no se estaba derritiendo en vida: eso no era más que otro estúpido mito acerca de los vampiros. Lo que sí le sucedía era que le escocían un poco los ojos, pero eso no era un impedimento para poder disfrutar de una tarde libre, sin entrenamiento de fútbol, sentado sobre el prado de Watford; donde el césped era tan verde que parecía de plástico. Incluso a él le gustaba a veces simplemente perder el tiempo y respirar. Relajarse y poder olvidar toda la mierda aunque fuese por un segundo.
Pero ese día las cosas no estaban resultando, y el hecho de que sintiera como si tuviese un tornado descontrolado en su interior no era más que culpa suya. Sólo tenía diecisiete años y ya se estaba convirtiendo en un masoquista con todas sus letras, porque aunque bien podía levantarse e ir a echarse a cualquier otro lugar del vasto prado que la escuela presumía, allí se encontraba. Justo en frente de Simon Snow y su amiguita, la poderosa maga. Ambos, al igual que él, habían decidido pasar la calurosa tarde al aire libre sentados en el borde de la pileta, conversando y riéndose totalmente ajenos a su atenta mirada. Incluso repentinamente Penelope apoyó su cabeza en el hombro de Snow, y este aprovechó de juguetear con uno de sus rulos negros mientras no dejaba de gesticular como un bobo y su cabello y piel relucían armoniosamente bajo la luz del sol.
Baz tensó la mandíbula. A veces deseaba cambiar de lugares con Penny, por su cercanía a Snow (ella era capaz de abrazarlo de la nada, apartar su cabello de los ojos y regalarle sonrisas amistosas). O con Agatha, por ser la dueña de su atención (ella conseguía las miradas de ilusión de Snow, que pusiera cara de estúpido enamorado y que se sonrojara antes de besarla). Tenía más que claro que aquello era imposible porque sería una traición a su familia, y aunque provocar a Simon le salía naturalmente, de igual forma no podía evitar sentirse un desgraciado. Con él mismo, por mentirse; y con Snow, aunque él fuese el maldito culpable de su maraña de pensamientos incomprensibles.
Odiaba ser demasiado perspicaz como para haberse dado cuenta de lo que le pasaba tanto como odiaba haberlo aceptado. Ante eso soltó un gruñido y prefirió desviar de una vez la mirada por su bienestar, tratando de convencerse que observar el pasto era mucho más atractivo que fijarse en cada cosa que hacía Snow. Y estaba tan sumido en ello que no notó cuando alguien se acercó por su espalda para acuclillarse a su lado.
“Hey, Baz,” la voz de Niall lo sacó rápidamente de sus cavilaciones por lo que volteó hacia él de forma instantánea, encontrándose de frente con la mirada azul que conseguía gracias a la magia viéndolo con cierto recelo. Ni siquiera Baz podía comprender su manía de hechizar diariamente sus iris para encubrir su verdadero color marrón, aunque a decir verdad le traía sin cuidado. El gasto de magia inútil era problema de él, “creo que es momento que te diga algo importante.”
El aludido alzó una ceja en respuesta, aguardando lo que fuera que quisiera decirle y que de seguro no era más que otra de sus bromas ácidas. Niall aprovechó de beber un trago corto de la botella de agua que llevaba en sus manos y se dejó caer a un costado de su amigo, pero procurando quedar a la sombra. Era un hecho que no le gustaba demasiado quedarse mucho rato bajo el sol ya que, al tener la piel pálida, temía quemarse la nariz y los pómulos.
“¿Y?” insistió Baz. “¿Qué es eso importante que tienes que decirme?”
“Escucha: si sigues observando fijamente al idiota, temo decirte que se te caerán los ojos.”
Al no esperarse esa respuesta, Baz en un principio no comprendió a qué se refería. Por ende, arrugó la nariz y le miró como si hubiese manifestado la mayor de las estupideces.
“¿Ah?”
“Lo que escuchaste. Si sigues observando al imbécil de Snow vas a quedarte sin ojos. Prácticamente ya tienes que soportar verlo cada día en la habitación que comparten, así que no creo que sea necesario el tener que vigilarlo también durante las clases, el desayuno, el almuerzo, en los pasillos o en los recesos,” respondió mientras, contradictoriamente, sus ojos estaban puestos en la figura del Elegido y su amiga, quienes habían detenido su charla para comer unos bollos de cereza que Simon había sacado su mochila. No obstante, rápidamente su atención se desvió hacia un silencioso Baz. “Tómate un descanso, hombre, él es demasiado corto como para planear algo contra ti o contra nosotros. Si no fuera tu mejor amigo y supiera de sobra que lo odias y tratas de destruirlo, bien podría decir que pareciera que te gusta.”
Dicho eso, le sonrió con las cejas levantadas y se echó hacia atrás para acomodarse apoyándose en los antebrazos, restándole importancia a lo que había mencionado. La voz de Niall se había escuchado serena y sin una pizca de burla, porque para él la idea le parecía tan descabellada que no había sido más que un comentario al aire, algo que había dicho porque sí. Incluso por preocuparse nuevamente de juguetear con la botella rasgándole la etiqueta y beber de ella cada tanto, no notó que el rostro de Baz se había vuelto más pálido de lo usual y se había quedado estático a causa del pánico.
Baz ni siquiera parpadeó al escuchar a su amigo, porque aquello fue algo totalmente inesperado. Un golpe bajo, un balde de agua fría, una desesperación. Sintió como su corazón latía eufórico dentro de su pecho y pensó que en cualquier momento se le escaparía por la garganta. Agradeció no ser capaz de sonrojarse (iría a beber sangre una vez que anocheciera) pero aun así se sintió jodidamente agobiado.
¿Tan poco sutil había sido? Siempre había procurado demostrar cuánto detestaba a Snow, ser un verdadero hijo de puta con él, hacerle la vida imposible para acallar sus sentimientos. Pero nunca se le había pasado por la cabeza que las miradas que le lanzaba con la idea de molestarlo, que tenían deseo escrito en letra pequeña, podrían ser interpretadas de otra manera.
De la manera correcta.
No tenía que preocuparse de que Snow lo notara, él era un animal y con suerte sabía dónde se encontraba de pie. Penelope era sagaz, pero habría dicho algo en caso de haber conectado las piezas. Pero si Niall lo había percibido, ¿Dev también se habría dado cuenta?
A Baz se le cerró la garganta. Ambos eran sus mejores amigos, y aunque a veces veía en ellos a unos esbirros, los apreciaba a ambos y a su compañía. Era cierto que varias veces lamentaba no tenerles la suficiente confianza para sincerarse y decirle a ellos (y a los cuatro vientos) de que estaba desesperadamente enamorado de Simon, pero no tenía sentido. ¿Para qué? Lo tratarían de loco, miserable y traidor. Y de igual forma a Snow de seguro le valdría una mierda y algún día tendría que morir, literalmente, en sus brazos.
Es por eso que todos estos años había preferido ocultarlo, aunque en ningún momento había dejado de desear con todas sus fuerzas poder dejarse arrastrar y quemarse bajo esa piel dorada adornada en lunares. Porque era lo que tenía que hacer y lo que seguiría haciendo de aquí hasta que se graduara de Watford con grandes honores y pudiera, quizás por fin, desprenderse de esos rizos de bronce que le robaban el sueño.
Las facciones de Baz se deformaron en una mueca de desagrado, la cual se esmeró en exagerar para eliminar toda sospecha. Niall le devolvió la mirada con curiosidad, viendo como Baz negaba con la cabeza.
“Niall, mierda, no digas cosas que me hagan querer vomitar,” respondió con voz ronca.
El chico se encogió de hombros, para luego entrecerrar los párpados con aire pensativo. Al poco rato se unió a su compañero con las muecas, frunciendo los labios en un gesto de disgusto.
“Tienes razón. Estar enamorado de alguien como Snow debe ser una tortura. No sabes cómo compadezco a Agatha,” dicho eso se levantó con parsimonia, sacudiéndose el polvo del trasero. “Bueno, como sea. Iré a mear, nos vemos en un rato, Baz.”
Baz levantó la barbilla en ademán de haberlo escuchado, viendo de reojo como su amigo pasaba frente a él para marcharse hacia el edificio principal. Viéndose nuevamente solo, soltó un suspiro pensando que quizás lo mejor era ir a echarse un rato a su habitación, o buscar a Dev para que lo desconcentrara con algún tema de conversación banal. Pero al levantar la mirada para darse su último capricho antes de luchar para dejarlo, nuevamente se quedó pasmado.
Snow le observaba de vuelta. Fijamente, y con el rostro inexpresivo. Pero lejos de cualquier predicción, en vez de mostrarle los dientes como solía hacerlo cada vez que cruzaban miradas, tan sólo desvió el rostro y continuó con lo suyo pasando sus dedos por el agua de la pileta mientras Penny le daba la espalda por unos segundos buscando algo en un libro. Baz cerró los ojos, sintiendo el calorcillo concentrándose en su coronilla.
Sólo quería respirar. Quizás deberían caérsele los ojos, así podría dejar de ver. Pero tampoco deseaba renunciar. Porque no era como Niall decía: no pareciera que le gustaba, sino que le gustaba.
Estaba y seguiría enamorado de Simon Snow.
Aunque sí tenía razón en que era una tremenda tortura.
Sometimes love blossoms, sprouts and you can’t contain it. Lance isn’t a idiot and knows that he prefers friendship to love. He keeps the secrets, but the fragrance to gardenia doesn’t dissipate.
Words: 4595, Chapters: 1/1, Language: English
Fandoms: Voltron: Legendary Defender
Rating: Teen And Up Audiences
Warnings: Creator Chose Not To Use Archive Warnings
Categories: M/M
Characters: Keith (Voltron), Lance (Voltron), Shiro (Voltron)
Relationships: Keith & Lance (Voltron), Keith/Lance (Voltron)
Additional Tags: One-Sided Attraction, One-Sided Love, Unrequited Love, Angst, A LOT of Angst, Sickness, Hanahaki Disease, Translation, One Shot, Chestnut boi
Igual terminé atrasándome y no sé por qué no me sorprende, je. Pero me duele en el alma saltarme un día, así que ¡aquí está el fic para el día 4 de la @yooranweek !
▶ Recuerden que este es un fanfic en español / This is a spanish fanfic.
▶ I would like to write in english too, but although I know the language, isn’t enough to write a full fanfic. I’m so sorry ;—;
¡Puedes leerlo también en FF | AO3 | WT!
Día 1 | Día 2 | Día 3 | Día 4
AU: Make-up artist and his apprentice!AU (? → donde la RFA es una agencia de modelaje, Saeran un make-up artist bien pro y Yoosung un novato que estará a su cargo.
Hey, guys! Este será mi aporte para la hermosa YooRan week organizada por @yooranweek <3 ¡Esos dos son mi OTP en MysMe y necesitaba hacer algo por ellos <3! ¡Espero que lo disfruten!
IMPORTANTE // IMPORTANT: Este es un fanfic en español // this is a spanish fanfic.
¡Puedes leerlo también en FF | AO3 | WT!
Día 1: Entre tinturas y miradas.
Disclaimer: Mystic Messenger le pertenece a Cheritz.
Summary: Se ven por primera vez en una tienda de productos para el cabello, y no pueden dejar de mirarse. Uno tiene un aspecto inusual, el otro brilla en su simpleza.