“ ¡Me importas más de lo que crees! ¡De lo contrario no estaría sintiéndome la mayor mierda del mundo cada vez que te veo, Jules! “ Tuvo que reprimir un sollozo de rabia, un gruñido ahogado y unos ojos rojizos al borde del llanto. No quería llorar por pena, por ser catalogado por lo que no era, o sentir cada gota de veneno caer en sus ojos. Era rabia, una tan inmensa como el propio océano, una que le hacía temblar y apretar sus propios puños, haciéndose daño con las cortas uñas. Quería golpearle, para que se diera cuenta, de alguna forma, todo cuanto dolía la situación.
Pero se limitó a gritar.
“ ¡Me ibas a dejar por venir a esta mierda, Jules! ¡El único egoísta y falso aquí eres tú! “ Y casi involuntariamente, como toda acción y palabra que nacía cuando discutían, comenzó a golpear el pecho del otro con sus propias manos, manotazos fallidos y algunos certeros, y de vez en cuando, un nuevo empujón. Estaba rompiéndose en mil pedazos. Pedazos que jamás podrían llegar a ser pegados. Nunca más. “ ¡Te limitas a decir que no me importas cuando sabes que eso es mentira! Hablas de que solo miro por mi mismo, ¡cuando el único que no sabe mirar más allá de su propio flequillo eres tu! Siempre me dejas como el maldito malo de la película, sin pararte a pensar en tus propias acciones. “
Lo agarró del cuello de la camisa, acercándolo, devorando su espacio personal sin ni siquiera importarle cuán agresivo estaba llegando a ser aquello.
“ ¡Deja de hacerme daño, Jules! ¡Deja de jugar conmigo como si fuese un jodido patán! No soy tu puto juguete, ¡no puedes hacer lo que te da la gana con mis putos sentimientos! “ Paró de tirar, solo para volver a empujarlo. Ahí, en ese momento, fue cuando lágrimas cayeron. “ ¿¡Qué mierda te he hecho yo a ti para que me odies!? ¡Contéstame! “
— ¡Dígnate a contestarme entonces! —su tono, que pretendía seguir siendo firme, se quebró. La presión ya era demasiada como para pensar con claridad, y eso que lo que el mayor estaba diciendo era, a todas luces, falso. La cuestión central de ese trágico malentendido—. ¡Te estoy haciendo preguntas, Andrew! ¡Respóndeme por una sola vez en tu vida! ¡Una sola vez! ¡Escucha lo que intento decirte, y respóndeme!
No eran para nada aquellos ridículos golpes lo que tanto dolía en su pecho, sino la visión que tenía ante sí del estado del otro, y la forma en que le ardió la cercanía. Por un momento, tuvo la sensación como si su mente se desdoblara. Quizás, es que aquella escena resultaba, en realidad, tan absurda, casi inverosímil, que chocaba de forma radical con su parte más esencial. Qué hubiera hecho normalmente, sino enredar sus brazos alrededor de Andrew, estrecharlo fuertemente contra sí mismo, y susurrarle al oído hasta que todo estuviera bien. “Hazlo”, le sugirió esa voz. Casi hubiera jurado que le suplicaba.
No lo hizo.
Dio un paso atrás, para zafarse de los golpes, pero no antes de que el otro lo retuviera.
— ¿¡Y qué mierda he hecho yo para que creas que te odio!? ¡Eres solo tú, tú, tú y tú! ¡Y cuando hay problemas solo soy yo el que hace las cosas mal, yo soy el que no piensa lo que hace, el egoísta, el que no responde de sus actos, el que hace daño! ¡Cuéntame cuántas veces he tenido que ceder a tus estúpidos caprichos! ¡Y cuántas veces, sin embargo, he dado la cara por ti y por nuestro! ¡Solamente pienso en ti, y no puedo ni pedir a cambio una mísera parte de yo que yo doy, como si no mereciera nada!
Su garganta acumulaba tanta tensión que podría estar seguro de que iba a desgarrarse si seguía más tiempo conteniendo hasta el más mínimo indicio de un sollozo. Antes de poder continuar, llamó su atención el sonido de voces acercándose, y no muy sobrias, a juzgar por lo que pudo escuchar. Aprovechó el momento con rapidez para darse la vuelta, y apresurarse a desaparecer de la vista del mayor.











