—¡Entonces no perdamos tiempo y vayamos a verlo! Te va a encantar. Además, pocas personas saben de ella y, aunque no me guste demasiado, no me importaría compartirlo con alguien más que desprenda tal pasión por la lectura como lo hago yo —sonrió y asintió, realizando a su misma vez un breve movimiento de cabeza para que el castaño la siguiese hacía la escalera que los llevaría a la planta superior—. Seguramente acepten pero, eso sí, espero que no estés intentando quitarme mi puesto porque si es así tendremos problemas —soltó con cierta gracia, totalmente bromeando con el tema—. Espera, ¿ladridos de perros? ¿A qué te dedicas?
—Genial... —asintió, emprendiendo en marcha para seguirla, aunque siguió con su vista fija en los estantes llenos de libros. Casi parecía que estaba en casa, casi—. ¿Debo de sentirme honrado por ser de las pocas personas que saben de su existencia? —cuestionó, sonriendo ladinamente. Con un encogimiento de hombros, emitió apenas una audible risilla—. Claro que no, me conformaría con acomodar los libros o limpiar los muebles. Tu puesto está libre de riesgo —aclaró, haciendo un ademán con la mano—. Trabajo en la veterinaria, y al parecer los perros son las mascotas preferidas de la gente en ésta ciudad; algo que no entiendo del todo.















