Te conozco mejor desde que empecé a desconocerte. La mirada lejana inscrita en el cuerpo de una desconocida me hace conocerte y concebir la esencia más recóndita y pura de tu ser. Sé quién eres, aunque ya no te conozca. Siempre me dolió mucho la mirada fría traducida en incógnita venida de unos ojos que alguna vez se clavaron en los míos con una aparente sinceridad que se desbocaba por el espacio. Me duele la mirada del desconocido que conocí. Ahora los días pasan y te veo, o no te veo, pero andas por ahí, como siempre por donde siempre, a lo tuyo y yo a lo mío. A veces lo pienso y hubiera creado un nuevo mundo, una nueva vida y una nueva civilización en ese banco de ese parque de Madrid en el que decidimos asentarnos como recién nacidos, despojados de etiquetas y nombres, no teníamos orígenes, no veníamos de ninguna parte, surgimos ahí del vacío que alguna vez brotó en nosotros. Estallamos como estrellas y esparcimos el polvo de uno en el otro. Y qué bien lucía Venus desde ese banco. Ella nos conoció desnudos sin quitarnos ni una sola prenda, aunque también conoció el fuego que ardía en nosotros y que, quizá, resultó ser el culpable del incendio que tras él no dejó ni tan siquiera una sola ceniza de todo aquello. Por más que indago no queda ni rastro de lo que vivimos, ni de lo que fuimos













