Evolución de las estrategias energéticas europeas. 2014-2022
De la “Unión Energética Europea” (UEE, 2014), al REPower UE 2022 y las medidas de independencia energética de Rusia
El pasado 24 de febrero de 2022 Rusia invadió Ucrania iniciando una crisis humanitaria sin precedentes en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Con esta acción bélica, además del inmenso drama humano, saltaron todas las alarmas en el sector de la energía. Este llevaba ya un año inmerso en una importante crisis a raíz de las tensiones entre la oferta y la demanda generadas durante la salida de la pandemia por la COVID y la nueva situación generada ha supuesto una prueba más dura todavía.
Desde inicios de 2021, el gas natural ha estado experimentando una fuerte subida en los mercados internacionales que lo ha llevado a multiplicar por 10 su precio, superando los 200 € el MWh equivalente y contagiando con ello a los precios de la generación eléctrica en toda la Unión Europea, provocando con ello un importante aumento de la inflación.
Desde la crisis mundial del petróleo en los años 70, la Unión Europea había vivido en una relativa calma en lo que se refiere a la seguridad en el abastecimiento y en los precios de la energía, pero esa situación parece haber llegado a su fin en pocos meses.
Durante estas últimas cuatro décadas, la dependencia energética de la Unión Europea no ha hecho más que aumentar. Si en la década de 1980 las importaciones de energía de la UE suponían algo menos del 40%, en 2013 habían alcanzado un 53,2% (habiendo llegado incluso al 54,7% en 2008). Tienen especial relevancia en esas importaciones los combustibles fósiles. En el caso del petróleo, en 2020 dicha dependencia de importaciones ascendió hasta el 96,2%. En el caso del gas natural, la dependencia del gas importado llegó a ser del 83,6%.
Son cifras sin duda preocupantes, pero más preocupante es el hecho de que estas cifras ya eran consideradas demasiado elevadas hace años cuando las importaciones de petróleo no alcanzaban el 90% y las de gas natural superaban por poco el 65%.
Si combinamos esta situación con el hecho de que, en el caso del gas natural, además se sumaba la fuerte dependencia de un único suministrador (Rusia), podemos comprender por qué ya en 2014 la Comisión Europea estableció una Estrategia Europea de la Seguridad Energética (Unión Energética Europea 2014, -UEE-) que trataba de paliar esta situación y garantizar la seguridad de suministro a nivel Europeo.
En mayo de 2014, la Comisión Europea publicó su comunicación sobre la Seguridad Energética, incidiendo en una serie de conceptos clave y en la que recogía una serie de objetivos que han sido los que han marcado la senda de la política energética europea desde entonces.
El documento hablaba de medidas a corto plazo por los acontecimientos que se estaban viviendo en ese momento en Ucrania (el Euromaidán y la anexión de Crimea por parte de Rusia), y la posibilidad de problemas de abastecimiento, sobre todo para aquellos países que dependían de un único suministrador de gas (de nuevo Rusia).
Hasta ese momento, la seguridad de suministro era algo que se había orientado desde una perspectiva de países independientes, pero a partir de 2014 se le da una dimensión europea mediante mecanismos de solidaridad.
En la UEE, uno de los principales objetivos era establecer esa seguridad de suministro, fuertemente comprometida por la elevada dependencia del exterior, y ya en 2014 se apuntaba a Rusia (y a su conflicto con Ucrania) como principal problema.
También establecía objetivos a largo plazo, como la plena integración del mercado energético europeo, la mejora de las interconexiones energéticas, la descarbonización, avanzar en eficiencia energética o mejorar la competitividad para resolver los problemas asociados a los oligopolios energéticos existentes.
Parece evidente que, a pesar de haber sido capaces de identificar correctamente las amenazas y debilidades, la Unión Europea no ha sido capaz de poner en marcha los mecanismos necesarios para contrarrestar sus efectos en este tiempo.
En el momento en que las tropas rusas se adentraron en Ucrania, todos los temores que habían sido expresados 8 años atrás convergen en una situación crítica, acentuada por la situación previa que se llevaba viviendo desde hacía un año.
Así, varios países europeos, con España a la cabeza, han empezado a adoptar medidas de choque para frenar los efectos que la guerra está produciendo en sus economías. Efectos centrados fundamentalmente en los costes energéticos, por lo que las acciones que están siendo llevadas a cabo giran en torno al objetivo de rebajar dichos costes para la población en general, y para la ciudadanía en situación de vulnerabilidad en particular.
Algunas de estas medidas se han estado centrando en el refuerzo de las transferencias a los grupos vulnerables (bono social en España) o la reducción de impuestos en los productos energéticos (IVA e impuestos especiales en el caso de España).
Otras medidas han pretendido evitar la sobre-retribución de la electricidad a los productores por el sistema de fijación de precios (minorando el dividendo de carbono o los efectos del gas natural en la fijación de precios de la electricidad).
En marzo de 2022, un mes después de la invasión rusa de Ucrania, la Unión Europea publicó la comunicación REPowerEU, refrendando las acciones que los países miembros habían estado tomando de forma individual y creando un marco común de actuación.
Mediante este nuevo plan, la Unión Europea prevé la independencia energética de Rusia para 2030. Por una parte, identificando proveedores alternativos de combustibles fósiles, pero también, y sobre todo, reforzando la transición energética para su abandono progresivo y el paso a fuentes renovables de energía.
La primera parte se está cumpliendo y tal vez incluso acelerando. España está siendo una pieza clave en el rompecabezas que es la búsqueda de fuentes alternativas a Rusia para la obtención de gas natural. Gracias a la infraestructura de regasificación y almacenamiento que España tiene, está en posición de convertirse en una nueva puerta de entrada para esta materia prima en la Unión Europea (recordemos que España posee el 34% de la capacidad de regasificación de GNL de toda la Unión Europea y el 44% de la capacidad de almacenamiento del total comunitario).
La segunda premisa, el refuerzo de la transición energética, es la clave a largo plazo para afrontar esta situación y evitar que pueda volver a repetirse.
Si bien a través del REPower EU se espera alcanzar la independencia energética de Rusia antes de 2030, esto se lograría principalmente sustituyendo a dicho país por otros como proveedores de combustibles fósiles.
Resulta evidente que cambiar la dependencia energética de la Unión Europea de un país por otro (como está sucediendo con las importaciones de GNL de EEUU) no puede ser más que una solución temporal a corto plazo.
Para evitar situaciones como la que se está viviendo en estos momentos, es necesario mejorar la suficiencia energética (término más adecuado que el de soberanía energética) de la Unión Europea. Esto implica inevitablemente avanzar en la producción de energía mediante fuentes renovables.
La Unión Europea lleva años a la cabeza de los esfuerzos globales por la descarbonización, y ahora, más que nunca, es imprescindible acelerar los procesos necesarios para alcanzar la neutralidad climática cuanto antes, y no solo por los objetivos climáticos, sino precisamente porque este esfuerzo ayudará a los países miembros a alcanzar también la suficiencia energética.
Alcanzar el 100% de la producción eléctrica mediante fuentes renovables hará que los precios de la electricidad dejen de estar contaminados por las fluctuaciones del gas natural en los mercados, lo que permitirá dotar de estabilidad a los precios de la energía. Hasta que llegue ese momento, es necesario revisar el sistema de fijación de precios para evitar que un pequeño porcentaje de producción eléctrica mediante gas natural acabe elevando el precio de toda la electricidad generada.
Precisamente la Comisión Europea ha adelantado que en otoño de 2022 presentará un nuevo modelo de mercado eléctrico, influido fuertemente por la opinión de España y el mecanismo del tope al gas puesto en funcionamiento en junio de este mismo año.
Profundizar en la electrificación de tantos procesos industriales como sea posible permitirá, por una parte, reducir el impacto y la huella de carbono de dicha industria, reducir los costes derivados de los derechos de emisión de CO2 y, por la misma razón que se expresa en el párrafo anterior, estabilizar los costes energéticos para dichas empresas. Lo mismo es aplicable a otros procesos no industriales, como las calefacciones domésticas, sustituyendo calderas por bombas de calor donde sea posible.
Del mismo modo, la electrificación de la movilidad permitirá prescindir cada vez de una mayor cantidad de combustibles fósiles, reduciendo también así nuestra dependencia de los países productores.
Avanzar en la ruta del hidrógeno renovable permitirá, junto con los biocombustibles y combustibles sintéticos, iniciar procesos de sustitución de los derivados del petróleo y del gas natural en los procesos donde la electrificación es más difícil o sencillamente es imposible.
En definitiva, seguir avanzando en la descarbonización es la mejor herramienta de que dispone la Unión Europea para conseguir la independencia energética y la seguridad de suministro.
Publicado originalmente en la Revista Temas de Noviembre 2022












