Repite el saludo al entrar, mirándolo en una barrida arriba abajo, y busca el cinturón de seguridad. Al final gira la cabeza para ver dónde está exactamente y lo abrocha.
— ¿Cómo estuvo? —Pregunta, ensancha la sonrisa.
Lo siguiente le hace sentir un calor bajo los pómulos, se frota la cara apropósito al momento y humedece los labios. —Sí, hace un rato. Me lo cortó mi amiga Aldana… por ahí tengo pelos en la cara todavía. —Una sonrisa, mira su mano y después vuelve a pasarla por el rostro, ahora para buscar evidencia tal en las palmas, pero no hay nada. A un lado, él extiende el brazo para tocarlo en la cabeza, la parte con el pelo largo y después el rapado al ras. Cierra los ojos un segundo nada más, gesto que se perdería en un parpadeo, y los abre antes de volver la vista a él. — ¿Te quedaron en la mano?
A lo siguiente una risa y actúa al instante: desabrocha el cinturón de seguridad que golpea contra la pared del auto, la rodilla se adelanta y flexiona a un costado de la palanca de cambios y una mano se apoya en su pecho para de darle un pico. Al separarse, le sonríe. —Uno solo no te voy a dar. Re judío.
Mira hacia el costado que da a su edificio, oscuro tras los gruesos vidrios polarizados, y al volver a él lo besa de nuevo, la boca se entreabre en la búsqueda de la electricidad, que aparece instantánea, paseando por la columna hasta la carne ondulada del cerebro.
—Vos también estás lindo. —Y añade, moviendo las cejas hacia arriba: —Sos lindo, doc. ¿Te persiguen mucho las enfermeras? ¿O no las dejas? —Y le muestra los dientes antes de sonreírle.
—A ver, me voy a acomodar… —Al final tarda un poco en lograrlo, pero lo hace. —Así está mejor. — A los besos los acompañan las manos que lo tocan y lo agarran de los brazos y las piernas como si acaso estuviera deshaciéndose y él tuviera que evitarlo a contra tiempo.
El celular si bien no tanto como el beso en el cuello se siente tibio en la mano, cuyo pulgar aprieta el botón de reproducir mientras la nariz sorbe para evitar un goteo. La primera parte le hace alzar las cejas, después sonríe con ternura y a lo siguiente siente un calor en el cuello que sube más allá de su propio cráneo, como esos collares de velador que usan los perros para no abrirse los puntos de las operaciones.
Chasquea la lengua y apoya el celular en la mesita de luz.
¿Qué va a decir, que no lo marca tanto?
Sacándose las zapatillas, sube una rodilla y una mano a la cama, y después se acuesta. La cabeza descansa sobre la almohada y comienza a pesarle, deseosa de quedarse ahí como con ventosas, y Nahuel mira el techo escuchando los ruidos de la cocina. Pone ambas manos sobre el pecho pero pasados unos segundos saca el celular y dobla una pierna encima de la otra al desbloquearlo. En el grupo Julia está pasando fotos de la semana pasada. Abre la primera y las va viendo sin prestarse mucha atención. Cada contacto mandó su propia crónica: la de Julia empieza desde temprano, cuando llegó ella y Nahuel ya estaba ahí, la de Agustín antes de cenar y eran sólo tres fotos grupales, Luciana incluida, en distintos momentos de la noche. La de Aldana era la más corta en tanto a horas, pero sacó más fotos. El material se termina en todos lados después de las dos de la mañana, más o menos, y regresa a las cinco con dos fotos que se sacaron ellas en el espejo del recibidor y luego con una de los chicos en el pasto, que es un escracho horrible si los hay, pero Nahuel ni se fija, sólo piensa que la posición de la cámara con respecto al sol arruinó la imagen.
Al grupo de los chicos solos hay nada más de cuando llegaron a lo de Martín a la mañana, porque Martín es el que vive más cerca y el que más espacio tiene. Yoel lo grababa mientras él trataba de abrir el portón de la entrada al Boating, desesperado por dentro y en estado de seriedad total por fuera, aunque con movimientos torpes y apurados. Terminó explotando y empezó a sacudir el portón y de fondo se escuchó a Nahuel decir ‘¿qué es eso, la policía?’ y se cortó el vídeo al momento. No era la policía, era el encargado, se había quedado dormido en la garita.
Después Nahuel tiene un par de cuando estaban en la pileta, y antes de eso iban a salir en la lancha. No lo lograron pero estaban en camino, más a falta de Agustín que se volvió con Luciana apareció la madre de Martín, despierta desde que Chazarreta tiró una decoración de palos de bambú por accidente al salir al patio rato atrás. Lo cagó a pedos a su hijo, que terminó con ese grupo de amigos por una seguidilla de expulsiones de colegios privados, así, desde nene, porque se le metió la idea en la cabeza de ir al colegio de arte desde que supo que existía el colegio y que su papá le tenía idea a la educación pública (‘te consigo un profesor de pintura si querés, de lo que quieras, pero al colegio no, porque no tiene nivel eso, no tiene nada’, hasta que la insistencia de ella lo logró, por supuesto, y después al hijo le hizo prometerle que se iba a portar bien). Después le siguió un sermón larguísimo sobre todos los platos rotos suyos (‘no te acordás cuando chocaste el auto, ibas drogado, después lloras que tu papá no te quiere devolver el departamento, ¿no te duele que te demos todo y no cuides nada?’ y Martín sólo: ‘estaba estacionando, estaba estacionando, quién no chocó estacionando’ con la mirada en el piso). Antes de irse los miró a ellos y Nahuel pensó que iba a llamar a Denise y a Belén, pero no.
Qué cosa fue acordarse de eso, la miseria aberrante que lo azotaba ante el voy a llamar a tu mamá, Nahuel, y a la tuya también. No lo hizo muchas veces y fue sólo por cierto tiempo. Amagues hubo, pero los ruegos desesperados de Yoel, que ponía las manos en rezo y saltaba desesperado o se agachaba pidiendo por favor con lágrimas en los ojos, terminaban ganando. Por suerte el odio de atender teléfonos de Belén (suena en casa y grita, bufa, suspira o rueda los ojos, da media vuelta en el sillón o la cama; no como en casi todos sus empleos donde siempre tuvo que telefonear atender llevar traer ir venir contestador fax teléfono computadora no entiendo la tecnología dos manos solas no alcanzan dios dios dios dios) lo protegieron, y si lograba interceptarla él llegaba a casa y ella estaba ya tan harta de todo, nuevamente separada y siempre ahogada en cuentas y en la depresión paralizante esa, que si estaba de malhumor ese día le decía que se deje de ratear o que de última aprenda a hacerlo, porque claramente no le salía bien, que si iba a fumar porro a su edad que se ahorre el tiempo y deje el colegio porque se iba a hacer un vago y nunca lo iba a terminar y que mejor así se pone a trabajar y la ayuda a ella que se parte el lomo por él. Después se sentía mal y a las horas se sentaba al lado de Nahuel y le acariciaba el pelo y la cara y escupía el corazón y terminaba todo en llantos.
De las cinco veces que llamó, Belén atendió tres. Las otras dos que no lo hizo Leticia ideó la primera en hablar a la salida del colegio, más al día siguiente descubrió que Belén no iba (le hubiera preguntado a Martín: ‘Trabaja’), y llamó de vuelta al volver a la casa pero no, así que la siguiente vez que llevó a casa a Nahuel bajó la ventanilla y le empezó a hablar a Belén, que aprovechó a bajar a comprar cigarrillos cuando su hijo le escribió desde su celular, un Motorola con la pantalla celeste que todavía lo tiene en el cajón de la mesita de luz, avisándole que llegó (dos cuadras antes de hacerlo). Ella, a quien su jefe ese día había humillado en frente de todos los demás empleados y algunos clientes y estaba con la voz de los vendedores del subte pegada al cerebro, cerró los ojos, suspiró, se agarró el comienzo del tabique con los dedos, contó hasta tres en su cabeza, le dijo chau Leticia, agarró a Nahuel de la mano y salió para el chino.
En el camino soltó ‘Lo que me falta. Mírame. Me vuelve a venir a hablar esta pelotuda y yo a vos te saco del colegio y te vas a Uruguay. ¿Se entendió?’
Eficiente la estrategia, nunca más se habló del tema y aunque Belén no iba en serio, Nahuel aprendió a avivarse al toque.
Bloquea el celular al tiempo que Yoel habla al grupo: Eeee Nahuel nos esta re clavando el visto, y se incorpora. Un temblor le sacude el pie y él mira el teléfono de Simón al costado, todavía desbloqueado en la conversación, y otra vez pone el audio, acerca el parlante a la oreja después de agarrar el teléfono y acercarlo a sí. Al suyo lo apoya sobre el pecho.
Goma de mierda. La verdad que nunca nadie le dijo eso. Ni nada parecido tampoco.
Acaricia la muela postiza con la lengua, cambia la pierna flexionada y deja el teléfono otra vez en la mesita. Piensa ¿les contará cosas de nosotros? y ahí mismo uf, se está acalorando de vuelta. Traga saliva y mira el teléfono, la idea de meter Nahuel en la lupa de WhatsApp y saciar la curiosidad sale como un pensamiento que lo pincha un momento y rechaza así con un sello rojo y gigante, por supuesto, como por suerte pasa a veces con las pulsiones de destrucción. Si a él le revisaran el teléfono a estas alturas de su existencia… A los dieciséis le pasó una vez que salió del baño y Brenda hizo un movimiento de sorpresa junto a una cara de shock tan grande que supo qué estaba haciendo, ni hizo falta mirar el celular a un costado sobre el sofá. Se sentó pegado al brazo del sillón, desbloqueó el teléfono en la seguidilla de números que sólo tienen significado alguno para él y como siempre decidió que mejor no iba a decir nada, más ella decidió redimirse. La cosa terminó en Nahuel ofreciéndole revisarlo, y Brenda diciendo que no aunque se moría de ganas.
Ya fue, ahí quedó eso. Después nada más cuando fue que cortaron y volvieron, más o menos le insinuó que dejara de seguir a Camila Brizuela cuando la vio aparecer en el feed de Instagram. Nahuel inspiró por la nariz y siguió bajando por la aplicación. Después de un momento, empujó las palabras: ‘¿Así vamos a empezar?’.
Julia largó todo, obvio, quizá borracha en un boliche.
En realidad lo dijo fumada en el banco colgante en el patio de Brenda. Fue sin pensarlo y se tapó la boca al instante. Brenda, que había considerado el dejar a Nahuel un ultimátum para que se pusiera las pilas, aguantó unos segundos pero después se largó a llorar.
Camila era de las únicas personas en el secundario con las que tenía buen trato y de vez en cuando se contestaban historias de Instagram. Ella se enteró que había cortado meses después de que lo sucediera, aunque otro par de información sobre Nahuel le había llegado antes. Salieron tres veces y se besaron cuando se despedían la segunda tras ir a merendar. La tercera fue en un boliche, bailaron apretados y toda la bola, pero entre tanta ida y venida del baño de Katz al final pegó onda con otro chico y luego de una última espera, la más larga, se volvió con él (cuando volvió Nahuel no la escuchaba bien, levantó el pulgar y la saludó en el cachete, sin mucha delicadeza y transpirado).
Había pensado que besarse con Katz, después de tenerle ganas tanto tiempo, iba a ser algo, pero no fue nada. Le pareció inorgánico, seco. Él nada. Después de eso, a los dos meses, volvió con Brenda.
Se siguieron reaccionando stories y todavía se cruzan por Béccar, porque vive a unas manzanas de lo de Yoel y trabaja sobre la avenida en la que él baja del colectivo, pero es varias cuadras luego de donde Nahuel dobla a otra calle, así que eso solamente de ve enccuando, si pasan por ahí con los chicos.
Nahuel ni si quiera se acuerda, tres años después, de todo el tema. Esa tercera noche pertenece al mismo lugar que un millón de otras tantas en las que tomó y se drogó sin más que eso para mencionar sobre el transcurso de las horas: la nada. Pero es así. Lo mismo con la gente, los rostros van también a la nada, amasijos cuya realidad humana no entenderá jamás. En más de una ocasión alguien lo ha saludado al salir y él no ha sabido quién era, tan sólo un deje que es como del tamaño de una gota de agua. Al final resultaba que la semana anterior Nahuel le había convidado un pase cuando se lo pidieron o al revés o se quedaron charlando en la barra o bailaron juntos. Si son concurrentes de hace tiempo o hay más interacciones o si algo le resulta llamativo, no pasa así, como en el hospital cuando se queda esperando. Pero si no, mira a la gente y no la ve. Sólo a veces, en casos muy exactos.
Uno es el que entra por la puerta ahora.
Le gusta el cuello en V del ambo.
También el color, que le prende los ojos.
—Tu cama es tan cómoda… —Y se incorpora después para sentarse con las piernas cruzadas, una encima de la otra, el hueco con la entrepierna como un triángulo invertido sobre la cama. —Sí, sí. —Después, la palma que busca evitar que un moco caiga por la nariz. —Me pareció tierno que te diga te amo. —Busca los pañuelitos en los bolsillos, a él lo mira un momento después se limpia pasando el papel apenas. —No me molesta, para nada.
—Mmm…—Y lo contempla, más luego niega con la cabeza. —Dejá. Agarra la botella con el extender del brazo, moviendo la mitad del cuerpo hacia ahí, y después se la lleva a los labios, toma ávidamente, como agua. Al hacer una pausa, habla otra vez: —Podríamos comprar, no sé, tres whiskies, ¿no?, en el chino. —Y agrega: —No ahora si nos tenemos que apurar, pero otro día. —Guiña un ojo (el otro párpado también se cierra) y le da otro trago más.
Sonríe y mueve la mano. —Sí, vení para acá.
Al sentir el cuerpo ajeno pesar sobre el propio, el calor lo vuelve a azotar, esa sensación de hormigueo bajo las orejas, subiendo por las venas. Le acaricia la cadera por sobre la tela del uniforme de trabajo, baja la vista, acomoda las piernas mejor. — ¿Mmm? —Al volver a él, se muerde el labio.
Él le acomoda la cadena, Nahuel baja el mentón hacia el cuello para poder ver los dedos tocando la plata, sube las propias caderas contra el cuerpo de Zandoná para sentirlo mejor (las manos afianzadas a la cadera ajena) y le sonríe para ponerse serio al instante, mira al techo como en el consultorio, cuando se evitan las miradas incómodas con el médico, y luego a él una vez más, cara de dolor y el labio superior que se levanta para expresarlo (cierra los ojos em ese instante nada más). —Uf, creo que me duele el corazón, ¿me saco la remera?
— Si querés, compramos. Pero no en el chino, no podés comprar cualquier cosa —advierte—. Hay que ir a alguna distribuidora, una vinoteca, algún lugar de esos... aparte, tengo la alacena llena de botellas de whisky, lindo —y le acaricia la boca con el pulgar un momento—. Tomá lo que quieras —aguarda—. ¿Querés uno? Te traigo —tendrá que pensar qué traerle. Cosa difícil. Arrancar con un añejado lo puede dar vuelta, pero un irlandés suave tampoco sería la idea. De intensidad media ¿qué? Uno de pura malta, europeo pero escocés, reposado en roble y jerez, que tenga un fondo frutado y aroma dulce y así, deliberando, podría seguir eternamente. O mejor devolver la atención a Nahuel, ¿no?, que lo llama y lo está esperando tirado en esa cama donde han estado tantas veces antes pero que muy pocas (sólo con él, en verdad) se siente así de cómoda, tal como lo dice él. Cuando están ahí arriba parece que se desdibujan todos los contornos, los del colchón, las sábanas arrugadas por el peso, las vueltas, levantarse, volverse a acostar, acomodarse para poder mirarse mejor, los besos, el reflejo en el espejo que se estremece y confunde las anatomías para que ambos parezcan lo mismo... todo se vuelve orgánico, intuitivo.
Le gusta todo, entero, de principio a fin y todas las cosas que todavía desconocen del otro pero que se adivinan o advierten entre lo demás. Es conducción pura, las decisiones tomadas por el sujeto de estudio, sean cuales sean, hablan a las claras de él como ser humano pensante. Vislumbrar las respuestas a sus propias conjeturas en una mirada ajena o la entonación más engañosa de las palabras ciertamente lo hace sentir como si existiese fuera de todo amparo. Sí, a Zandoná algo lo desespera, pero también le molesta la intriga y le brotan las ganas de conocer, de hurgar, meterse, escarbar entre memorias como metiendo las manos enguantadas en un tórax que se sostiene abierto dada la mecánica de una prensa metálica.
Pero quizás otro día. No hoy, ni ahora, porque Katz lo toca e incluso cuando lo hace por encima de la ropa el contacto quema. Ni hablar cuando levanta la cadera y se la apoya entera y Simón tiene que contener la respiración y la intención infernal de comérselo ahí mismo (se hace el otro, por supuesto, con el entrecejo apenas fruncido y haciendo uso de toda su voluntad para no hacer evidente que lo que más le gustaría es agarrarlo del pelo y arrebatarle la boca hasta que placer y dolor, que de todas maneras van siempre de la mano, se fundan en uno solo).
Se aclara la garganta con disimulo.
— No, no. Por ahora —aquí la pausa resulta más pronunciada de lo necesario, tal vez como queriendo señalar que tal estado no es más que meramente temporal. Por ahora te quiero vestido, en un rato ya veremos— la dejamos puesta... no hace falta que te saques nada. A ver, relajá el cuello un segundo. Respirá normal, eh —posa los dedos de la mano derecha en la yugular, hace presión y cuenta, mirando el reloj pulsera que debería haberse sacado ni bien subió al auto (lo deja todos los días, religiosamente, adentro de la guantera y después va a buscarlo ahí mismo cuando resulta menester volver a tenerlo encima) para registrar el minuto que corre como un tren fuera de control. Más o menos igual que el pulso. Uno, dos, veinte, cincuenta, setenta... ¿hasta donde continúa, hasta rayar en la arritmia?—. ¿Sabés qué? Tenés el ritmo cardíaco un poco acelerado. Para tu edad lo normal es entre setenta y ochenta y pico por minuto y vos estás un poquito arriba. No sé por qué será —miente. Sabe. Sabe y le encanta que sea por el solo hecho de estar en cercanía—. Hace un poco de calor —ahí la cadera la baja él, se aprieta contra Nahuel para volver a sentírsela y piensa que le gustaría que estuviese boca abajo, pero no sabe bien para qué. En principio porque le gusta su espalda, le gustaría despertarse viéndola o con un brazo atravesado en torno y cuando no le es posible la diferencia se nota. Después, porque también le gusta el resto, la curva delgada de la cintura y el culo, la carne tibia entre los muslos... ahí, cerca de donde a él ahora le da una puntada de calentura la idea de metérsela así, darlo vuelta, acomodarse y bajarle la ropa interior sólo lo suficiente—, ¿estás agitado? —indaga, es válida la pregunta para sí mismo también, porque de pronto le es necesario respirar con más calma.
Eso hace. Pero mientras tanto cierra las manos con suavidad en torno a la garganta, la base de las palmas se sitúa contra la nuez de Adán y después se van para atrás, se juntan detrás del cuello.
O, bueno, al menos intenta respirar tranquilo, pero lo mira a los ojos y no le sale.
— No, no —suelta, una vez que el intentar concentrarse en el jueguito falla y la fachada de seriedad cae con estrépito, soltando a su vez un suspiro. Las manos se relajan y caen a los lados de su cuello, sobre los hombros, los pulgares que acarician el descenso por los lados de la garganta y la piel nívea, la delicadeza del tacto que podría tranquilamente estremecer. Al tiempo niega con la cabeza, los ojos pardos van del pelo claro y cortísimo a los ojos y luego analizar la estructura del rostro, desde acá arriba conduce a pensar tantas cosas... ni pensaría en verbalizarlas, todas las que se le ocurren, se escurren reptando por el fondo de la mente y queman, porque el final anunciado sería fatal e inevitable. Lo mismo de siempre, en fin, porque Simón no pretende restringir el propio accionar frente a ningún estímulo que del menor emerja y Nahuel carece de límite alguno a la hora de provocarlo.
Es así, siempre coqueteando con el filo del abismo.
Abismo por mencionar algo versado en retórica, como para mesurar lo inmenso del deseo que se encuentra enfrente, ¿no?, esas ganas inauditas de inmiscuirse dentro suyo y hacerse espacio para permanecer ahí, a la deriva en la oscuridad que se yergue tras cerrar los párpados y cuya tranquilidad atraviesan destellos de luces y colores. Se piensa y ve a Ofelia, a Siddal, el río, la dama de Hamlet admitiendo resignada el final de su vida con los brazos abiertos. Ofelia con los labios en distensión y las hebras de pelo cobrizo serpenteando como una corona, un halo negro contrastando en el agua, pero sin la muerte, sin la tragedia, sólo la sensación de eso: estar abatido frente a semejante inmensidad, la belleza. Siente que podría pasarle los dedos por los pómulos y la línea recta de la mandíbula para memorizarlos tan sólo con el tacto de las yemas de los dedos, tratando de saciar la sed y la necesidad como lo haría si no lo pudiese ver, como un ciego pretendiendo esculpir mármol.
Un segundo después, apenas, le lleva las manos abiertas a los lados del rostro y se agacha, curvando la espalda, para besarlo. Cierra los labios contra los suyos y al contacto lo extiende un momento, al interrumpirlo se le escapa el aliento— La verdad... esto te queda hermoso, perdón —y pausa, lo mira y atina a sonreírle, hace todo lo posible para que el gesto sea lo más dulce posible—. Estás muy lindo. Me encanta.
«Ya podríamos sacarnos un par de cosas, ¿no?»
Sale de encima para volver a acomodarse: hincado sobre el colchón, a él lo mueve apenas para que separe las rodillas y las lleve a los lados de su cuerpo, rodeando las caderas. Ahí quiere cerrar la distancia para buscar su boca pero se arrepiente en el último instante posible, cuando ya está prácticamente sobre su boca, y se sonríe.