En el transcurso del día he leído varias opiniones referentes al uso del lenguaje que ha tenido el gobierno como un poderoso catalítico para la des-patria en que se ha convertido la actualidad. La descalificación, el insulto, la minimización del adversario (que debería ser únicamente político) y la manipulación presentes en el discurso no son nuevos ni en nuestra Historia ni en la del mundo, pero recordemos que son más característicos del totalitarismo que de una democracia real y funcional. Pero descendamos de ese nimbo y démonos cuenta de que ya ha pasado década y media y ya hay jovencitos que no conocen, para bien o para mal, dependiendo del bando en que se milite, una realidad diferente a ésta. La ira, la intolerancia y el resentimiento han permeado su sistema de valores y el germen de la división continúa creciendo. Es loable el esfuerzo de los actuales estudiantes para cerrar esa brecha y comenzar a arar la tierra para la reconciliación, pero las balas estatales envían un mensaje más fuerte: “TRÁGATE NUESTRA PAZ, PAZ, PAZ”. No es una guerra de contenidos, es un concurso de “Quién grita más fuerte” lo que se nos ha impuesto. Paradójicamente, estos gritos violentos no son escuchados. No existen. De eso no se habla. Solo hay espacio para glorificar al Intergaláctico, practicar la dialéctica marxista y tratar de justificar un concepto de Patria tan hermoso como prostituido e irreal. Lo peor de todo es que, así como el poder es el único instinto insaciable, la esperanza es lo último que se pierde, y muchas personas prefieren abrazar esperanzas que sentarse a sacar cuentas para llenar sus estómagos y - más grave aún – los de sus hijos. Una retórica bien estructurada es capaz de devolverle la vida al enfermo, levantar a los soldados en batallas y satanizar al adversario hasta convertirlo en un enemigo al que hay que pulverizar. Una estrategia de guerra ya bastante arraigada (la estrategia, quiero decir) que ha encajado perfectamente con el resentimiento acumulado de “la Cuarta”, y que se mantiene con la intención clarísima de acabar con todo vestigio de disidencia amenazando a los acólitos con una terrorífica vuelta al pasado si no garantizan el reinado del actual partido de gobierno. Sin embargo, a pesar de lo burdo que parece el lenguaje proveniente del poder, está construido de tal forma que cualquier interpretación es válida. Es impreciso para que no se les pueda acusar de nada. El sentido figurado y el literal se trastocan una y otra vez a conveniencia del interlocutor. Nos vemos obligados a leer entre líneas hasta nuestra Carta Magna. Nada es lo que parece, sino lo que es: nada. Porque lo único que sucede es la alegría de la gente, los millones de dólares que – supuestamente – producimos cada día con nuestros barriles de petróleo. Los asesinatos, la escasez y la falta de inversión son ficciones de Washington, programas grabados en estudios manipulados para servir a la rancia oligarquía que le chupa las medias al Imperio. Sin embargo, soy de la opinión de que la calle es la que habla, el verdadero radar de la situación no son los medios, sino las personas que llevan vidas normales, a diferencia de aquellos con jets privados y sirvientes y escoltas por doquier. La ironía es que la escasez, la inseguridad y el dolor de la muerte aún no encuentran más tribuna que la protesta, pues hablar de estos y otros temas espinosos resquebraja la hegemonía, le podría bajar el volumen al discurso oficial, y esto se volvería peligroso porque la retórica puede ser muy emocionante y estéticamente hermosa, pero no resuelve NADA fuera del mundo de las ideas. Y, para defender el “pensamiento correcto”, solo hace falta un bien nutrido arsenal. Que hablen los hechos.